DOMINGO 30 DE NOVIEMBRE DEL 2003 / EDICION No. 23288 / ACTUALIZADA 2:30 am





EL HUMOR DE




Cosas Veredes Sancho Amigo
La feliz bohemia descalza de doña Delia Vargas Cordero

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. ¿Qué más puede desear una mujer que tuvo cien maridos, que vivió zampada en la parranda y se lanzó entre pecho y espalda millones de “piquinyuquis”, que anda descalza de por vida porque así le dio su regalada gana y fue tan tremenda al diente que por eso... perdió toda la dentadura?

 

Mario Fulvio Espinosa

¿Bebió bastante en su vida doña Delia? preguntamos haciéndonos los majes. —Comencé a beber guaro a los treinta años. Yo sabía que el que mama poco se muere muy temprano, pero a mí me dio un chance la vida para mamar bastante después de los treinta... por eso ya tengo 79 años. El 24 de noviembre cumplo otro año. Todavía el año pasado vinieron a mi casa todos los picados que bebieron guaro conmigo, y aquí se llenó y hubo una gran bulla.

Doña Delia del Socorro Vargas Cordero, la famosa Delia de Juigalpa, —que de Cordero sólo tengo el apellido según dice sin falsos pudores— está sentada en su taburete frente a nosotros porque “me duelen las patas, me tiene fregada esa planchita que me salió por el gancho, pero de los pies”.

Si es obligado hacer el retrato físico de doña Delia diremos que es una viejecita bajita, medio gordita, canosita, ya un poco —no mucho— chumpapita, que no teme llamar al pan pan y al guaro guaro, porque aquí no se produce el vino. Alegre, dicharachera, invencible, a veces procaz pero sincera, sin remilgos ni falsos pudores, natural hasta los tuétanos.

LAVANDO Y PLANCHANDO

Frente al cementerio de Juigalpa está su casita, ocupa el fondo de un amplio solar sombreado por viejos árboles, entre ellos uno o dos guanacastes. “Este barrio yo lo vine a alegrar, porque fuimos los primeros en venir a vivir aquí, allí estaba don Guadalupe López, nosotros aquí, y allá unos que les decían Pangaluz, don Timoteo Suárez.

—¿No le hizo daño tanto codo empinado?

—Pues no. ¡No me ve cómo estoy! Fresca como una lechuga... ¡Pero negra y arrugada... jua, jua, jua, jua.

Ya tengo nueve años de no beber guaro porque me escapé de morir, me llevaron hasta Managua en la ambulancia, tenía una hemorragia de sangre de nariz, pero el doctor que me curó no me dijo nada: Bébase su guaro a la hora que quiera. Sí, sí, sí, así me dijo. Era un señor blancote, hermoso el hombre.

—A este barrio de gente enterrada ¿vino solterita o casada?

—No, ya vine vieja, ya como estoy ahora jua, jua, jua, jua.

—¿En qué trabajaban en aquel tiempo?

—Lavando y planchando, ese es el oficio de nosotras. Yo estudié hasta cuarto grado allí en la José Anibal, frente al parque. La Amelia Abaunza fue la última maestra que tuve. Pero con la pobreza mi papá no me dejó seguir estudiando.

—¿Y cómo comenzaron a gustarle los traguitos?

—Por eso le digo, a los treinta años. Pero yo nunca he tenido cantina, ni venta de guaro, yo iba a bailar, antes hacían bailaderas la gente de aquí y ahí se va enviciando uno. Iba a San Caralampio, a esa fiesta le truena.

—¿Pero, en realidad fue buena a su tapi?

—Sí, casi bebía diario, perenne era el día para echarme mis “piquinyuquis”.

—¿Me decían también que usted estaba a cargo del cuido del cementerio que está al frente?

—Sí, y fui cuidadora y ahora es la Zenaida, una hija mía. A mí me sacaron porque mucho guaro bebía. Pero fíjese usted, los que vienen con el muerto, no tienen para pagar el terreno, pero para beber guaro sí tienen. ¿Te vas a echar un trago, Deliá? me decían. Sí, claro. Pasámelo hermanito, ¡jua, jua, jua, jua!

ENEMIGA DE LOS ZAPATOS

—¿Pero también me decían que usted nunca usó zapatos?

—Sí, es cierto, nunca me gusto, y... ¿para qué me iba a poner zapatos?

Mire, mi abuela nos crió picando tortillas y éramos dos hermanas, y éramos muy pobrecitos y yo no le podía exigir que me compraran zapatos. Jamás me he puesto un par de zapatos.

