Buscando a Pancha Parranda
Arquímedes González arquimedes.gonzales@laprensa.com.ni
Hace más de treinta años, en una tarde de verano escuchando a Javier Solís, el viajero de este relato, disfrutó de aquel caudaloso río Tamarindo, saboreando conchas vivas y cerveza bajo el techo de palmeras.
Hoy el viajero come quesillos en La Paz Centro y entre conversación y recuerdo, le llega la imagen de aquel lugar que solía frecuentar. Estábamos a pocos kilómetros y como era domingo y nadie quería volver a la capital, decidimos buscar aquel bar del que tanto insistía.
Exhumando ese pasado con un temblor ansioso en su voz, el viajero recuerda mientras maneja, que el lugar a donde vamos, le decían por ese entonces, Bar Pancha Parranda. Según su versión, la mujer había adquirido el apodo gracias a su insaciable costumbre fiestera y cuando se decidió a sentar cabeza, depositó sus votos en la cantina que llamó a como ya la conocían: Pancha Parranda.
Escarbando un poco más en el fondo de la fangosa memoria, el viajero afirma que el local se convirtió en epicentro de largas y alegres fiestas. La fama fue tal, que ampliaron el lugar y contrataron más meseros porque había días, más los jueves y viernes, en los que llegaba el doble de personas de lo que tenía el pueblo.
La roconola no paraba. Todo era un hervidero de gente que se hacía oír a gritos, con golpe de mesas o carcajadas. Según afirma el viajero, los restos de las conchas se amontonaban en la ribera donde se había formado una montículo y frente al bar se alquilaban botes para que los visitantes recorrieran la zona.
Con la popularidad llegaron los jugadores de naipes, dados y ajedrez y también las peleas. Al principio eran esporádicas, pero con tanta gente se hicieron usuales hasta el punto que siempre había una ambulancia y paramédicos.
Pero el viajero no volvió más. Recorrió el mundo y hoy de vuelta, ya con tantos años encima, todavía tiene esa astilla picando en los sesos. Y para liberarlo es que aceptamos acompañarlo y confirmar si existe ese bar que convirtió al pueblo en Las Vegas de esta arruinada y olvidada zona.
Sí, dice el viajero, ya recuerda el desvío, ahí, a la derecha del puente del río Tamarindo. Entramos. La primera decepción es tanta pobreza. La segunda, que aquel caudaloso torrente es nada más un extenso pedregal, y la tercera, es que Pancha Parranda murió hace cuatro años. No está la roconola ni Javier Solís, sino un equipo con música hip hop. En realidad, la dueña del bar se llamaba Pastora Lazo y heredó el apoyo del padre a quien le decían Juan Parranda, sí, por parrandero y bebedor.
Los que administran el bar no recuerdan que el lugar haya tenido tanta gloria pero sí aceptan que de vez en cuando las disputas se resolvían a punta de botellazos. ¿El viajero ha inventado todo? Eso sí, asegura el viajero, las conchas vivas están igual de deliciosas que hace treinta años. 
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