SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA
MARTES 18 DE NOVIEMBRE DE 2003



 
La amazona

Foto  

Lorena Mántica, con su yegua “Cinderella”.

 

Hilda Rosa Maradiaga C.
hildarosa.maradiaga@laprensa.com.ni

Lorena Mántica es criadora de caballos y dueña de la única escuela de equitación en el país.

Es feliz. Los caballos han sido su pasión, su gran amor, y su vida transcurre entre ellos. Contra todo diagnóstico, Lorena Mántica decidió vivir con y para los caballos y así lo ha hecho.

De niña soñaba con ser profesora de equitación, “nunca me entró en la cabeza ser otra cosa”, recuerda. Y siempre le preguntó a su padre para qué querría ella las matemáticas y todas esas cosas si para montar caballo sólo necesitaba “balance, sensibilidad, buena cabeza, manos suaves y entender al caballo”.

Hace ocho años fundó la única escuela de equitación en Nicaragua. Ahí, muchos niños y adultos han aprendido a tratar y montar caballos. “Al principio fue muy duro, la escuela por muchos años no vio un centavo porque todo se reinvertía para poder hacer lo que yo tanto soñaba”, dice.

De los tiempos difíciles y su amor por los caballos también tiene muchas historias que contar. El “Fandango”, es un regalo de su profesor Carlos Jiménez, y por “necesidades mayores” lo vendió dos veces.

Las dos veces lo volvió a comprar y está vendido nuevamente. Pero tiene la esperanza de superar las dificultades y recuperarlo. “Para mí es algo inaudito no recuperar algo que es una herencia. No se lo vendo a cualquier persona, sino a alguien que sé que lo va a querer y cuidar. Cuando suceden cosas así es como perder un hijo”.



¿Cuánto tiempo lleva tratando con caballos?

Cuando aprendí a hablar ya estaban los caballos. Debo haber tenido dos o un año. Era un caballo negro, llegaba a dejar el carbón a la casa. Yo le pedía a mi papá un chelín y se lo daba al carretonero para que se quedara un ratito más y poder estar con el caballo.



¿Cómo aprendió a montar?

Cuando me portaba bien me llevaban a ver los partidos de polo. Ahí estaba el entrenador Carlos Jiménez y de ‘caballericero’ un muchacho que se llamaba Goyo. Me agarraron cariño y me enseñaron a montar. Ya de tres años, me ponían a enfriar los caballos. Mi primer amor nació en las caballerizas. Y fue con los entrenadores. Ellos son muy importantes porque son los que pueden despertar ese primer amor en un chavalo. Mi casa sigue rodeada de entrenadores, hace unos años fundamos la Escuela Nicaragüense de Instructores Ecuestres.



¿La sicología del caballo es algo que aprendió o nació con ello?

Con lo que naces es con el amor por el caballo. Yo sabía por intuición qué quería el caballo, sabía cuándo un caballo estaba enojado, enfermo o no andaba trabajando bien.



Tengo entendido que está en contra de los hípicos...

No es que esté en contra. Creo que todos tienen derecho a divertirse. Estoy en contra del maltrato. No es justo ver a un caballo que anda volando sangre por la boca. Hay caballos que al final del desfile se ahogan, un montón de caballos se han muerto después de un desfile porque el montado se pica (emborracha), cree que lo que anda es una moto y cuando acabó el desfile él se va a la pachanga y el caballo se ahoga.

En este país hay mucha crueldad para el caballo. Yo no estoy en el mundo de los caballos porque sea bonito o me vaya a hacer rica, sino porque quiero a los caballos y mi placer es estar con ellos. Ni siquiera montarlos, disfruto de los caballos aunque no los monte.



¿Cómo divide el tiempo entre los caballos y su familia?

A mis hijos les gustan los caballos, pero no tan así (como a mí). Viven dentro de una escuela de equitación con los caballos mañana, tarde y noche sin que necesariamente sea eso lo que les apasione. Sencillamente no les queda más remedio. O se me acepta con lo que yo soy y con lo que yo amo, o no se me acepta.  
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