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SáBADO 24 DE MAYO DEL 2003 / EDICION No. 23098 / ACTUALIZADA 02:30 am
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¡Hey, Taxi!
La venganza del fumador

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José Adán Silva
joseadan.silva@laprensa.com.ni

Era una mujer con el carácter suficiente como para decirle a cualquiera con cuántas papas se hace un guiso. No era vulgar, pero sí firme en la defensa de lo que creía eran sus derechos. Pero una tarde de lluvia encontró una respuesta con sonrisa, que le demostró que no todos en la vida tienen la capacidad para aceptar reclamos, por muy justos que éstos sean.

La mujer, madre de dos hijas y mayor de 38 años, iba a una diligencia personal urgente: una entrevista para conseguir empleo. Se acicaló para la ocasión y se roció una loción discreta con fragancia de rosas.

Detuvo un taxi, dio la dirección, negoció el precio de la carrera y subió.

Cuenta ella que a los pocos segundos de iniciado el viaje, el conductor sacó un cigarrillo y comenzó a fumar. Ante las amenazas de un cielo preñado de nubes negras, el conductor llevaba subidas las ventanas traseras del vehículo.

Allí iba ella, donde se acumuló el humo. Hacía mucho que ella había dejado de fumar, y muy cuidadosa de su imagen, se preocupó de que el humo del cigarrillo se le impregnara en la ropa y llegara a la entrevista olorosa a tabaco.

Con el carácter fuerte de siempre, forzado en el rigor militar adquirido durante siete años en una base militar en tiempos de guerra, le pidió al taxista que por favor abriera la ventana, que se iba ahogando y que no era correcto que tirara el humo a sus pasajeros.

El chofer se molestó, le dijo que era su carro y que podía hacer en él lo que quisiera. Comenzó una discusión que terminó rápido, cuando él dijo unas palabrotas finales y luego tiró el cigarrillo por la ventana.

La miró con un brillo extraño por el espejo retrovisor y le preguntó si estaba bien así. Ella no contestó. Iba rabiosa, con ganas de detener el vehículo, decirle cuatro cosas al frustrado fumador, y bajarse dando un portazo. Entonces comenzó a llover.

De pronto tres muchachas le hicieron parada al taxista y preguntaron por cuánto las llevaba a la Universidad Politécnica. Por unos momentos ella se sintió aliviada con la compañía de las estudiantes, ya que le inquietó la mirada que antes le había lanzado el taxista.

El hombre dio un precio y las muchachas aceptaron. Entonces ocurrió la humillación. Él se giró sonriendo hacia su pasajera perfumada, y le dijo de muy buenas maneras que hasta ahí nomás la llevaba, que bajara rápido y por favor esperara otro taxi.

Bajó temblando de rabia, muda, sin saber qué hacer. La lluvia se desató en un diluvio de baldazos bíblicos que la dejó hecha una sopa y fue entonces cuando no soportó la humillación y estalló en llanto. Lloró con tanta rabia, que al final le dio un ataque de risa y le llegó una tranquilidad sobrenatural que la hizo caminar varias cuadras bajo la lluvia, de regreso a casa.

Esa tarde no pudo asistir a la entrevista y, por supuesto, perdió la oportunidad de conseguir el empleo.  
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