Justicia y libertad de prensa
A propósito de la Conferencia Judicial sobre Libertad de Prensa en Nicaragua, que la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) celebrará mañana jueves 13 de noviembre en Managua, resulta oportuno citar lo que dijera un magistrado de la Suprema Corte de Estados Unidos, Stephen Breyer, en la Cumbre Hemisférica sobre Libertad de Prensa y Justicia, que también auspiciada por la SIP tuvo lugar en Washington D.C., en junio del año pasado.
“Estimo que la prensa y el Poder Judicial son instituciones diferentes pero con propósitos comunes. Son, en cierto sentido, mellizas; a veces riñen entre sí, pero son mutuamente indispensables… A fin de cuentas, la prensa puede ayudar a persuadir al público de la necesidad de tener un Poder Judicial independiente, de que la institución es proba y digna, y de que el Poder Judicial precisa los recursos necesarios para poder servir al público como es debido”, aseguró el magistrado estadounidense.
Por su parte, el periodista y eminente orador uruguayo, Danilo Arbila, escribió en la presentación del libro Justicia y Libertad de Prensa —publicado por la SIP el año pasado como memoria de la mencionada Cumbre Hemisférica—, que “no puede hablarse de libertad de prensa si no hay justicia, ni se puede sostener que hay justicia cuando no hay libertad de prensa. Es inconcebible una democracia sin libertad de prensa y sin justicia; sin jueces ni periodistas profesionales e independientes”.
En realidad, la estrecha relación de la prensa con la justicia no se basa, como dicen algunos, en un supuesto gusto común por lo litigioso, lo conflictivo y lo anormal. La afinidad entre periodistas y jueces se basa en que ambos tienen un compromiso común por la justicia, por el respeto al derecho ajeno y por la libertad.
Pero la relación entre prensa y Poder Judicial es interactiva, dialéctica, y por eso se torna a veces difícil, conflictiva y hasta crítica, sobre todo cuando los ciudadanos no se sienten protegidos por la justicia y más bien se consideran abandonados por ella, que es cuando recurren al último recurso de la queja y la denuncia pública, con la esperanza de que así se les pueda tomar en cuenta y que se reconozcan sus derechos, sus intereses y sus dignidades atropelladas o simplemente afectadas.
En realidad, no sólo en Nicaragua sino que en todas partes donde hay una situación política, social e institucional parecida a la de aquí, la falta de una clase política y de un gremio judicial eficaces, confiables, prestigiados y creíbles, hace que los medios de información irrumpan como una pretendida fuerza justiciera que trata de restaurar el equilibrio entre las instituciones y la sociedad y entre la justicia y los ciudadanos. Y así el periodismo abandona su órbita y asume funciones sociales que no le corresponden.
Por otro lado, la retardación y la falta de justicia, que obligan a los ciudadanos a apelar a la vindicta pública por medio de la prensa, inducen a los medios y los periodistas —o más bien dicho, a algunos de ellos— a excederse en el desempeño de su misión que es informar y opinar de manera balanceada y justa, y a erigirse en jueces con la pretensión de sustituir a quienes por ley y razón son los que deben impartir justicia.
En los medios de comunicación se acusa habitualmente a jueces y magistrados de partidistas y parcializados, y por lo tanto injustos; mientras que, por otro lado, a los medios y los periodistas se les imputa la tendencia a inclinarse sólo a reportar lo malo y omitir lo bueno que ocurre en la sociedad y en las instituciones; e inclusive de ponerse la toga y condenar como si fueran jueces a quienes no gozan de sus simpatías, negándoles hasta el elemental derecho a la defensa.
Pero no hay que rasgarse las vestiduras por estas contradicciones. Lo importante es que ambos gremios —jueces y periodistas— reconozcan sus virtudes y sus defectos, y que aprovechen foros como el de mañana de la SIP, para contrastar libremente sus puntos de vista y ayudarse recíprocamente a mejorar la práctica de la justicia y el ejercicio de la libertad de información, siempre y cuando —por supuesto— tengan la voluntad de hacerlo.

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