Nouvelle Vague: Pasar en limpio
 |
|
|
Jean Luc Godard revisando una cinta de película. |
| |
Ramiro Argüello Hurtado*
El cine como sudoroso arte de masas se consolidó y expandió en USA, pero el cinematógrafo (cámara y proyector a la vez) nació en Francia. El tobogán de pioneros, creadores e innovadores nos catapulta hasta los inicios del siglo XIX, con los experimentos de Joseph-Nicéphore Niepce y Louis Daguerre. El teórico italiano Ricciotto Canudo acuñó la expresión “Séptimo Arte”, al tiempo que fundaba, en 1920, Club des Amis du 7e Art en París.
Un amplio arco tensional, iniciado por los hermanos Lumiére y el ilusionista Georges Méliés, pasando por el Film D’Art, el psicologismo de Louis Delluc y Germaine Dulac, el movimiento avant-garde de Man Ray, Fernand Léger, René Clair, Luis Buñuel y Jean Cocteau, culminaría con la finísima capacidad para la expresión cinemática de Jean Renoir. A finales de los años 30 da inicio el movimiento conocido como “realismo poético”, preñado de un desalentado fatalismo y cuya figura blasónica fuera el irrepetible actor Jean Gabin. En 1943 se funda el I.D.H.E.C., la escuela de cine francesa. El estilo dominante en el cine de la post-guerra fue el de un crudo realismo esta vez matizado a través del estilo del film noir norteamericano.
El comienzo de los años 50 fue testigo de la declinación de los realizadores veteranos y de las falsas reputaciones: algunos chapoteaban en el comercialismo más crudo, otros recurrían a fórmulas adocenadas al tiempo que los menos mantenían su integridad y genio prístinos (es el caso del católico Robert Bresson).
Es entonces que irrumpe un pelotón de Jóvenes Turcos de la crítica cinematográfica. Giran como atentos satélites alrededor de André Bazin, figura paterna y mentor. Bazin había co-fundado, en 1951, con Jacques Doniol-Volcroze los seminales Cahiers du Cinéma. Bazin ejerció como profundo teórico al tiempo que imponía la línea editorial de la publicación: la politique des auteurs (que conllevaba el “descubrimiento” de directores norteamericanos más o menos marginales), y el ataque sistemáticamente demoledor contra las “viejas glorias” del cine galo.
Los críticos cachorros decidieron un día imprimir en celuloides, y así se lanzaron a los andurriales con cámaras de mano y pesquisando locaciones naturales: no más cine “intelectualizado”, no más cine putrefacto de “poesía”, y en cuanto el estilo éste llegaría por sí solo: había nacido la Nouvelle Vague francesa. Sus nombres emblemáticos: Jean Luc a Godard, Jacques Rivette, Claude Chabral, Eric Rohmer, François Truffaut. Y en la periferia Alain Resnais, Louis Malle, Jacques Demy y Agnès Varda.
Siempre he considerado El Bello Sergio (Le Beau Serge; 58; Claude Chabral) el inicio “oficial” del movimiento: se trataba de una amarga parábola sobre los incidentes efectos del paso del tiempo sobre los seres humanos. Fue seguida por una cinta más despiadada todavía: Los Primos (Les cousins; 59). Su estilo se lo debe a Hitchcock, su rencor hacia la burguesía ya es cosa suya.
Jacques Rivette se ha mantenido alejado de cualquier tipo de ortodoxia, siendo un experimentador nato que ha llegado a cuestionar el cine como medio. Adquirió notoriedad con La Religieuse (65). En (1971) realizó Out One, de trece horas de duración. Nunca fue exhibida.
Jean-Luc Godard realizó toda su formación en la mítica Cinémathèque Framcaise de Henri Langlois. La fama le alcanza con Sin Aliento (A Bout de Souffle; 60): esta pequeña cinta alterará para siempre la sintaxis cinematográfica, con su montaje acerado y una cámara en mano que no parece aquietarse nunca. Une Femme est une Femme (61) nos muestra a la adorable Anna Karina como una querendona desnudista que todo lo que pide es tener un bebé y sentar cabeza. Karina también protagoniza la lóbrega Vivre sa Vie (62), film episódico, sincopado y carente de estructura. Bande à Part (64) retoma un tema obsesivo en Godard: el cine norteamericano de gángsteres. Con Alphaville (65) el progresivamente pedante realizador se adentra, con resultados mixtos, en el campo de la ciencia-ficción. Eventualmente el hombre que llegara al extremo de firmarse Jean-Luc Cinema Godarad, renegó de sus ideas y creencias, de su devoto amor por el cine norteamericano, para transformarse en una autoprogramada marioneta comunista. Él lo quiso así.
Franqois Truffaut tuvo una infancia casi delincuencial. Desertor del servicio militar, pasó un período en Chirona y sufrió un descargo deshonroso. Lo salvó la acogedora oscuridad lechosa del cine de día y de noche más la férula amorosa de André Bazin. Su primer largometraje Los cuatrocientos golpes (Les Quatre Cents Coups; 59), crónica de aquellos años desgarrados, resultó ser una obra maestra tan dolorosa como bella. Jules et Jim (61) es la agridulce evocación de un triángulo amoroso abocado a la desintegración y la muerte. Contiene una de las frases más hermosas de la historia del cine. Jim (Henri Serre) le dice a Catherine (Jeanne Moreau): “Me gusta tu nuca, lo único de ti que puedo ver sin que me veas”. Ya con el tumor cerebral que lo llevaría a la tumba (él nunca lo supo) acometió la edición final y definitiva de Las dos inglesas y el Continente (Les Deux Anglaises et le Continent), película realizada en 1971. Falleció en 1984. Ustedes me conocen desde hace tiempo: ¿Es necesario que les recuerde que uno de los directores que más amo es François Truffaut?
Eric Rohmer es el más articulado de los realizadores de la “Nueva Ola”. Su prestigio reposa en sus “seis cuentos morales”, conjunto de seis films: un corto, una cinta de 60 minutos, y cuatro locuaces largometrajes. De alguna manera uno relaciona a Rohmer más con la literatura que con el cine.
El legado de la “Nueva Ola” francesa estriba en su permanente frescura, la limpidez de su mirada y la fluidez de su cámara. Su influencia en el cine norteamericano resulta notoria. Al cronista, como muchacho, simplemente le ayudó a vivir.
*Crítico cinematografico. 
|