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DOMINGO 11 DE MAYO DEL 2003 / EDICION No. 23085 / ACTUALIZADA 12:30 am
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Gabriel García Márquez en su laberinto

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Enrique Krauze*

La Revolución Cubana concitó alrededor suyo un ciclo de esperanza y desilusión muy similar al que despertó la revolución rusa. En un principio parecía el ideal de Martí vuelto realidad, la posibilidad de construir “Nuestra América”, una sociedad distinta a “la otra América”, más justa, digna, igualitaria y libre. Las conciencias liberales se desencantaron muy pronto del experimento, pero la frustrada invasión de Playa Girón y las sanciones comerciales estadounidenses mantuvieron viva la flama, a pesar del claro alineamiento de Castro a la Unión Soviética y las muestras palmarias del ahogo de todas las libertades en la isla: de expresión, creación, creencia, asociación, manifestación, movimiento, crítica, empresa, sufragio, afiliación política y preferencia sexual. Para una buena parte de los intelectuales latinoamericanos, el punto de quiebre sobrevino en 1971, con el Caso Padilla. Espiado por los servicios secretos del régimen, el poeta Heberto Padilla fue sometido a un proceso de autoinculpación calcado de los juicios de Moscú en los años treinta. Bajo el manto del pen club mexicano, José Emilio Pacheco y Gabriel Zaid tuvieron la iniciativa de publicar una carta a Castro en la que aparecieron las firmas de los más destacados escritores del país, Octavio Paz, Juan Rulfo, Carlos Fuentes y José Revueltas, entre otros (apareció en varios periódicos, el 4 de abril de 1971). Muy pronto, otra carta recorrió el mundo: la firmaban algunos novelistas del boom, como Mario Vargas Llosa, y otros grandes intelectuales, entre ellos Jean-Paul Sartre. Castro contestó airadamente, provocando una contrarréplica aún más dura y convincente. Destacaba —por su ausencia— una firma: la del célebre autor de Cien años de soledad. Años más tarde, en 1975, Gabriel García Márquez publicó en Alternativa de Bogotá un texto titulado “Cuba de cabo a rabo”, reportaje sabroso como todos los suyos, pero que, en el fondo, constituía mucho más que eso: una profesión de fe absoluta en la revolución cubana encarnada en la heroica figura del Comandante: “Cada cubano parece pensar que si un día no quedara nadie más en Cuba, él solo, bajo la dirección de Fidel Castro, podría seguir adelante con la Revolución hasta llevarla a su término feliz. Para mí, sin más vueltas, esta comprobación ha sido la experiencia más emocionante y decisiva de toda mi vida”.

Lo fue, al grado de que García Márquez no se ha apartado de esa visión epifánica en casi treinta años. ¿Qué vio, que cualquiera podía ver? Logros notables en los servicios de salud y educación (aunque no se preguntó si, para alcanzarlos, era necesario el mantenimiento de un régimen totalitario: un súbdito sano y alfabetizado sigue siendo un súbdito, no un ciudadano). ¿Qué dijo no haber visto? “Privilegios individuales” (aunque convivió con la familia Castro, adueñada de la isla en la más pura tradición patrimonialista), “represión policial y discriminación de ninguna índole” (aunque desde 1965 se habían creado los campos de concentración para homosexuales, antisociales, religiosos y disidentes). ¿Qué vio, finalmente? Lo que quería ver: a cinco millones de cubanos pertenecientes a los CDR (Comités de Defensa Revolucionaria), no como los ojos y el garrote de la revolución, sino como su “verdadera fuerza” o, más claramente —en palabras de Fidel Castro, citadas por el propio García Márquez—, “un sistema de vigilancia colectiva revolucionaria para que todo el mundo sepa quién es y qué hace el vecino que vive en la manzana”. También vio multitud de “artículos alimenticios e industriales en los almacenes de venta libre” y profetizó, con candor, que “en 1980 Cuba sería el primer país desarrollado de América Latina”. Sobre todas las cosas le conmovía Fidel: “Su mirada delataba la debilidad recóndita de su corazón infantil ...ha sobrevivido intacto a la corrosión insidiosa y feroz del poder cotidiano, a su pesadumbre secreta ... ha dispuesto todo un sistema defensivo contra el culto a la personalidad”. Por eso, y por su “inteligencia política, su instinto y honradez, su capacidad de trabajo casi animal, su identificación profunda y confianza absoluta en la sabiduría de las masas”, había logrado suscitar el “codiciado y esquivo” sueño de todo gobernante: “el cariño.” En su retrato resuenan ecos de H.G. Wells, que en los años pavorosos de la hambruna ucraniana declaró: “Nunca he conocido a un hombre más sincero justo y honesto que Stalin. Nadie le teme y todo el mundo confía en él”. O de Pablo Neruda, en su Canto general: “El nombre de Stalin alza, limpia, construye, fortifica, preserva, mira, protege, alimenta, pero también castiga”.

