Entrevista
Manlio Argueta: “Un día en la vida”
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 | Manlio Argueta, escritor salvadoreño de gran éxito en Estados Unidos y en el resto de América Latina. Comentó algunos tópicos de su novela “Un día en la vida”, de sus historias más difundidas, y de mayor éxito. Conversó acerca de su trayectoria de escritor, y la relación con sus personajes |
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Manlio Argueta. |
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Rafael Varela*
¿Hasta qué punto esa conciencia de ser cronista-novelista o novelista-cronista de la historia de tu país marcó no solamente el futuro de tu carrera como escritor sino, concretamente, “Un día en la vida”, tu novela quizás más difundida y de un enorme éxito?
Bueno, es muy interesante esta pregunta porque en realidad uno se convierte como en cronista pero... y también se reinicia de nuevo un género testimonial dentro de la novela. Quiero decirte que en “El valle de las hamacas”, sin que fuera el género testimonial en esos momentos conocido, dentro de lo que hoy es conocido ¿no?, ya hay... es decir, es una novela con testimonios, hay testimonios completos dentro de “El valle de las hamacas” y lo mismo en “Caperucita”. Cuando te digo testimonios completos quiero decir que hay páginas completas que son agregados textuales de la realidad, ya sea de un documento, de un periódico, hay un juego de la ficción con documentos reales. Y luego en “Un día en la vida”, que sí es una novela mucho más testimonial, porque en este caso ya recurrí por primera vez a la entrevista, a buscar el material, a la investigación.
¿Por qué en toda tu obra la crónica está ahí, el reportaje está ahí aunque no sea una entrevista, pero está ahí desde el comienzo. A donde yo apuntaba es que es muy claro en “Un día en la vida”, comenzaste de alguna manera la novela testimonio antes de que el testimonio como género haya tomado el auge que tomó en América Latina en los últimos diez o quince años por circunstancias desgraciadamente lamentables en el desarrollo político de nuestros países. Te diste cuenta que era un arma no solamente eficaz sino algo que tú podías controlar y hacerlo funcionar dentro de lo novelesco de la manera en que antes lo habías hecho?
Sentí más que todo que era lo que me permitía expresar mis interioridades y era como el camino más fácil, era como el río bajo... por el cual yo iba a navegar con más facilidad. Es decir, mi realidad, mis experiencias, mis vivencias que eran muy fuertes ¿no?, porque el problema de El Salvador se conoce desde hace muy poco pero nosotros que lo hemos vivido y lo hemos padecido —en el buen sentido de la palabra, porque también hemos luchado para que no ocurra eso— pues sentimos mucho eso en nuestro interior y tratamos de desatarlo a través de un código estético. Te digo esto porque el mismo Roque Dalton, al mismo tiempo que yo escribía “El valle de las hamacas”, estaba escribiendo otra novela, sin habernos puesto de acuerdo —porque él no estaba en El Salvador viviendo— otra novela que se publicó mucho después que se llama “Pobrecito poeta que era yo” y que originalmente se llamaba “Los poetas” o sea que estaba haciendo una crónica de esta vivencia que nosotros teníamos, los poetas ¿no? También era un testimonio, o sea que estábamos un poco como recogiendo nuestras experiencias, nuestra vida. Y teniendo capacidad para trasuntarlas bajo un código literario o poético, pues era una gran ocasión, de manera que sí, yo siento que es una manera de trabajar con la belleza, con la estética y a la vez entregar un conocimiento no tanto sobre la historia del país, de El Salvador o de Centroamérica, sino también sobre cosas subjetivas y valores un poco más espirituales, que es lo que pretendo por ejemplo en “Un día en la vida”, es decir, el amor, el llanto, el drama a partir de un desgarramiento personal de los personajes.
De manera que “Un día en la vida” también tiene ese aspecto de ocultar su dolor, esconderlo y también reflejarlo en un momento dado, en la ocasión que sea propicia, pero también demostrar cómo nuestro pueblo tiene que ocultar tantas cosas y sufrir tantas cosas y sin embargo también es propio en él de que las refleje de una manera violenta. Es decir, a veces siento que nuestro pueblo es algo así como nuestros volcanes, ¿no? Nosotros tenemos —digo yo en un poema— más volcanes por kilómetro cuadrado que cualquier otro país, nuestra gente también es como un volcán porque ha sabido ocultar y esconder todas sus cosas, porque no le han dado oportunidad de expresarse ni de disfrutar de lo que puede ser la mínima libertad o democracia.
*periodista y artista salvadoreño
Un día en la vida
5.45 a.m.
Un día le iba a tirar una piedra a un sapo. Entonces conocí la voz de la conciencia. Vine y levanté la mano. Acababa de cumplir los doce años. Lo recuerdo porque en esa época me hice mujer, en ese año me llegó el cambio. Me disponía a tirar la piedra cuando oí la voz de la conciencia, una voz que me dijo “no le tirés la piedra al sapo, ¿qué te está haciendo el pobre?” Y yo me quedé como paralizada. Así me di cuenta de esa voz que viene de adentro. Esa voz no nos pertenece. Sentí un poco de miedo. Y lo relacioné con la voz del castigo. No ves que es pecado, me dijo. Y la piedra se me fue para atrás, por poco me cae en la nuca, dentro del vestido, pues oyendo la voz y la mano se mantuvo alzada con la piedra y así la fui soltando, se me fueron aflojando los dedos. Esa voz va con uno. Si hasta cuando estamos dormidos nos habla, está a la par nuestra, vigilándonos. Por eso a la hora de estar dormidos se nos oye llorar, y verdaderamente estamos llorando. La voz de la conciencia es el sueño mismo. O mejor dicho no es el sueño, sólo se parece al sueño. En los sueños se ven las cosas color de chocolate; pero la voz de la conciencia es severa, no tiene nada de agradable. Es una voz para regañar: que no hagás esto, que hacé esto, no lo hagás porque es pecado. Yo siento que es una falta de libertad, porque nos está diciendo lo que debemos de hacer.. Y cuando la piedra se me fue para atrás, el sapo salió corriendo, saltando, chumbulún cayó en un charco de agua verde. El gran salto del sapo me dio tremendo susto. Si le tirás la piedra al sapo, me dijo la voz de la conciencia, él te va a echar leche y se te va a secar el pellejo. Se te hace el pellejo como el del sapo, arrugada y asquerosa. Bueno, la voz de la conciencia le hace favores a uno, pero son favores que nadie está pidiendo.
Fragmento. 
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