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VIERNES 30 DE MAYO DEL 2003 / EDICION No. 23104 / ACTUALIZADA 02:30 am
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Maternidad y familia

El Día de la Madre se celebra este año en circunstancias en que hay un reforzamiento de los ataques ideológicos y legales contra la maternidad y la familia tradicional.

Cada vez con más fuerza se propaga la tesis de que en la mujer lo esencial no es su condición biológica de poder concebir, gestar y dar a luz una nueva vida, sino sus funciones socio-culturales, laborales y políticas, y el supuesto derecho a cambiar de género en el transcurso de su vida.

Quienes sostienen semejante tesis aseguran que la maternidad es más una construcción cultural que una función biológica; y que, por lo tanto, se puede constituir “familias” entre personas del mismo sexo, las cuales, una vez establecidas pueden adoptar niñas o niños si les hacen falta para su bienestar y estabilidad “conyugal”.

Por otro lado, se afirma que cuando la mujer se ocupa de los deberes maternales y familiares durante algún tiempo, nunca vuelve a recuperarse en el nivel laboral. Y que eso demuestra que la maternidad es un obstáculo para alcanzar la justicia de género, que es el objetivo fundamental de las mujeres.

De manera que según ese planteamiento la maternidad es un obstáculo al progreso humano y provoca frustraciones y malestares sociales y personales a las mujeres, sobre todo que no pueden decidir sobre su propio cuerpo ni ejercer la libertad de escoger si quieren o no tener hijos biológicos.

Pero es falso que la maternidad se oponga al ideal del progreso humano ni que sea causa de frustraciones individuales y malestares sociales. Como tampoco es aceptable el planteamiento de que el “enfoque de género” sobre la maternidad y la familia constituye la nueva frontera entre necesidad y libertad.

Es cierto que a lo largo de la historia la maternidad y la familia han ocupado un lugar subordinado en el sistema de valores de la sociedad. Pero esta disfunción histórica no se resuelve suprimiendo o desvirtuando la maternidad y la familia tradicional; por el contrario, lo que se debe hacer es dignificar el rol maternal de la mujer, fortalecer a la familia y procurar que el doble componente de dar a luz y amamantar, y el trabajo que rodea la llegada de un hijo, como la higiene, la compañía, el cuidado de las ropas del bebé, la alimentación distinta del amamantamiento, etcétera, no recaiga únicamente sobre la madre sino también sobre el padre y cualquier otro adulto de la familia.

Dicho con otras palabras, el desarrollo y la modernización de la sociedad, así como el crecimiento de la mujer, no tienen por qué pasar por la demolición de la natural condición maternal y la tradición familiar. Por el contrario, el ejemplo de las sociedades desarrolladas contemporáneas demuestra que el debilitamiento de la maternidad, la disolución familiar y el excesivo individualismo, conducen a la soledad, al desconcierto y a patéticas imitaciones de la institución familiar.

El afecto maternal y familiar es más bien un pilar del desarrollo. Los hogares en los que se practica una buena maternidad y una excelente integración familiar, son estables y producen personas sanas espiritualmente, optimistas y progresistas, mientras que en los que faltan el amor maternal y el entendimiento familiar se genera toda clase de inadaptados sociales.

De manera que la celebración del Día de la Madre viene a ser obligadamente una jornada de defensa de la condición maternal de la mujer, de la unidad familiar y de la unión conyugal fundada en sólidos principios y valores morales. Pues, si se admitiera la validez de los pretendidos matrimonios y uniones de hecho homosexuales, como se pretenden introducir solapadamente por medio de legislaciones sobre igualdad de oportunidades de la mujer, el siguiente paso sería autorizar legalmente la adopción de niñas y niños que cumplan el papel de hijos con dos padres o dos madres, constituidos como matrimonio “normal”.

Sin dudas que la opción sexual es un derecho individual cuya práctica, mientras no perjudique a los demás, debe ser respetada por el Estado y los particulares. Pero quienes practican una opción sexual y familiar distinta a la normal no tienen derecho a imponerla a los demás y mucho menos por medio de leyes de obligatorio cumplimiento por todos los habitantes del país.  
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