Hijos especiales: La tenacidad toma forma de mujer
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 | Sus hijos discapacitados no significan sacrificios y se convierten en una razón para buscar la felicidad junto a ellos |
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Del álbum familiar Ana Ríos Méndez extrajo esta foto en la que orgullosamente aparece junto a su hijo César cuando se graduó de bachiller. |
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Oscar Álvarez oscar.alvarez@laprensa.com.ni
Ana Ríos Méndez tenía 22 años cuando el destino le impuso el reto más difícil para una madre, pues a sólo unos días de haber dado a luz a su hijo César, a éste le diagnosticaron deficiencia en los huesos, enfermedad que lo mantuvo en silla de ruedas hasta el final de sus días, pero que se convirtió a la vez en el motor para buscar la felicidad.
Ahora Ríos con 47 años, recuerda con nostalgia los momentos que vivió junto a su hijo quien hace cuatro meses se rindió ante la muerte, luego de batallar con ella durante 24 años.
Ríos Méndez se remonta al pasado cuando a la mala noticia de la enfermedad de su hijo, se sumó el pronóstico de los médicos que lo declararon desahuciado dándole un máximo de 15 años de vida. Pero el amor y el deseo de vivir desecharon este diagnóstico y buscó alternativas para enfrentar el reto. “Me sentí desesperada, pero fui a la Asociación Los Pipitos donde me dieron apoyo moral, espiritual y fuerzas para salir adelante”, dijo.
La madre y su hijo también soportaron el rechazo del sistema escolar, donde no le permitieron matricularlo a pesar de gozar a plenitud de sus facultades mentales. “Me decían que era un niño discapacitado y no podía estar con los alumnos porque caminaba acostado en una camilla en forma de coche”, comentó.
Doña Ana Ríos mandó a su hijo a una “escuela pagada”, pero la mente inquieta de César hizo que su madre lo llevara a escuchar clases a una de las aulas del Colegio Alfonso Cortés. Desde afuera resolvía los ejercicios que ponían los maestros, su inteligencia y perseverancia le abrieron las puertas y fue matriculado en tercer grado.
Con el tiempo el joven se convirtió en un ejemplo. Viajó a México a un encuentro de organizaciones que trabajan con discapacitados, allí conoció a la Premio Nobel de la Paz Rigoberta Menchú. Además, se ganó una beca para estudiar en la Universidad Centroamericana de Ciencias Empresariales donde concluyó su segundo año de Licenciatura en Derecho Internacional meses antes de su deceso.
Para Ríos, su hijo discapacitado nunca fue un problema ni significo un sacrifico. El recuerdo de su hijo es latente y lo comparte con otros discapacitados quienes también la consideran como una madre.
RECOMPENSAS
Por su parte, María Teresa Reyes, madre de Massiel, quien nació con Síndrome de Down en julio de 1984, manifestó que tener un hijo con limitaciones tiene ventajas y desventajas, sobre todo porque la sociedad los margina a pesar de la lucha que se ha librado en campañas educativas.
Expresó que una de las recompensas obtenidas por la existencia de Massiel es haber aprendido a trabajar en equipo y ponerse al frente de actividades de la Asociación Los Pipitos. “Ella (Massiel) estuvo en un grupo de danza y yo era la responsable. Viajábamos a los departamentos y anduvimos en muchos lugares”, comentó.
Agregó que los niños discapacitados “no son como mucha gente cree, que son personas que no sirven para nada”. Por el contrario, reconoce que tienen otras potencialidades y como madre se siente orgullosa de tener a Massiel.
Massiel hoy es toda una señorita. Es el alma de la familia, le gusta bailar y tomarse fotografías. “Me siento tranquila y satisfecha con mi hija. Dios sabrá por qué me la dio así, mucha gente dice ‘esa es tu cruz’, pero no es así, yo la veo como una luz”, finalizó. 
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