Poesía salvadoreña
En mi cumpleaños
Carlos A. Imendia
I
Otras veces, de gozo conmovido, saludaba la aurora de este día, después de haber con gratitud sentido el dulce abrazo de la madre mía. ¡Ah cuán distinto es lo que ahora siento! En esta fecha de pasado encanto... ¡En dolor se ha cambiado aquel contento, aquella risa se ha cambiado en llanto! Hoy triste me senté cerca del lecho, cual si llegar mi madre allí debiera, para estrecharme a su amoroso pecho, como en tiempo feliz ella lo hiciera; Y tanto fue lo que pensé en la suerte a que ha querido condenarme el cielo, qué amable se hizo para mí la muerte, único bien que acallará mi duelo.
Ya no, como antes, columbrar yo puedo un porvenir encantador, sonriente: Ese incierto mañana me da miedo, pues no hay una esperanza que me aliente. ¡Y aún cuando la tuviera el pecho mío, no sería jamás acariciada; que sin mi madre todo está sombrío, y sin ella, además, no quiero nada!
Por eso es que hoy cuando gozar debía, se aumenta más del corazón la pena... ¡Ah, los recuerdos de tan triste día tienen mi alma de amargura llena!
II
¡Cuánta bondad! Estoy avergonzado al ver esos presentes estimables, que en testimonio de cariño cierto los amigos me hacen.
Mi gratitud eterna para ellos, que en mi duelo han querido consolarme, prodigándome el bálsamo bendito de sus sentidas frases.
Más ¡ah la vista de tan varias prendas! Vuelve mi corazón aún más cobarde, y me obliga a apurar la amarga copa de dolor inefable.
Allí no está... Jamás volveré a verle... Falta un regalo que yo busco en balde; el más pobre tal vez y el más valioso... ¡La ofrenda de mi madre!
1888 
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