Cuando el hambre es más fuerte que el miedo
Jorge Ramos Ávalos www.jorgeramos.com
El niño Marco Antonio Villaseñor, de cinco años de edad, ya estaba desmayado. Los esfuerzos de su padre, José Antonio, de levantarlo por arriba de su cabeza para que pudiera respirar por un hoyito en la parte superior del tráiler no habían dado resultado. Si no abrían pronto la puerta del camión todos —tal vez unas 100 personas— iban a morir ahí dentro. En la desesperación, un grupo de violentos salvadoreños propuso matar al niño Marco Antonio, desmembrarlo y sacarlo en pedazos por un hoyo del tráiler para llamar la atención y que los rescataran. No fue necesario. Poco después alguien abrió la puerta y lo que encontró dentro fue horroroso: cadáveres, heridos con señales de golpes, gente a punto de morir. Éste es el testimonio que uno de los sobrevivientes de esta tragedia —y cuyo nombre no fue divulgado— contó al periodista Martín Berlanga, de Univision.
Entre los 17 inmigrantes muertos que encontraron dentro del tráiler estaba el niño Marco Antonio y su papá. Dos inmigrantes más morirían más tarde en el hospital. El incidente en Victoria, Texas, con un total de 19 muertos, es uno de los peores en la historia. Y lo más grave de todo es que se va a volver a repetir. Pronto. Muy pronto.
¿Qué es lo que hace que una persona venza el miedo y arriesgue su vida y la de su hijo de cinco años con tal de entrar ilegalmente a Estados Unidos? ¿Por qué arriesgarse a morir ahogado, deshidratado o asfixiado? Por el hambre; tanto el hambre del que no tiene qué comer como la del que ambiciona una vida mejor para él/ella y su familia. El diario The Washington Post, citando a la abuela del niño, reporta que José Antonio se llevó a su hijo de ciudad Netzahualcoyotl a Estados Unidos para “darle una mejor educación”.
La muerte de los 19 inmigrantes en Texas nos llama la atención porque son muchos en un mismo lugar. Pero ésta es una tragedia constante. Todos los días muere (en promedio) un inmigrante en la frontera. La tragedia de Texas se repite cada 19 días.
Todos los días —impulsados por el hambre y atraídos por los trabajos— unos mil inmigrantes logran cruzar ilegalmente la frontera entre México y Estados Unidos o violan sus visas de turista, de negocios o de estudiante, y se quedan más tiempo del permitido.
Pero cruzar es cada vez más arriesgado. Desde el 11 de septiembre del 2001 se ha reforzado la vigilancia en la frontera obligando a los posibles inmigrantes a intentar el cruce por lugares más peligrosos, sobre todo en el desierto.
El porcentaje de éxito es alto; por cada mil inmigrantes que pasan o se quedan uno muere. El año pasado murieron 371 personas en la frontera según informó el gobierno mexicano. La verdadera tragedia es que todas y cada una de estas muertes se pueden evitar. ¿Cómo? Con un acuerdo migratorio entre México y Estados Unidos.
Los inmigrantes seguirán viniendo a Estados Unidos por una sencilla ley económica de oferta y demanda: en América Latina hay trabajadores sin trabajo y aquí en Estados Unidos hay empleos que requieren de mano de obra barata. Así de sencillo. Mientras un mexicano, salvadoreño o ecuatoriano pueda ganar con una hora de trabajo en Estados Unidos lo mismo que gana en su país de origen en uno, dos o tres días, seguirá habiendo inmigración indocumentada. Entonces lo que hay que hacer es regular ese imparable movimiento de trabajadores. Punto.
El gobierno de Estados Unidos tiene que entender que sólo un acuerdo migratorio con México, primero, y luego con el resto de los países de América Latina, puede ponerle orden a la frontera. Sólo así habrá un flujo ordenado, pacífico y sin muertes, de los trabajadores que vienen del sur y que son tan necesarios para la economía norteamericana. No se trata de parar la inmigración a Estados Unidos. Nunca la van a parar. De lo que se trata es de manejar y administrar efectivamente esa migración.
Los únicos que ganan con el caos actual que existe en la frontera son los coyotes.
Actualmente es difícil encontrar a un coyote o pollero que cobre menos de mil dólares por ayudar a cruzar la frontera. Los hay muy buenos; hay que reconocer eso. Saben dónde y cuándo cruzar sin ser detectados. Pero otros roban, estafan, violan y matan a los inmigrantes.
La política migratoria de Estados Unidos es confusa, contraproducente, contradictoria y muy poco efectiva. En lugar de ayudar a la economía del país, la bloquea y boicotea. En lugar de proteger a los inmigrantes, los orilla a lugares muy peligrosos y a la muerte. Si la política migratoria de Estados Unidos tiene por objetivo controlar sus fronteras, entonces es un verdadero fracaso. Es una gigantesca coladera. No sólo no controla sus fronteras sino que también provoca la muerte de inmigrantes.
Mientras nada cambie, mientras no haya acuerdo migratorio entre México y Estados Unidos, mientras siga vigente la actual política migratoria estadounidense, aunque le hayan cambiado el nombre al viejo e ineficiente Servicio de Inmigración (INS), mientras no haya una amnistía para los más de siete millones de inmigrantes indocumentados en Estados Unidos, mientras no se vincule la lucha contra el terrorismo con la legalización y apoyo a los inmigrantes que ya están aquí, continuarán ocurriendo tragedias como la del tráiler en Texas.
Dos días después de las muertes de los indocumentados en Victoria, Texas, el nuevo servicio de inmigración detuvo a otros 18 inmigrantes indocumentados en otro tráiler pero en el mismo lugar. La tragedia de Texas, tristemente, se va volver a repetir porque el hambre es más fuerte que el miedo a morir. Y ahí está el cuerpo del niño Marco Antonio Villaseñor para probarlo.
Posdata insegura. ¿Estamos hoy más seguros que antes de la guerra contra Irak? Definitivamente no. La decisión de atacar a Irak fue una distracción que tenía muy poco que ver en la guerra contra el terrorismo. Y ahora estamos pagando las consecuencias.
Treinta y cuatro personas murieron en un ataque terrorista en Arabia Saudita y 41 en otro en Marruecos. ¿Los objetivos? Norteamericanos, británicos, españoles e israelitas. Es exactamente lo que muchos temíamos que podría ocurrir luego de la guerra contra Irak. Y está pasando. En el mundo árabe —y me consta porque lo vi— Estados Unidos no es considerado un “liberador”. Y la forma de resistirse de varios grupos árabes es así, con ataques suicidas. Esto es, me temo, sólo el comienzo. 
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