Valores de la democracia
Alberto Saborío Morales
La democracia en su forma primigenia surgió en Grecia. Su propósito era defender y desarrollar la libertad y la igualdad ciudadana. Por eso descartaron la elección de autoridades y magistrados por comicios, prefiriendo escogerlos tirando sus nombres a la suerte. Ellos temían que por votación directa las familias ricas facilitasen un gobierno oligárquico comprando a los votantes para instalar una oligarquía que acabase con las libertades. Asimismo temían los griegos que el sufragio terminase por seleccionar a un líder carismático que se convertiría en tirano. En cambio, la escogencia de los gobernantes al azar y reducido a un año el ejercicio del poder demostraba que el objetivo fundamental de la democracia era salvaguardar la libertad e igualdad de sus ciudadanos.
La democracia moderna modificó la concepción del poder político, que perdió su carácter patrimonial convirtiéndose en un bien del pueblo. Asimismo transformó a los gobernantes en servidores del pueblo, situando a éste en el centro del escenario.
Consecuente con ese cambio el quehacer de la política cotidiana también se modificó, pues la actividad política ya no era un combate para apoderarse del botín estatal sino una lucha para integrar la sociedad, desarrollándola en lo social y económico. Se convirtió así la política en una empresa procuradora del bien común.
La diferencia reside en que la democracia ahora es un sistema creado por la razón y por lo tanto racional, ejercido por los representantes de la sociedad, mientras que en los antiguos tipos de gobierno, el poder era un bien personal utilizado para intereses egoístas.
Hoy en día, la democracia, por sus valores y principios se estructura como un sistema político y como un método científico social que desarrolla objetivos y perfecciona fines perseguidos por la sociedad. En consecuencia, el objetivo es crear y fortalecer instituciones que garanticen la libertad e igualdad de sus ciudadanos. Por ello se configura como un sistema de elementos interrelacionados, alrededor de la libertad, dando sentido al conjunto. En consecuencia, todo el engranaje institucional democrático resguarda los valores libertarios e igualitarios
Ya consolidada la democracia como forma de gobierno, fue percibida como un haz de instituciones y reglas que obliga a los ciudadanos a establecer entre ellos una permanente y ordenada competencia para acceder al poder. En ese esquema los vencedores conceden nuevas oportunidades a sus adversarios, montando elecciones periódicas como mecanismos de participación de la sociedad en asuntos importantes. En esta fase la democracia se proyecta como un sistema político limitado a garantizar libertad, igualdad y solidaridad entre los hombres.
Al desaparecer la URSS a fines del siglo XX se vinculó al sistema democrático con un sostenido desarrollo económico-social. A partir de entonces se comprobó que la diferencia entre países subdesarrollados y desarrollados es cualitativa y no cuantitativa, es decir, son estructurales. No basta introducir máquinas o fábricas para que una sociedad progrese. Es necesario que todo el aparato social sea transformado para que la sociedad avance. De ahí que el método científico-social de la democracia sea fundamental, pues es el resorte que impulsa el engranaje institucional.
Más aún, en los países donde el proceso democrático fue endógeno, el espíritu crítico impulsó al método científico. En cambio, donde la democracia fue exógena ha sido indispensable estimular ese espíritu crítico para crear instituciones, pues es el pivote de la democracia. Resulta entonces que en el tejido institucional de la democracia existe un juego dialéctico, estimulador del desarrollo de sus instituciones y la racionalidad de la sociedad.
De manera que el método científico-social que nutre a la democracia para darle vitalidad comparte su estructura con las ciencias naturales, puesto que ambos son productos racionales. Tanto las ciencias naturales como la democracia, parten del principio: “la verdad absoluta no se conoce”. Por ello, en las ciencias naturales los descubrimientos científicos son apenas hipótesis de trabajo en la búsqueda de la verdad; y en el sistema democrático también se sostiene que “nadie posee la verdad”, o sea que únicamente se logra una parte de esa verdad, aunque juntándola con otras opiniones nos aproximamos a ella. Ello impone la tolerancia, que es de igual trascendencia para la actividad científica y la acción democrática, pues en ambas es indispensable para ejercitar la crítica racional. De otra manera, ciencia y democracia se estancarían. Pero ¿dónde reside en ese juego dialéctico el impulso del desarrollo de sus instituciones? Ese juego lo encontramos en las campañas electorales para elegir gobernantes, en el funcionamiento de los poderes del Estado y en la interrelación de éstos con la sociedad. De ahí que en el funcionamiento de los poderes públicos (Ejecutivo, Legislativo y Judicial) que integran el sistema democrático, la crítica es fundamental. Ellos interactúan entre sí procesando un balance que crea la viabilidad del cambio: una vez que la mayoría de los ciudadanos lo apruebe se genera una presión a los otros poderes, ya sea proponiendo una ley o interpretándola.
Es resumen, la crítica racional, promotora de los cambios a través del diálogo con y entre los poderes del Estado es lo más importante de preservar. Es hasta después de haber interiorizado el producto de esa crítica que se realiza la modificación.
Al desarrollarse y consolidarse el mundo democrático, cuyo motor es la razón, los problemas planteados dentro de él son cuestiones que sólo la racionalidad podría solucionar. En los países subdesarrollados la percepción de la democracia es que es un sistema político limitado a la protección de la libertad e igualdad, ignorando su carácter científico que profundiza y consolida al sistema estimulando la creatividad.
El autor es jurista y político.

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