Lástima por mi Bagdad de niño
Arturo Mcfields Yescas arturo.mcfields@laprensa.com.ni
Cuando era pequeño, Nancy, mi hermana mayor, me llevaba a la biblioteca del Mercado Iván Montenegro a leer los viejos tomos de literatura infantil que escasamente se encontraban en aquellos duros días de guerra y bloqueo.
Recuerdo que ella llegaba bien temprano y antes de contarles cuentos a los niños de las vivanderas, me obligaba a escuchar durante varios minutos su ensayo de la historia del día.
Tenía yo entonces como cuatro o cinco años, no me acuerdo bien, pero nunca se me olvida que una de esas historias que “marcó mi vida”, eran las sacadas de aquel viejo libro “Las Mil y Una Noche”.
La historia de Aladino y su lámpara maravillosa, es uno de esos clásicos que no se olvidan. Todos los que asistíamos los domingos a la biblioteca del Iván, queríamos ir a Bagdad y montar una de esas alfombras mágicas, ir a una de esas tiendas en las que nos encontraríamos con el destino maravilloso y fantástico que todos soñamos tener.
La semana pasada llovió fuego sobre la ciudad de mis encantos infantiles. Según dicen los que defienden la guerra, el pueblo iraquí está pagando el precio de la desobediencia de Saddam Hussein, quien desde que llegó al poder, hace 24 años, ha dicho que manejaría las cosas en Irak “a su manera”.
El 16 de julio de 1979 el presidente Hassan al-Bakr renunció y fue sustituido por su vicepresidente Saddam Hussein, el mismo que intentó llevar a Irak a un puesto de liderazgo forzoso sobre el mundo árabe.
Hussein rechazó los acuerdos de paz de Camp David firmados entre Israel, Egipto y Estados Unidos, y dejó que se deterioraran más sus relaciones con otros países de Medio Oriente.
Por si esto fuera poco, comenzó en septiembre de 1980 el ataque a posiciones iraníes, desatando una guerra feroz que duró ocho sangrientos años.
En 1984, tras 17 años de ruptura diplomática, se restablecieron los lazos oficiales con Estados Unidos. Sin embargo la luna de miel nunca existió del todo, pues a pesar de las declaraciones estadounidense de neutralidad en el conflicto iranio-iraquí, los hechos gritaban los contrario, cuando se destapó el escándalo “Irán-contras”.
Desde entonces Estados Unidos ha sido claro en su deseo de frenar, por todos los medios, a este gobierno impopular que ha hecho la vida imposible a los suyos y al resto de sus vecinos.
Me duele la guerra de Irak, a pesar de que la cadena de televisión CNN me ha convencido que Saddam es el “malo” y Estados Unidos el “bueno”.
Me embarga un gran dolor por la gente inocente de Irak, sus civiles, pues muchas cosas ya no serán iguales, por ejemplo, Bagdad la ciudad de mis primeros cuentos de infancia.
Ahora tengo 26 años y cuando pienso en Bagdad, pienso en los tristemente célebres bombarderos B-52 de la Fuerza Aérea estadounidense que dejaron caer, como gotas de lluvia de fuego, miles de toneladas de bombas sobre Bagdad, una ciudad que pase lo que pase, no volverá a ser la misma.
Según el reporte que leí, a la fecha han muerto muchos soldados británicos y estadounidenses, pero nadie ha contabilizado la cantidad de niños, mujeres y ancianos que probablemente se hayan refugiado en alguna mezquita para morir cerca de Dios. 
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