Aquellas virtudes se sustentaban, según García Márquez, en la “facultad primordial y menos reconocida” de Fidel: su “genio de reportero”. Todos los grandes hechos de la Revolución, sus antecedentes, detalles, significación, perspectiva histórica, estaban “consignados en los discursos de Fidel Castro. Gracias a esos inmensos reportajes hablados, el pueblo cubano es uno de los mejores informados del mundo sobre la realidad propia ...” Esos discursos-reportajes, admitía García Márquez, “no habían resuelto los problemas de la libertad de expresión y la democracia revolucionaria”. La ley que prohibía toda obra creativa opuesta a los principios de la Revolución le parecía “alarmante”, pero no por su limitación a la libertad sino por su futilidad: “cualquier escritor que ceda a la temeridad de escribir un libro contra ella, no tiene por qué tropezar con una piedra constitucional ...la Revolución será ya bastante madura para digerirlo”. Aunque Granma había destacado, hacía unas semanas, la carta de una “enfermera a quien una tienda de Estado le había vendido un televisor inservible”, la prensa le parecía todavía deficiente en información y sentido crítico, pero se podía “pronosticar” que la prensa en Cuba sería “democrática, alegre y original” porque estaría fincada en “una nueva democracia real ...un poder popular concebido como una estructura piramidal que garantiza a la base el control constante e inmediato de sus dirigentes”. “No me lo crea a mí, qué carajo. Vayan a verlo”, concluía García Márquez.

Ninguno de los crímenes y reveses de la revolución cubana (anteriores y posteriores) lo apartó nunca de aquella visión primigenia, portento orwelliano de mistificación, versión caribeña y “progresista” de la teoría del “gran hombre en la historia” que propugnó Carlyle, el ancestro del fascismo. El paredón inicial, los permanentes y masivos encarcelamientos políticos, el apoyo a la invasión de Checoslovaquia en 1968 (“exigimos que nos invadan también a nosotros si nos apartamos del socialismo”, dijo Fidel), la crisis de los balseros, el espionaje y terror de Estado a través de los CDR, el control total de la información, la censura de toda opinión disidente, la prohibición a los libros de infinidad de autores, el poder absoluto por 44 años en manos del “reportero Castro”, la tortura, el racionamiento creciente, las aventuras del “internacionalismo cubano” en Angola, Mozambique, el Congo y Etiopía —con su estela de centenares de miles de muertos, mutilados, desplazados—, son todos episodios que no aparecen en sus crónicas. Tampoco le suscitó mayores (o menores) dudas o resquemores la dependencia integral (militar, económica, política) de Cuba con respecto a la metrópoli soviética. Que La Habana hubiese sido “el escandaloso burdel de gringos” le parecía un crimen; que luego lo fuera de los rusos (y ahora de los latinoamericanos o españoles) le parecía, quizá, una fatalidad o un accidente de la historia. (Fidel Castro ha sido más cínico: nuestras prostitutas trabajan por gusto y muchas tienen grados universitarios). Todos los males, por lo demás, podían atribuírsele siempre al bloqueo comercial de Estados Unidos, medida torpe y contraproducente, sin duda alguna, pero desmentida (en sus proporciones y su sentido) por el propio texto de García Márquez de 1975: “la tarde en que llegué a La Habana había catorce barcos del mundo haciendo cola para entrar al puerto. La tarde en que salí había veintidós y habían puesto un cargamento de automóviles europeos de un extremo al otro del malecón”. Hoy Cuba comercia con 148 países, pero García Márquez (que en ese mismo texto abjuró de la dependencia comercial con Estados Unidos en los años anteriores a la revolución) persiste en hablar de bloqueo, como si Cuba fuera una nueva Numancia. Castro y García Márquez proclaman que lo es, para justificar la tiranía.

* El autor es escritor mexicano  
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