El trabajo en equipo es un arma muy poderosa, para lograr acciones positivas
Ernesto González Valdés* revista@laprensa.com.ni
¿Equipo? Dice el diccionario: “...grupo de personas organizadas para un servicio determinado”. En estos momentos a jóvenes que les imparto clases, los sábados, su procedencia resulta bien heterogénea, departamentos o municipios distantes fuera de nuestra capital, lo que hace que la posibilidad de sentarse a estudiar por células, por equipo para solucionar las clases prácticas, la preparación de seminarios, etc, resulte prácticamente imposible.
Sólo están en clase el tiempo justo, para recibir las clases, y luego a casa. ¿Dudas, aspectos sin resolver, para posteriormente enfrentarse como Quijotes, no al molino de viento, pero sí a la evaluación del próximo encuentro? Miles, ¿resultado? Ser lanzados al aire, y posteriormente estrellarse, equivalente a ser aplazados.
Nuestra realidad en las aulas universitarias, es que pocos jóvenes utilizan libros de textos (donde nosotros los profesores tenemos parte de una gran culpa, siendo poco exigentes en este sentido, autoflagelándonos nosotros mismos y justificando que los estudiantes no los pueden adquirir por la difícil situación económica del país) por lo que muchas clases, buenas clases, pierden o se devalúan en su calidad,
¿Una posible solución? Ponerse de acuerdo, es posible que algunos de los estudiantes —por supuesto sobre la base de haberse ya constituido en una célula de estudio— tenga alguno que otro libro en casa de alguien (familia, amigo) o simplemente dirigirse a la biblioteca, tomar nota, fotocopiar aspectos relacionados con lo recibido en la clase y posteriormente analizarlo con el resto de los compañeros, antes de la evaluación o sin la necesidad de ser evaluado, suficiente sería que cada vez que se reúnan, todas las dudas queden evacuadas.
Esta problemática de la necesidad de trabajar en equipo posiblemente sea necesario analizarla cómo se cumple en la escuela, pero ya entre docentes, o en un centro de trabajo cualquiera, por ejemplo: en una oficina o en diferentes departamentos agrupados bajo una institución, donde la formación del personal (profesores, técnicos, especialistas) difícilmente será similar, unos tendrán conocimientos de la actividad que desarrollan, sin embargo la experiencia, las especificaciones (postgrados, maestrías) podrán obviamente diferir, luego difícilmente alguien podrá saber de todo.
w Cito dos anécdotas:
1- Se preparaba una exposición para presentarla a compañeros (as) de la institución, era la primera vez que salía a la palestra pública el resultado de determinadas investigaciones hechas para la incorporación de determinados temas a modo de pilotaje en determinados centros de estudio. El nerviosismo reinaba dentro de los miembros del equipo, no tan sólo en el campo de conocimientos de cada cual, sino también a la hora de utilizar ciertos medios didácticos —data show o “cañón”, la aplicación de alguno de los programas de informática, etc—. ¿Resultados? Reflexionar sobre determinadas fallas, ya que en ellas se evidenciaron varios factores. Uno: no se ensayó lo suficiente, no se tuvo en cuenta que lo que le faltase a uno, lo apoyaba otro de los integrantes; y dos, el enemigo número uno: hacer las cosas contra “el cacho” o simplemente “al suave”.
2- ¿Qué sucede en aquellas instituciones que se relacionan entre sí por un objetivo común, y no trabajan en equipos? (Ya aquí la respuesta es mucho más compleja, pero me atrevo a valorar algunos problemas). Uno: pérdida de tiempo y recursos económicos; dos: solapamiento de actividades cuya idea es dar una respuesta, pero que de manera conjunta podría brindar mejores resultados, y no aislados.
Recuerdo ahora, lo que decía nuestro poeta Rubén Darío “...unamos vigores dispersos...” Y esto hoy en día es necesario en nuestro país: por favor trabajemos en equipo.
* egonzav@uam.edu.ni 
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