Cosas Veredes Sancho Amigo
De infantiles ilusiones ferroviarias y la historia de un niño de Nindirí
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Durante la noche “Mi Vicentito” me contaba maravillosas historias.
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Mario Fulvio Espinosa
En esta historia el autor esboza algunas pinceladas típicas del “Tren de Masaya” y se atreve a afirmar que el Ferrocarril del Pacífico de Nicaragua fue la obra más valiosa que lograron construir los nicaragüenses en el siglo XIX y XX y, además, se cuenta por qué dejamos de decirle “¡Ahí viene mi mama!”, al chavalito Toñito Macías
“Chiqui, chiqui, chiqui chaca, que ligero corre el tren/ Y tan suave como hamaca que la brisa va a mecer”... Así cantábamos formando una ronda, allá por el año 36, los niños de la Escuela de Párvulos República de Panamá. Asidos de la cintura dábamos vueltas al pequeño patio del “kinder”, jugando al trencito bajo el amoroso cuidado de la joven profesora Elia Medina.
Del “tren” sólo sabía lo que escuchaba en las conversaciones de mis mayores, hasta que cuatro años más tarde, a los siete años de edad, mi madre me llevó a la Estación y transido de terror contemplé aquella máquina enorme, negra como el carbón, que hacía un ruido horrible y tiraba humo por todos lados.
Más tarde me convertí –gracias a los frecuentes viajes de mi madre a Nindirí– en pasajero regular del Ferrocarril del Pacífico de Nicaragua. Éramos clientes de “segunda clase” con derecho a usufructuar duros asientos de madera barnizada, ventanas corredizas provistas de celosías hechas con reglitas de fina madera; se podían subir o bajar si el polvo que levantaba el convoy o el humo de la máquina causaba algún estorbo, o para echarse “un buen pelón”, si ese era el antojo.
El ruido que hacían las ruedas de hierro al correr y al pasar por las junturas de los rieles, producía un sonido monocorde y acompasado, y a mí sólo me bastaba agregarle cualquier compás y la imaginación producía la música que se acomodaba a todas las canciones de ese tiempo, como “El barrilito cervecero”, “El pajarillo barranqueño”, “El apagón” y cualquier otra tonada. El ruidito aquel: “tra-cas, tra-cas, tra-cas, tras-tras, traca-traca-tras” funcionaba como metrónomo capaz de poner compás y ritmo a cualquier melodía, pero la mayoría de las veces no llegaba a terminar mi concierto imaginario pues aquel sonido también producía somnolencia y yo terminaba dormido en el regazo de mi madre.
EL DUEÑO DEL FERROCARRIL
Cuando llegaron los años cuarenta me sentía por doble razón dueño del ferrocarril. Por una parte mi abuelito político, don Vicente Icaza Reñazco (“Mi Vicentito”), era guardavías en una posta de cambio que quedaba adelante de Masaya, en el sitio donde la línea férrea se dividía en dos, una que seguía para Granada y otra que se dirigía a Los Pueblos.
En esa “Y” griega había una caseta de madera de forma octogonal donde dormía “Mi Vicentito” cuando le tocaba el turno de guardavías. Me tocó pasar algunas noches al lado del abuelito, durmiendo en el mismo camastro y oyendo los sonidos de la noche, el de los aguaceros de invierno con las ranas haciendo “tunguru, tunguru, tunguro”, y en verano los violines interminables de grillos y chicharras.
En aquella soledad, en noches negras o bajo el esplendor del plenilunio. “Mi Vicentito” me contaba extrañas historias. Decían que a principios de la Edad Media existieron en la Tierra gigantes y gigantas que eran más altos que la Catedral y manejaban espadas como de 25 metros de largo. El más alto de todos era Fierabrás que era casado con Miota, una mujer “del tamaño del presbítero”, alusión que se hacía del padre Pedro K. Siero, un sacerdote grandote que vivía allá por el Cine América.
