Libros
Rubén Darío personaje de ficción
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 | Novela policial del colombiano Germán Espinosa |
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Nicasio Urbina
Una nueva ficción recrea al poeta Rubén Darío, ahora convertido en erudito detective y en galante conquistador. Rubén Darío y la sacerdotisa de Amón (Bogotá: Norma, 2003), es la más reciente novela del gran narrador colombiano Germán Espinosa (Cartagena de Indias 1938), autor de una de las novelas más hermosas de Colombia La tejedora de coronas (1982) y una veintena de libros más. En esta nueva novela Darío aparece como personaje de ficción y no se debe leer desde el punto de vista biográfico, a pesar de la información actual que informa la obra y la tentación en que muchos caerán. Bebedor recio y taciturno, poeta genial, lector voraz y memorioso, galante conquistador, amante sensual, y detective erudito y brillante, el Rubén Darío de Germán Espinosa no es la figura que los numerosos biógrafos han tratado de vendernos, y que los múltiples exegetas han roído con fruición. Esta novela refleja una recreación de Darío, una reencarnación novelesca, fantasiosa, compleja en sus contradicciones y contrastes, seductora.
La trama se puede resumir de la siguiente manera. El conde André de Pont-l’Abbé ha invitado a Darío a pasar unos días en su quinta de Bretaña llamada Le jardín des âmes. Darío asiste acompañado del joven Ricardo Quintana, quien será el narrador intradiegético de la novela. El conde es aficionado al espiritismo y el grupo lleva a cabo varias sesiones en las que convocan a Víctor Hugo, a Novalis, y finalmente a la sacerdotisa de Amón. En la quinta se encuentra también como invitada la poeta Marilou de Lezignan, autora del libro de poemas Les racines oubliées, y el egiptólogo Camilo Basili, autor def Il potere egiziano, a quienes se unen luego otros tres invitados. El conde y Marilou han tenido amores, pero la poeta se alborota ante la presencia seductora de Darío y tiene relaciones sexuales con él. En su tercer encuentro amoroso la poeta muere en el transcurso del coito y Darío se ve obligado a pedir auxilio, vistiendo paños menores, cuando en la quinta se lleva a cabo una fiesta de despedida. Inmediatamente se inicia una investigación criminal y se encuentra que la poeta ha sido envenenada. Las pesquisas apuntan al conde como el principal sospechoso, quien al día siguiente confiesa su crimen. Todo hasta aquí parece resuelto sin embargo, Darío no está satisfecho con el resultado.
Desde que el panida conoció a Basili le pareció un tipo raro: vestía una túnica blanca larga y sandalias de papiro, se depilaba todo el cuerpo rapándose la cabeza, escondía las manos en los pliegues de la túnica y nunca las estrechaba al saludar. Jamás movía los ojos para mirar a las personas, sino que giraba la cabeza entera. Nunca bebía alcohol, ni probaba las carnes, exceptuando filetes de oca; no reía ni participaba de ninguna diversión ocasional. Rubén inmediatamente creyó recordar algo que había leído en Herodoto y en Porfirio, pero no podía acertar de qué se trataba. Así pasaron tres días de sesiones espiritistas, libaciones fuertes y amores contundentes. Cuando se entrega el conde confesando el asesinato, Darío, quien finalmente había encontrado a su Eulalia, cae en un sopor depresivo. Se encierra en la biblioteca de la quinta con una botella de whisky, y aparece al día siguiente, cansado y de goma, pero con la respuesta al enigma.
Como debe estar claro ya para el lector atento, Rubén Darío y la sacerdotisa de Amón pertenece al género policial, ese género iniciado por Edgar Allan Poe, hermano astral de Rubén, poeta maldito y genial, que en sus cuentos de misterio y crimen inició la modernidad narrativa mundial. Darío no es sólo el líder del movimiento modernista en América Latina, es nuestro primer moderno. Su estética, a pesar de lo distante que puede estar hoy de nuestro espíritu prosaico y realista, estableció el modelo para el latinoamericano moderno: dueño y señor de la cultura greco-latina, eurocéntrica, occidental, pero marginal y subalterno; magnífico y poderoso dueño de una geografía inmensa, pero pobre ciudadano de tercera viviendo de los mendrugos del imperio. La investigación crítico-filosófica de los últimos diez años ha demostrado que no se puede entender el proceso de conformación de la identidad latinoamericana sin la impronta genial y polifacética de Darío. Los que pensaban que había que torcerle el cuello al cisne se han encontrado que el cisne es nuestra Esfinge, como ha demostrado Iris M. Zavala, y los que aspiraban a darle alcance, no han hecho más que vivir bajo su sombra infinita.
El detective es una figura paradigmática de la modernidad mundial. Generalmente es un ser marginal, relativamente pobre, sin poder real, un asalariado de la justicia, a menudo débil en sus vicios y proclive a la locura. Sin embargo es el instrumento de la justicia, es el que descubre al criminal, el que devela la verdad. No es heroico, no recibe grandes agasajos ni retribuciones, a menudo se ignora su trabajo y al final de la historia se aleja silencioso, ignorado, mientras otros dan las declaraciones de rigor y posan para las cámaras. Es por esto significativo que Darío sea en esta novela el actuante detectivesco, alcohólico y débil ante la carne, genial y monstruoso en su memoria libresca, silencioso y taciturno, excepto en el momento en el que levanta la voz para delatar al culpable. No voy a develar más detalles de la trama. No me lo perdonaría Germán. Como toda novela detectivesca el quién tiene un valor insoslayable. Los invito a que la lean, no como otra biografía de Darío, sino como una transustanciación, como una reencarnación, donde los grandes siguen regresando una y otra vez, porque una vida no fue lo suficiente para todo lo que tenían que decir.
*Catedrático de la Universidad de Tulane en Nueva Orleáns. 
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