—¿Ni caites, ni chinelas?

—Nada, nada. Gracias a Dios nada. Ahí íbamos a traer leña en los potreros con mi mamá o con mi papá, nunca me puse zapatos ni caites.

—¿Pero se dio sus buenas espinadas, se le metió algún clavo, una nigua?

—Pues claro, eso sí, jua, jua, jua, jua... Ya ve aquí habían niguales. Fíjese que cuando vivíamos en La Chispa, allá en otra casa, viera qué haber niguas ahí. Si se sentaba uno en el suelo se le pegaban en el c… jua, jua, jua, jua.

—¿A usted nunca las niguas le atacaron ese flanco?

—No, no, no. Hasta ahora que padezco de calambres bastantes, se me han deformado los pies. Menos pues ahora que use zapatos. Nunca usé zapatos.

Ahí están bien prensaditos mis dedos.

—¿De qué se queja a la edad que tiene?

—De los calambres. También cansancio. Nunca padecí de calenturas. Si me va a dar calentura me echo mi trago de guaro. Fíjese que yo soy una mujer que de catorce años tuve un dolor aquí en este lado, me llegó a ver el doctor Robleto, y veya, yo padecía de ese dolor horrible, es lo único, de ahí yo no me he vuelto a enfermar, hasta que me agarró esa hemorragia, pero el doctor dice que era de tanto beber guaro. Me dijo que podía seguir bebiendo mis traguitos espaciados. Uno primero y después el otro, nunca dos al mismo tiempo, jua, jua, jua, jua. Porque aquí en Chontales se toma mucho guaro, más ahora que la gente no tiene qué hacer... ¡A beber guaro!

MUJER DE MUCHOS HOMBRES

—¿Óigame, y usted se enamoró de un hombre y se llegó a casar?

—No, no, no, no. Varios hombres tuve, tuve montones.

—¿Enamorados?

—Claro, porque el hombre lo enamora a uno para que uno ceda el punto. Cada hijo mío tiene su propio papá.

—¿Y cuántos hijos tuvo?

—Yo tuve cuatro varones y cuatro mujeres, en total tuve once hijos pero se me murieron tres.

—¿Y se casó alguna vez?

—Sí, yo me casé como cien veces, jua, jua, jua, jua. Ya no me quedan deseos de nada. No me arrepiento de nada, y lavando y planchando crié a mis hijos que son muy buenos. Mis hijos no anduvieran de vagos como ahora anda esa chavalada.

—A pesar de todo usted se ve sana, ¿qué comían en su niñez y juventud?

—Yo siempre tuve buen apetito, acuérdese del dicho: Comer sin apetito hace daño y es delito. Fíjese que nosotros comíamos arroz y frijoles parados revueltos, así los hacía mi abuela. Pero comíamos bien a pesar de ser pobres, yo fui bien gorda, ahora es que estoy delgadita.

Vivo tranquila, nadie me molesta, mi casa es mía.

—¿Y no intentan sus hijos llevársela a las casas de ellos?

—Es que yo no me voy. Mirá, es que vos en tu casa te orinás, te cagás y nadie te dice nada, y en casa ajena uno estorba. Ve, me van a estar diciendo, ve a la vieja de los dedos pelones que aquí y que allá. Ya le dije a la Zenaida: si no me querés cuidar, aquí déjame, si me cago yo me cago en lo mío. Aquí hubo una señora que casi la trajeron de arrastrada sus hijos para que viviera con ellos, y nunca le dieron buen trato. ¡No, qué va a hacer!

—¿También me dijeron que usted era buena al diente?

—Sí, ja, ja, ja, ja, tan buena al diente que hasta los boté.


¿CUÁl SUSTO? ¿CUÁL CEGUA?

—¿Dicen que por aquí salía la cegua?

—La gente decía que en el panteón asustaban. ¡Qué va a ser! Yo nunca vi nada, a mí nunca me asustaron. ¿Qué si salen luces sobre las tumbas? Si salen, son las quiebraplatas, son los hachones que son grandotes y que alumbran bastante

DAMA PREVENIDA

¿Y ya preparó su testamento?

¿Para qué diablos? Usted cree que si ya les digo esto es tuyo, aquí está lo del otro... ¡Lo corren a uno! jua, jua, jua. En fin ¿para qué? El Chele tiene ahí semejante caserón, enorme, según me dicen, porque yo no he ido, el otro vive en Acoyapa, tiene casas, fincas, esto, lo otro, ¿qué necesidad va a tener de este tuco de solar viejo?
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La feliz bohemia descalza de doña Delia Vargas Cordero