LUNES 17 DE NOVIEMBRE DEL 2003 / EDICION No. 23275 / ACTUALIZADA 12:10 am





EL HUMOR DE




Editorial
La “inauguromanía” gubernamental

La ridícula costumbre de inaugurar obras públicas y colocar en ellas placas con el nombre del gobernante y una leyenda que lo exalta, es propia de países atrasados donde las cúpulas políticas están integradas generalmente por personas incultas en materia de civismo y democracia.

Pero en ciertos lugares esa costumbre cursi se lleva inclusive al absurdo. Tal es el caso de Nicaragua, donde los gobernantes inauguran ruidosamente hasta los rótulos que se colocan en el lugar donde planean construir alguna obra pública.

Según historiadores, en Nicaragua el “inauguracionismo” comenzó con el dictador militar populista Anastasio Somoza García (1896-1956), quien además de inaugurar pomposamente las obras públicas y hasta muchas de la empresa privada, hacía poner en ellas el rótulo de “Administración Somoza” o, abreviado, “Admón. Somoza”. Y tantos rótulos de esos hubo en el país que algunos de sus más leales seguidores le pusieron por nombres a sus hijos, “Administración”, si era hembra, o “Admón”, en el caso de que fuera varón.

Durante el régimen sandinista (1979-1990) casi no hubo inauguraciones ni rótulos alegóricos porque, salvo algunos casos muy raros, tampoco se construían obras públicas. En esa época lo que se hacía era la guerra y una enfermiza propaganda ideológica para endiosar a los comandantes de la revolución y justificar el totalitarismo: “¡Dirección Nacional, ordene!”; “De la frontera ¡no pasarán!”; “¡Todo para la defensa, todo para los frentes de guerra!”, etc.

Después, bajo el primer gobierno de la época democrática, que presidió doña Violeta Barrios de Chamorro, tampoco hubo, aunque por otras razones, muchas inauguraciones ni rótulos en las obras públicas. Aunque no faltaban los serviles de siempre que ensalzaban a un súper-ministro con ridículos ditirambos.

Fue el presidente Arnoldo Alemán, quien quiso revivir los estilos del somocismo y hacía inauguraciones de todo y de nada, con los consabidos rótulos que según él harían “que su nombre y su obra vivieran a lo largo de los siglos. Ciertamente, Arnoldo Alemán inauguraba y reinauguraba hasta cuando se pintaba el muro de alguna una escuela, o inventaba la construcción de centros escolares: más de uno por día, aseguraba, pero cuando terminó su gobierno no apareció la mayor parte de las casi 2 mil escuelas que supuestamente habría construido durante su administración.

Y ahora el presidente Enrique Bolaños ha caído también en la misma ridiculez de inaugurar pomposamente hasta el rótulo en el que se anuncia que se va a reparar un trecho de camino.

En los países donde los ciudadanos tienen educación democrática y por eso mismo los gobernantes son realmente estadistas, se informa al público –en la fase previa a la ejecución de un proyecto– sobre las licitaciones, características, justificaciones y proyecciones de la obra; durante la etapa de ejecución de las obras se dan a conocer sus avances o dificultades; y una vez terminadas, se le comunica a todos los ciudadanos interesados directa o indirectamente. Pero no se hacen esas tontas inauguraciones y colocación de rótulos.

Es que las obras públicas son inversiones de dinero del público y por lo tanto no se les debe vincular personalmente con el gobernante. Es indecoroso aprovecharlas para ensalzar a la persona y usar la información como propaganda política de los gobernantes.

El problema es que en estos países quienes gobiernan son casi siempre individuos vanidosos que no tienen educación democrática y cívica; que hacen propaganda con los recursos públicos para prorrogarse en el poder, ellos en lo personal o sus partidos. Aunque hay que reconocer que algunos lo hacen porque sus opositores los acusan de que “no arrancan” ni hacen nada, y entonces, para “demostrar” lo contrario inauguran y reinauguran obras reales o ficticias en pomposas y publicitadas ceremonias.

La verdad es que un verdadero estadista es aquella persona que percibe los signos de los tiempos y actúa de conformidad con ellos; alguien que no viola las normas y negocia las diferencias para evitar conflictos y crisis; el que transmite legitimidad a la sociedad y mantiene a los descontentos dentro de la legalidad y el orden; una persona que concilia la ética de los principios con la ética de las responsabilidades, según el conocido principio de Max Weber.

Pero de esos, lamentablemente, al parecer no hay todavía en Nicaragua.
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