LUNES 24 DE NOVIEMBRE DEL 2003 / EDICION No. 23282 / ACTUALIZADA 02:30 am





EL HUMOR DE




¿Debemos descargar el mal humor en nuestros hijos?

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Ernesto González Valdés
egonzav@uam.edu.ni

Hemos tenido un mal día en el trabajo, entramos en casa y lo encontramos todo patas arriba: desde la no realización de las tareas, hasta la cama totalmente desordenada, lo que evidenció que no se tendió al levantarse y entonces simplemente nuestro mal humor estalla de manera desmesurada (lo que no significa que siempre al regresar a casa lo traigamos “ a flor de piel”). Pero ¿puedo convertir el mal humor en un discurso instructivo?

Todos los padres hablamos habitualmente de forma reflexiva, ya sea en casa, en el trabajo, cuando vamos de compras o con los amigos y conocidos. Sabemos mantener la compostura y mostrarnos como personas que saben controlarse y medir tanto lo que dicen como lo que no dicen.

Si reflexionamos posiblemente recordemos que las palabras cariñosas, positivas y gratificantes, justamente las dirigimos a nuestra pareja y los hijos. ¿Entonces por qué contradecirnos?

Cuando estamos relajados, descansados y de buen humor nuestras palabras reflejan ese estado interior y difícilmente hacemos uso de un vocabulario negativo o hiriente. En cambio, cuando estamos cansados, estresados o con trabajo acumulado, los conflictos cotidianos pueden adquirir dimensiones exageradas. Suele ser entonces cuando mostramos lo peor de nosotros mismos.

Centrémonos ahora en las situaciones de conflicto con nuestros hijos y mirémonos desde fuera, poniéndonos en su lugar. Verter la leche con cereales, dejar la mochila tirada en la sala, o no cerrar adecuadamente la llave de la ducha, no pueden ser problemas vividos por él como para recibir las acusaciones, los gritos o las descalificaciones que, en momentos de crisis, somos capaces de verter sobre él.

Enfadarse o sentir ira no es negativo en sí mismo. Son sentimientos inherentes a la naturaleza humana de los cuales todos participamos en un momento u otro. Lo difícil es sentir enfado, ira o furia sin dañar a la persona que tenemos delante, y, seamos honestos, nuestros hijos cargan a menudo con elevadas dosis de malhumor que le corresponderían a nuestro jefe, a la economía o al dolor de espaldas.

Aristóteles (filósofo griego 384-322 a.C.) decía: “Cualquiera puede enfadarse, es muy fácil. Pero hacerlo con la persona adecuada, con la intensidad óptima, en el momento oportuno, por la causa justa, y de la manera correcta, eso ya no es tan fácil”.

¿No sería mejor acaso antes de “soltar la lengua” para evitar que la expresión incontrolada de emociones nos causen malas pasadas de las que luego nos arrepentiremos?, pensar y reflexionar, no respondiendo de inmediato, hasta dar un pequeño paseito, en aras de pensar en lo que vamos a decir antes de “soltarlo”.

¿Quiere esto decir que no hemos de corregir las conductas no adecuadas de nuestros hijos?, evidentemente no.

Es preferible describir lo que ha sucedido sin emitir juicios de valor, por ejemplo: “el lavabo necesita que lo revises de nuevo, antes de acostarte”.

La descripción de los hechos ayuda mucho a centrarnos en el presente, en el suceso real, sin añadirle toda la carga emocional que probablemente se ha despertado en nosotros. Con ello mostraremos que le aceptamos a él como persona pero no aceptamos las acciones negativas que pueda hacer.

Añadir un comentario con buen humor es una de las mejores formas de recuperar el buen ambiente y conectar de nuevo con lo mejor de nosotros.

Finalmente, recordemos que la palabra es una herramienta con la que construimos o destruimos las relaciones con nuestros hijos. Ser conscientes de qué decimos y cómo lo hacemos nos ayudará en todas las situaciones a mostrarles lo mucho que los queremos.
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