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LUNES 31 DE MARZO DEL 2003 / EDICION No. 23047 / ACTUALIZADA 12:20 am
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Editorial
El oficio más antiguo del mundo

El Consejo Superior de la Empresa Privada (Cosep) volvió por sus fueros al rechazar la nueva reforma tributaria que está promoviendo el Gobierno y que supuestamente estará aprobado a mediados del año en curso.

En efecto, según se informó en LA PRENSA del sábado 29 de marzo, el día anterior el presidente del Cosep, Anastasio Somarriba, rechazó la proyectada reforma tributaria porque “pretende aumentar los impuestos al sector privado y los consumidores, y no se preocupa por incentivar la producción”; y porque “la imposición de nuevos tributos podría llevar a una profundización de la recesión y el desempleo”.

Pero el presidente Enrique Bolaños está entrampado en este caso, porque la búsqueda de más impuestos es un compromiso que adquirió con la Asamblea Nacional para que le aceptara el veto al Presupuesto de este año (que tal como lo habían aprobado los diputados rompía los acuerdos con el Fondo Monetario Internacional), y para financiar algunos aumentos al gasto social que se decidieron sin tener recursos para financiarlos.

De manera que el Gobierno necesita recaudar más para financiar los aumentos de sueldos de empleados públicos y otros gastos sociales aprobados en el Presupuesto de este año, así como para mantener el déficit fiscal en el nivel aceptable para los organismos financieros internacionales. Pero al aumentar la carga fiscal que ya es la más alta de Centroamérica, se incrementarían los costos de producción y operativos, se desincentivaría la inversión nacional y extranjera, se aumentaría el desempleo, y en fin, se profundizaría la recesión, como lo advierte el Cosep.

Los miembros del gabinete económico del actual Gobierno y el mismo presidente Bolaños, que proviene de la empresa privada, saben muy bien que aumentar los impuestos ya establecidos y crear nuevos tributos es erróneo y perjudicial para la economía nacional, para la empresa privada y para la sociedad en general.

Pero en Nicaragua la política sigue distorsionando la economía y el Gobierno está prácticamente obligado a incrementar los impuestos, por culpa de una oposición y de unos aliados que son insensatamente populistas, mientras la mayoría liberal deja hacer y pasar sólo por el capricho de vengarse del Gobierno debido a la campaña de éste contra la corrupción.

Ahora bien, el defecto de cobrar siempre más y más impuestos no es exclusivo del actual gobierno ni es un vicio sólo nicaragüense. Es universal. Inclusive los historiadores todavía no se ponen de acuerdo acerca de cuál es el oficio más antiguo del mundo, la prostitución o la recaudación de impuestos.

Se conoce que al principio de la historia la gente no pagaba los impuestos en dinero. Por ejemplo, en China se cancelaban con té; los aborígenes del Amazonas, en lo que ahora es Brasil, los pagaban con cabezas humanas empequeñecidas; y en Grecia y Roma, los impuestos se podían pagar con servicio militar, una práctica que perduró en Europa hasta fines de la época feudal. Precisamente se considera que la tributación moderna se originó en la práctica de los ricos de dar dinero al rey o al señor, para no prestar el servicio militar.

Mas, de vez en cuando surgen gobernantes en distintos países del mundo que entienden bien el asunto, y en vez de poner más impuestos disminuyen o reducen los que ya existen, para alentar a la gente a invertir, a trabajar y a producir, con lo que se crea más riqueza y a la larga el Estado recauda más recursos para cumplir las funciones sociales que le corresponden.

Por ejemplo, ya hace un buen rato que no se habla de la dramática crisis del nuevo Estado ruso, que hace unos pocos años no tenía ni para pagar las mesadas de sus militares. Lo que ocurrió fue que el presidente Vladimir Putin hizo una drástica reforma tributaria y ahora nadie paga más del 13 por ciento de impuesto a las ganancias personales. De manera que los rusos están mejor dispuestos a pagar ese tributo y la recaudación estatal ha venido aumentando progresivamente.

Algo igual o parecido es la reforma tributaria que se necesita ahora en Nicaragua. Pero el presidente Enrique Bolaños tendría que arremangarse, fajarse los pantalones y enfrentarse a los nefastos líderes sindicalistas y diputados populistas.  
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