“Contra esa caterva de torres humanas lucharon los nobles caballeros de Carlos Magno en combates a acero limpio que a veces duraban días, semanas y meses. Sólo el poder de Dios daba fuerzas al brazo del caballero Roldán, para salir avante”, decía sentencioso “Mi Vicentito”.
Nos despertábamos muy de madrugada para mover la palanca que cambiaba las vías. “Vamos mi muchachito –decía el abuelito–, ayúdeme, mueva esa barra para adelante”. Y cómo gozaba mi buen viejecito al ver mis esfuerzos, inútiles por cierto, para mover aquel hierro. Pero él por encima de mi cabeza lo movía y me hacía creer que era yo, de modo que salía alardeando de mi fuerza y justificando mis visitas a la caseta “para ayudar a ganarse la vida al debilucho abuelito”.
La segunda razón para considerarme dueño del ferrocarril, estaba ligada a mi tía materna doña Arcadia Tapia y a su marido don Toño Pavón. Ambos poseían una finquita en San Francisco, un caserío que está a legua y media de Nindirí en el camino que va a Cofradías. En su huerto cosechaban verduras, frijoles y sobre todo lirios que a bordo del ferrocarril venían a vender a Managua. Yo era testigo de esos ajetreos cuando me tocaba pasar vacaciones al lado de ellos, si a eso agregamos que en Nindirí vivía mi abuelita materna, doña Balbina Tapia viuda de Ampié, que encantada me recibía durante largas temporadas, ya se entenderá la familiaridad que llegué a tener con “la negra trompuda”, que eran las máquinas 27, la 30 y la 52 del ferrocarril.
EL CONVOY Y LAS ESTACIONES
El convoy que arrastraban esos monstruos de acero por lo regular se integraba así: detrás de la máquina iba el carro-depósito de leña o carbón que los fogoneros lanzaban a la caldera cuando se necesitaba aumentar la presión del vapor. A continuación se enganchaban los carros de primera clase, generalmente dos o tres, seguía el vagón de carga declarada, con su única puerta lateral corrediza, luego venían los de segunda clase, quizás tres o cuatro, y por último tres o cuatro “góndolas”, que eran jaulas de renglones de madera construidas sobre las plataformas ferroviarias, no tenían asientos pero sí una larga mesa al centro donde las “comerciantas” ponían sus canastos, trastos y alforjas.
Las góndolas eran los vagones de tercera clase, la más barata, allí los viajeros aguantaban el polvo de camino, la lluvia y el humo de la máquina, por cierto mi tía Arcadia usaba una toalla con la que se envolvía la cabeza para protegerse de la intemperie, por su parte mi tío se limitaba a encasquetarse hasta las cejas su sombrero de palma... y santas paces.
El viaje de Managua a Nindirí estaba lleno de incidentes agradables. Al sólo dejar la Estación de Managua y pasar por entre los barrios de Candelaria, Bartolomé de las Casas y la Cervecería, los transeúntes detenían sus pasos o salían a la ventana de las casas a decir adiós a los viajeros. Me encantaba contestar adioses con la mano, aunque no fueran dirigidos a mí.
La primera Estación era Sabana Grande, donde el tren era invadido por vendedoras de “cosa de horno” y “rellenitas” de maíz y queso derretido, que el pasajero devoraba con delicia.
La siguiente Estación era “El Portillo”, pero antes de llegar se pasaba por una cantera situada a orillas de la colada de lava que bajara del Volcán Masaya durante la erupción del 16 de marzo de 1875, por ese sector había una cuesta que la máquina subía toda sofocada. A veces era vano el esfuerzo y poco a poco el armatoste quedaba paralizado, el remedio era dividir en dos el convoy, la máquina halaba la mitad a Campusano y luego regresaba por el resto.
Campuzano era, pues, Estación de encuentro y la línea férrea se dividía en dos en un tramo como de cuatro cuadras. Allí el tren que venía de Masaya tenía que esperar al que iba de Managua y durante esa espera el pasajero podía comer chancho con tortilla, elotes y güirilas de temporada y jocotes cocidos del mes de marzo.
