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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 1 DE NOVIEMBRE DE 2003
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Roberto Weisgall

Foto  

Barcos. Óleo sobre tela, 2003. Efrén Medina.

 

Róger Fischer S.*

Era primero o dos de diciembre, cuando Roberto Weisgall decidió vender sus gallinas en Managua. Roberto era hijo de un alemán y como yo, sus padres tenían una finca por cárcel. La Segunda Guerra Mundial estaba en todo su furor en 1942, cuando Beto por necesidad decidió conocer Managua y vender sus aves de corral. Alistó 15 javas o cajones largos, construidos a base de reglas de madera para que las gallinas recibieran aire y pudieran llegar sanas y salvas a su destino.

Roberto era de mi edad, teníamos 10 años y muchas cosas en común. Yo tenía un equipo cinematográfico con el que impresionaba a mis otros amigos, pues me sentía importante al saber, que en toda la ciudad de León, el único que tenía cine privado era yo, desde luego que ese cine era privado de películas y de parlantes, era un cine mudo en el que me solazaba poniendo rollos de celebridades donde aparecían Tom Mix, Tim McCoy, Buck Rogers y otras series de vaqueros.

Roberto preparó sus javas, colocando en el centro una panita para poner algunos granos de trigo millón y decidió lanzarse a la aventura sin más norte que la necesidad, pero con un corazón henchido de entusiasmo. Beto partió de Quezalguaque rumbo a la capital. No se subió en primera, ni en segunda, sino que escogió una góndola para supervisar su carga, darle alimentos y un poco de agua que traía en una pichinga lechera. Sus compañeras de viaje fueron las vivanderas que traían frutas y verduras y otros artículos para abastecer los mercados de León y de Managua. Bien sentado entre las vivanderas, Roberto empezó a soñar con la ciudad capital, mientras el tren pitaba estrepitosamente anunciando su partida. Pasó por León, Ceiba Mocha, La Paz Centro, La Paz Vieja, Nagarote y El Boquerón y se quedó asombrado al ver de cerca el Lago de Managua y el Volcán Momotombo. En las estaciones al parar y como él decía en su narración, mientras el tren bebía agua, los comerciantes pregoneros gritaban: El tiste helado, la cosa de horno, el pescado frito, el chancho con yuca, la cebada, los quesillos, los manjares y cuanto plato de la cocina criolla se vendía en aquellas famosas estaciones. Otros pueblos menores se alineaban junto a las paralelas de la línea férrea, Mateare, Los Brasiles y al final Managua con sus calles estrechas, sus coches de caballos, uno que otro automóvil y muchos carretones. A Roberto no le arredró la ciudad, por el contrario, organizó rápidamente una flota de carretones al mejor estilo del circo romano y colocando las javas de sus gallinas en orden, encabezó el desfile de 10 carretones con destino a la casa de su tío, quien le daría albergue. Al llegar al barrio de Sajonia, alojó sus aves en la esquina de un inmenso patio de la casa de sus familiares, les surtió agua y granos, se fue a dormir temprano para levantarse a las 5 de la mañana y preparar su entrada triunfal en carretón al Mercado San Miguel. Java por java fue descendiendo en una esquina estratégicamente localizada y empezó a vender sus gallinas que serían cocinadas y sabrosamente y rellenadas el día de La Gritería.

Roberto empezó a vender, le pagaban cinco córdobas por cada gallina y estaba muy entusiasmado con la venta, cuando, algunas vivanderas celosas se acercaron a reclamarle por su competencia desleal, ya que según ellas decían, él no pagaba el impuesto municipal y se les había tomado la acera desde muy temprano. El muchacho nervioso no sabía qué hacer, ni qué cosa eran los impuestos, milagrosamente, aparecieron otras vivanderas defendiéndolo. Beto estaba entre dos bandos; uno a su favor y otro en su contra. La confianza volvió a su pensamiento y mientras las vivanderas se insultaban entre sí por causa de Roberto, éste vendía sus gallinas tranquilamente.

Java por java se fue desocupando de gallinas, mientras los bolsillos de Roberto sumaban 100, 200, 300, 400 y 500 córdobas. Roberto salió corriendo por el lado de sus defensoras mientras sus enemigas de ocasión le tiraban mangos, limones y guineos que él supo capear oportunamente.

El Caimito era una gran plaza donde se exhibían todos los espectáculos para las fiestas de Managua, esa noche Pedro Vargas y Agustín Lara se disputaban los aplausos de los amantes del bolero y de la música romántica, mientras por otro, lado Wilsito se enfrentaba a Kid Pambelé en una lucha poco técnica, pero de dos toros valientes.

Roberto vio a Wilsito, a Pambelé, a Pedro Vargas y Agustín Lara, muy temprano fue con su tío a donde José Benito Ramírez, que era una de las pocas tiendas que vendían quesos y carnes frías. Dispuso de cincuenta córdobas para llevar uvas, manzanas, jamones a sus familiares. Compró una bola de queso holandés a su tío Benjamín que le había prodigado asilo y atenciones; y en el tren del mediodía, regresó lleno de júbilo con su pequeño tesoro, (en aquella época considerable) para entregárselo a su padre alemán que no tenía culpa de la guerra y a su madre nicaragüense con la que Roberto disfrutaba de paz y alegría.

Con el producto de las gallinas, Roberto empezó a criar chanchos y a venderlos, ganado y a venderlo, fincas y a cuidarlas; hasta que un día llegó la Revolución a hacer justicia y le quitaron todo porque era burgués y empresario.

Roberto ya no tenía chanchos, ni gansos, ni gallinas, ni ganado, pero siempre estaba contento, le habían quitado todo, menos la sonrisa. Él sabía que si había superado la Segunda Guerra Mundial cuando era niño, ya de viejo tendría una segunda oportunidad y así fue; Roberto Weisgall volvió a ser ganadero y a recordar con nostalgia su punto de partida en el viejo y desaparecido Mercado San Miguel, donde en medio de gallinas, pleitos y disputas, comenzó su fortuna.

*Narrador  
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Roberto Weisgall


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