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LUNES 5 DE MAYO DEL 2003 / EDICION No. 23079 / ACTUALIZADA 12:30 am
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El perfil del político

La semana pasada, en su acostumbrada catequesis de los miércoles, el Papa Juan Pablo II definió lo que de acuerdo con las enseñanzas bíblicas debe ser el perfil del político contemporáneo. La actuación del político “debe estar regida por la integridad moral y el compromiso contra las injusticias”, aseguró el Papa, según reportó la agencia de prensa del Vaticano, Zenit.

Juan Pablo II se refiere, sin duda, a un perfil ideal del político, de un ser que no existe en la realidad o de los que hay muy pocos, como sería el caso, por ejemplo, del checo Vaclav Havel, quien hasta hace poco y desde que cayó el comunismo en Checoslovaquia fue el Presidente de la República Checa y probablemente el más íntegro de todos los gobernantes de ese país a lo largo de su historia.

“El modelo de vida (del político) debería ser el obrar divino en el gobierno del mundo: un obrar regido por una perfecta integridad moral y por un enérgico compromiso contra las injusticias”, señaló el Papa, y agregó que “entre las grandes virtudes morales que hacen luminosa la acción del político justo, se destacan la sabiduría que ayuda a comprender y a juzgar rectamente; la inocencia que es pureza de corazón y de vida; y, por último, la integridad de la conciencia que no tolera compromisos con el mal”.

Su Santidad sabe muy bien cómo son los políticos en la realidad, sobre todo en países como Nicaragua donde los conflictos por el poder han devastado la base material y productiva de la sociedad pero también los valores y principios éticos de las personas. Y en consecuencia imperan los antivalores del cinismo, la codicia, la ambición desmedida, el egoísmo, la inescrupulosidad y el afán de hacer fortuna a cualquier costo.

Pero es obvio que el Papa propone este perfil del político como un ideal que se debe propugnar para motivar a la gente a escoger mejor a sus gobernantes y representantes, es decir, para que traten de elegir a personas que se guíen por principios éticos y que tengan vocación de servicio, y no a quienes ven el poder sólo como un medio de enriquecimiento personal. O sea que estas exigencias éticas a los políticos deben ser usadas por los ciudadanos para exigir que se haga un mejor ejercicio de la función política y gubernamental.

Se suele decir que la política no es tarea de ángeles. Y es cierto. También es comprensible que así sea, pues el poder está sustentado en toda clase de vanidades y tentaciones y es una actividad corruptora por su propia naturaleza. De allí que se tenga como una verdad de validez perenne y universal la famosa frase axiomática del estadista italiano de origen británico, Lord Acton (John Francis, 1776-1835), de que “el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente”.

Pero también por ser actividades humanas la política y el ejercicio del poder son perfectibles, siempre que se quieran hacer esfuerzos reales y sinceros por dignificarlos. Lo malo y deplorable es que se acepte la amoralidad de la política como algo fatalmente inevitable, o que cuando se atrape y castigue a algún bribón político no sea porque realmente se quiera hacer justicia, sino por ajustarle las cuentas en la lucha por el poder.

Ahora bien, en un país democrático donde las supremas autoridades de gobierno son elegidas libremente por el pueblo, éste tiene los gobernantes que se merece. Y por lo tanto, de acuerdo con el principio de responsabilidad de alguna manera los electores deberían responder por sus malas elecciones.

En realidad, los ciudadanos son los verdaderos perjudicados por la corrupción, la demagogia y la incompetencia de los políticos. Y por lo tanto deberían denunciarlos y repudiarlos como se merecen, así como también deben ser responsables al ir a las urnas electorales a votar por ellos.

Sería bueno que alguno de los partidos emergentes cuyos líderes dicen ser alternativa honesta a los políticos corruptos liberal-sandinistas, hiciera propia la propuesta del perfil ideal del político que presentó el Papa Juan Pablo II, al menos para promover un debate sobre la reforma moral que tanto necesitan la política y los políticos de Nicaragua.  
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