Continuaba Nindirí que era “parada de bandera” pues no había edificio que fungiera como Estación, ahí bajaba el pasajero y tenía que andar dos kilómetros por el camino que entraba al pueblo. Cabe añadir que a pocos metros de esa entrada estaban las ruinas de la Iglesia de El Calvario, sostenidas por dos enormes árboles de matapalo. Decían los ancianos que hacía muchos años las chispas que producía la leña de la máquina del ferrocarril, habían volado sobre la iglesia reduciéndola a pavesas.
LA HISTORIA DE “¡AHÍ VIENE MI MAMA!”
Reitero que en Nindirí vivía la ancianita Balbina Tapia, mi abuela materna, partera y curandera del pueblo. Ningún enfermo que se acercara a su ranchito se marchaba sin recibir un remedio, un purgante o una operación de extracción de niguas.
Allí también estaban mis numerosos amigos, entre ellos Pablo Membreño “El Perro Macho”, Nemesio Bejarano, Juan de Dios, Ramón, Manuel, Benjamín Tapia, mis primos, y un niño de ocho años, Toñito Macías, al que le endilgábamos el apodo de “¡Ahí viene mi mama!”
Sucede que la madre de Toñito viajaba tres veces a la semana a Managua a vender pinol y pinolillo que ella misma elaboraba penqueándose en las noches sobre la piedra de moler.
Como hemos dicho, la estación quedaba a dos kilómetros del pueblo, y cuando el convoy iba arribando a Nindirí a eso de las cuatro de la tarde, el maquinista salvadoreño Francisco Laínez hacía sonar varias veces el pito de la locomotora.
Escuchar aquel pitazo paralizaba de alegría a Toñito, que dejaba a un lado el trompo, la lechuza, o la bola de calcetín para soltar el alarido: “AHÍ VIENE MI MAMA” y corría a encontrar a la autora de sus días, por el camino de la estación.
Pero una tarde de agosto terminó para el niño la alegría de esos encuentros. Aquello sí de verdad fue triste y doloroso. Doña Micaela, la mamá de Toñito, al intentar pasar de una góndola a otra, perdió pie y cayó entre las ruedas y los rieles del tren en marcha.
Toñito contempló como, varios vecinos traían sobre una tijera de lona el cadáver de su “Mamita Mica”. Lloraba inconsolable el pequeño, como herido por mil agudos puñales.
Ya nunca le volvimos a mencionar el apodo, pues era como hacer sangrar nuestros corazones de niños.
FUE UNA OBRA COLOSAL
Pocos nicaragüenses saben que el Ferrocarril del Pacífico fue la obra colosal del siglo XIX y XX. Seis presidentes, en una u otra forma, se involucraron en su construcción. El primero de ellos fue el honorabilísimo don Vicente Cuadra (1871-1875), que si bien no hizo mayor cosa, dejó repletas las arcas del Gobierno para que su sucesor, don Pedro Joaquín Chamorro (1875-1879) comenzara a construir la línea férrea que venía de Corinto a León. Otro presidente, don Joaquín Zavala (1879-1883) inauguró el tramo León-Puerto Momotombo.
Continuadores del ferrocarril fueron, don Adán Cárdenas (1883-1887), José Santos Zelaya (1882-1910), José María Moncada (1929-1932) y Juan Bautista Sacasa (1933-1936). Cabe mencionar que tan magna obra fue borrada de un plumazo por una sola mujer, doña Violeta Barrios de Chamorro (1990-1994).
VAGONES DE LUJO
Los vagones de primera clase tenían ventanas móviles de vidrio, los asientos eran de madera forrados con cuero. Otra cosa muy especial era el Vagón Presidencial, que poseía reconfortantes sillones, ventanas de cristal con cortinas de seda y un barandal elegante desde el cual hablaban al pueblo los políticos viajeros.

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