El siglo se rindió ante ellas
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 | Las jornadas de trabajo de las madres más ancianas de Nicaragua, empezaban en la madrugada y terminaban ya entrada la noche. Así lograron mantener a sus familias. |
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Eva Rayo Potosme, cumplirá los 111 años y es la mujer más anciana del país. |
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Gerardo Bravo gerardo.bravo@laprensa.com.ni
No son familiares y tampoco se conocen, pero las dos tienen cosas en común, primero son mujeres y segundo vencieron al siglo. Ellas son: Eva Rayo Potosme y Aracelia Guadalupe Montes Cortés, madres que superaron la barrera de los cien años.
La primera reside en Niquinohomo, Municipio de Masaya, mientras que Montes Cortés, vive en el barrio Santa Ana, en Managua. Ambas son signo de admiración por parte de familiares y vecinos.
Doña Aracelia, recuerda que nació un 12 de diciembre, pero el año no lo puede precisar, “me acuerdo del día y el mes, pero no sé de qué año, como las madres no le decían a uno el año de su nacimiento”, señala.
Ella emigra muy joven desde Chichigalpa, municipio de Chinandega, hacia Managua, con su único hijo, “no recuerdo mucho de esos tiempos, cuando uno llega a cierta edad todo se le olvida”, dice.
La pérdida de su único hijo, es algo que le rompe el corazón. Lentamente gira su cabeza y posa su mirada en una foto de él, sin más un hilo fino de lágrimas, forma una corriente que como una pequeña vertiente se desliza por los surcos de las arrugas que marcan su rostro.
Respira profundamente y con un pañuelo enjuga sus lágrimas, vuelve a respirar y un poco más calma, dice “es que lo extraño tanto, él (su hijo) y yo nos llevábamos muy bien”.
Cuando ella tuvo su hijo, tendría unos 18 años, hace un intento por recordar, pero reafirma que su memoria le falla y que no puede precisar con exactitud que edad tenía.
Un momento de silencio... y ¿en qué trabajaba usted? Yo lo que hacía eran dulces y empezaba a las 2:00 a.m. y terminaba hasta las 9:00 a.m., que mandaba la venta a la calle.
Al preguntársele a doña Aracelia, si iba a fiesta, inmediatamente responde: “no, no, las madres de antes no la dejaban ir a fiesta, ni aquí en Managua, mucho menos en Chichigalpa”.
Y agrega, “yo no iba ni a paseos, porque mi madre no me dejaba y mi compañero era bien celoso, tampoco le gustaba que saliera, tenía todo en la casa, pero no salía”.
De repente calla, se toma un momento y empieza a decir que una vez fue al mar, pero le tuvo miedo a las olas y por eso sólo una vez en su vida miró el océano.
Otra de las cosas por las que ella casi no salía, era porque sus nietos (tres) estaban bajo su custodia, “la mamá de ellos falleció y me quedaron a mí. Recuerdo que ella (la madre de sus nietos) era de origen leonés y se llamaba Matilde Hernández”.
El compañero de doña Aracelia se llamaba Manuel Ignacio Paguaga y lo conoció en Chichigalpa, “era un hombre ya macizo y yo estaba bien jovencita —un suspiro leve y agrega— era alto, grueso y bien simpático, de ojos cafés”.
Uno de sus recuerdos más gratos son las Semanas Santas que pasó en Chichigalpa, “en ese tiempo yo era católica, ahora soy evangélica, mi Señor es Jehová y es el que me acompaña siempre”.
Doña Aracelia, hoy se moviliza en una silla de ruedas hechiza, ya que en uno de sus viajes al culto se cayó y eso la obligó a estar en silla de ruedas para movilizarse por su casa.
Doña Aracelia, a pesar que la edad calculada por sus nietos es de unos 103 años, siempre se levanta antes de la 6:00 a.m. para bañarse, ese ritual lo hace desde que era joven.
El siglo XX se fue y se rindió ante estas mujeres centenarias, que vieron pasar parte de la historia de este país como si fuese una película. 
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