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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 1 DE NOVIEMBRE DE 2003
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La décima sinfonía

Foto  
.Beethoven tuvo como antecedente la novena de Schubert

Familia. Escultura de Vicente Serrato.

 

Joaquín Absalón Pastora

Al maestro Arnold Schömberg se le atribuye la frase “La novena es un límite, el que intente traspasarlo tiene que marcharse”. Se refería a la última de Beethoven la cual teniendo como antecedente a la novena de Schubert, montó una tradición esotérica y fatalista.

Gustav Mahler inició su décima oteando con su inspiración las nubes de Alemania que eran según el criterio de los iluminados, fuentes de melodías nunca concomitantes con el temblor pagano de la tierra. Esa divinidad contemplativa produjo “La Inconclusa”. Mahler estaba seducido por un desenlace espasmódico, entregado a los últimos compases cuando cayó —de súbito— muerto. La cabeza perforada por el orgasmo, se inclinó sobre la partitura.

Anton Bruckner siguió tanto los trazos de Wagner que éste cabía en todos los ángulos de su rutinaria admiración. La dedicatoria aparece más razonada en la Quinta Sinfonía a partir de su lentísimo primer movimiento. Pero al hacer la novena se salió de la costumbre —regla en su corazón— de rendir pleitesía a un mortal y se la dedicó a Dios, pero la majestad se lo llevó antes de que la acabara. El siervo no pudo darse el gusto de obsequiársela completa. Y —desde luego— teniéndola en la imaginación no pudo iniciar la décima con la cual aspiraba a llenar el ciclo. Ni Franz Schubert ni Antón Dvorak pudieron y así hay otros casos de autores menos célebres.

Leyendo “Kulturchronic” (publicación alemana) fiel al interés merecido por el destino de la gravitación moderna en el género de la sinfonía, y con la inquietud de comparar las del ayer clásico con el de la sensacional y maquinal modernidad, me entero de la presentación de la décima sinfonía del compositor alemán Hans Werner Henze, quien en mil novecientos noventa y siete estrenó su novena sinfonía valorada por la crítica como “un monumento antifascista, una gran cantata con referencias a Beethoven”. Sin embargo, como Bruckner ya tenía incrustada en la cabeza la décima. Olvidó el “tabú” con vértebras de dogmatismo y decidió presentarla a través de Simón Rattle y la “City of Birmingham Sinphony Orchestra” en el festival de Schieswig Holstein, en Lubeck.

La obra vive y repercute en el temperamento alemán confirmando las dotes “de sus conocimientos técnicos que no admiten discusión alguna” del justamente llamado “Príncipe, alemán del arte bajo el sol de Italia. Werner Hanze es según amigos visitantes con quienes he compartido ratos de alborozada concentración hacia la música académica de la actualidad, prenda que anda en las voces de la exigente y nunca desactualizada melomanía alemana, más analítica y consumada en su devoción con la institución clásica en la medida en que el tiempo la fortalece y enseña que las metamorfosis deben andar con mucha cautela.

Todo es evolución, innovación, forma novedosa, astucia o atrevimiento. Oyendo esa décima se intuye una concepción concordante con la expresada por Volker Hagedorn de Die Zeit “la introducción no tiene nada de europeo, comienza con un “gong” de agua y tambor japonés “O Dayko”, pero la exuberancia oriental no se prolonga y parece ser una deliciosa advertencia para que después —y pronto— “aparezcan los ademanes sonoros del romanticismo, fanfarrias de los vientos, contrabajos que buscan polifónicamente la cercanía de Tannhauser”.  
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La décima sinfonía