DOMINGO 16 DE NOVIEMBRE DEL 2003 / EDICION No. 23274 / ACTUALIZADA 12:00 am





EL HUMOR DE




En manos de Dios y los médicos

Jehú Hernández Sandoval
jehu.hernandez@laprensa.com.ni

Una revista Atalaya y una Biblia sobre la mesita de noche, son las primeras pistas para saber que la mujer que reposa en la cama de aquella habitación se encuentra gravemente enferma y ha puesto su salud en las manos de Dios y en las de los médicos que la atienden en el servicio privado del Hospital Bertha Calderón.

Hace tres días que ocupa esa sala. Un día más y habrá concluido el tratamiento que le permitirá regresar a su casa en compañía de sus cuatro hijas, de las que al menos una permanece siempre a su lado.

Además de la Atalaya y la Biblia, reposan sobre la mesa un cepillo dental, un pichel con agua, varios vasos y un rollo de papel higiénico. La toalla permanece tendida sobre el respaldar de una silla en el centro de la habitación.

En la sala hay dos camas, la de doña Cándida como paciente y la de su acompañante, en cuya mesita se observa un par de lapiceros y un teléfono celular. Una silla de ruedas a los pies de la enferma y un par de chinelas debajo de su cama, esperan que una enfermera la traslade hacia otra área del hospital.

El acondicionador de aire produce un ambiente agradable, ni muy frío ni muy caluroso. Una enfermera verifica si las gotas que caen de la bolsa de suero que cuelga de un tubo a orillas de la cama, son exactamente las que prescribió el médico.

“Aquí me atienden bien. No me quejo. Aunque no es porque estoy en el privado, cuando venía al público también me atendían bien, lo único que tenía que esperar un poquito más para que me atendieran”, expresó con su tenue voz, tratando de alzar la cabeza para observar el entorno de la habitación.

De la energía, pero de sus labios brotan palabras que dan vida a su esperanza. Su condición de enferma le da un aspecto lúgubre, marchito. La cabellera blanquecina se observa bastante despoblada, en algunas áreas ya no quedan cabellos, haciéndola aparentar más de los 45 años que en realidad tiene.

La satisfacción que experimenta es la de estar siendo bien atendida. “El servicio privado que brinda este hospital me ha sido de mucha ayuda, ya que un enfermo necesita estar cómodo, aunque cueste un poquito más, hay que hacer el esfuerzo”, señaló.

Estar postrada en un lecho de enferma no le impide tener ánimos para celebrar sus veinte años de vida matrimonial. “Voy a cumplir veinte años de casada y quiero que me ayude para que salga una foto mía con mi esposo en la página de Sociales de LA PRENSA. Veinte años de casada no se cumplen todos los días, y quiero que quede de recuerdo”, dijo.
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