La Camerata de Zurich
Joaquín Absalón Pastora*
Ha sido replanteada la Camerata de Zurich sin que ningún rasgo se le quitara a la tradición “del fuero interno” en la más reconocida zona neutral del planeta: Suiza. El oído dotado de una inmensa capacidad para distinguir las variaciones rítmicas se abrió para recibir la presencia de Georg Friedrich Haendel, el flemático monarca del teclado, cuyo “concerti Grossi” miembro de la docena del opus seis en sol menor” sigue siendo una de las piezas claves para los directores de orquesta de Cámara. Insisten en ponerla como si fuese una diosa modélica a pesar de la rica producción de conciertos del barroco alemán.
El espectáculo se reafirma cuando en el largheto selectos violinistas y sobre todo el primero agitan y suben el tono paulatinamente como si pretendieran llegar al no más allá de la textura fugal en declarada competencia con el resto de la orquesta o como cuando parte de esta calla y deliberadamente asume el papel del espectador: Simplemente abandonan los instrumentos para oír como si estuviesen en la llanura del diletante al grupo activo entregado sin cesar a la combinación de varios rasgos melódicos con lo cual queda lograda la polifonía y luego su expresión técnica más evidente y perceptible: La Fuga.
El primer violín parece ser el único de la huída y sin embargo protagoniza toda la orquesta con una quinta encima o una cuarta abajo. El ir y volver se introduce a los oídos con el único propósito de deleitarlos. Música pura, sin trama, sin electricidad, en arrebatador floreo que manifiesta la sensación de no oírse bien lo cual está dentro de la estrategia de hacer de la melodía un íntimo susurro porque el opus fue concebido para el secreto radiante de la noche, para que solamente la oigan los protagonistas del tálamo. En ese movimiento es más complicada la textura del contrapunto. La amistad escénica tiene mucho que ver con la intención de darle al oyente la opción nutritiva —además de entretenerse— de culturizarse, de transitar por la vía donde pueda hacer su propia deducción del tema.
En estos festivales mundiales el punto de partir es resuelto con un clásico añoso y en el presente caso lo fue con uno de la dimensión inconmensurable de Haendel (1685-1759), doctrinal ecléctico, profundo razonador, purista del órgano venerando de las capillas.
Luego de ser expuesto con vitalidad y delicadeza cupo a la modernidad el turno de mostrar sus conquistas. Apareció el contemporáneo Franz Tischhauer con sus votos por la reminiscencia no obstante ser un visible reflector de la música actual. En su concierto para clarinete el solista Thomas Friedli toma el cilíndrico vocero de la noche, de elástica tesitura y eficacia para el arpegio. Sólo él en cambios de tonos y con el misterio desde que incurre en la introducción, una fanfarria clarinetística.
El discurso preliminar indicó que estábamos lejos de la monotonía y cercanos a la exposición que se hizo del instrumento en cuanto a ser sometido a peligrosas y también deliciosas pruebas de lo que es capaz para el matiz y el arpegio. ¿De qué fuente sacó este suizo este estuche de formas para clarinete?
La combinación del pasado con Haendel y del presente con Tischhauer no pudo ser mejor para reafirmar el contraste y la riqueza infinita de la música que seguirá dándonos aún con el transcurrir paralelo del tiempo tantas y vitales sorpresas como que sus motivaciones inmensurables no expresan el menor indicio de agotarse. 
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