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DOMINGO 30 DE MARZO DEL 2003 / EDICION No. 23046 / ACTUALIZADA 12:30 am
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Otra vez contra la corriente

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Luis Sánchez Sancho
luis.sanchez@laprensa.com.ni

A juzgar por las informaciones que se transmiten y publican en los medios de comunicación de todas partes, el mundo entero está contra Estados Unidos y a favor del Irak de Saddam Hussein; o, si se quiere ver de otra manera, en defensa de la paz y contra la guerra.

Personalidades internacionales muy honorables y prestigiosas en sus respectivos campos de acción e influencia, defienden la paz y/o apoyan a Hussein, y como regla general están contra Estados Unidos. Y en Nicaragua, personalidades también muy prestigiosas, aparte de una gran cantidad de intelectuales, artistas, activistas religiosos y sociales, políticos y funcionarios públicos, repudian la guerra o respaldan a Irak y Saddam Hussein, y todos condenan a Estados Unidos.

Pero yo voy contra la corriente. Y creo que aunque la guerra—cualquier clase de guerra— es dolorosa e indeseable, Estados Unidos y sus aliados están haciendo lo correcto en Irak, e inclusive debieron haberlo hecho antes.

En realidad, ésta no es una guerra cualquiera. Con esta guerra se está dilucidando si los terroristas (activos o “en retiro”, militantes o instigadores, caras descubiertas o enmascarados) podrán dominar el mundo y el totalitarismo imponerse inclusive en países donde ya fue derrotado —como Nicaragua—, o si la humanidad podrá vivir duraderamente en libertad y democracia.

Por eso yo estoy contra la corriente. Otra vez. Contra la corriente me puse en 1979 cuando casi toda Nicaragua quería que triunfara el FSLN, pero yo no. Debido a eso el 26 de febrero de 1979 militantes y simpatizantes sandinistas quisieron lincharme en la Plaza Magdalena de Monimbó, Masaya, pues en nombre de UDEL y el FAO me pronuncié contra la guerra y dije que el pueblo no debía derramar su sangre por tan poca cosa, porque si los sandinistas tomaban el poder la situación del país sería peor, en vez de mejorar. (Por cierto que en aquella ocasión salvé la vida porque los amigos de la CPDH, cuyas oficinas locales estaban frente a la plaza mencionada, me rescataron y ayudaron a escapar).

También estuve contra la corriente cuando el 16 de julio 1979 me fui con el cardenal Obando, don Ismael Reyes, don Jaime Chamorro Cardenal, el ingeniero Enrique Pereira, Rogerio Montenegro (que representaba al doctor Ramiro Sacasa Guerrero), el doctor Rafael Córdoba Rivas y otros, para ver si era posible lograr con el sandinismo un acuerdo para establecer un gobierno amplio de transición democrática. Pero al huir Somoza, en la madrugada del 17 de julio, nos llamó el presidente Luis Herrera para decirnos que allí no había nada más que hacer.

Seguí contra la corriente al día siguiente, el 18 de julio de 1979, estando en San José de Costa Rica —donde los que regresábamos de Caracas nos quedamos un par de días, salvo el cardenal Obando, porque era imposible entrar a Nicaragua—, y a pesar del ambiente de euforia por la caída del somocismo que había allí, declaré a los medios de comunicación josefinos que según mi opinión el pueblo nicaragüense se iba a arrepentir de no haber apoyado una alternativa democrática, en vez del establecimiento de una dictadura revolucionaria radical.

Continué contra la corriente el 12 de agosto de 1979, cuando un poderoso comandante de la revolución me hizo comparecer ante él, a un cuartel que había improvisado en una residencia de Bolonia, en Managua, para advertirme que debía disolver al Partido Socialista —del que yo era secretario general— o de lo contrario ellos lo disolverían “a v...”; y me anunció además, desbordante de triunfalismo, que la revolución sería expandida por toda Centroamérica, y más allá (en Caracas había encontrado a un funcionario soviético que antes coordinaba las relaciones con el Partido Socialista, quien me dijo que la revolución nicaragüense era irreversible porque la impulsaba un eje integrado por: La Habana-Berlín-Moscú, y que sería expandida internacionalmente).

Pero seguí contra la corriente inclusive cuando, entre el 20 y 22 de septiembre de 1979, el FSLN hizo la famosa “encerrona de las 72 horas”, en la que delineó la estrategia del poder popular y determinó que había que “eliminar a todos aquellos dirigentes que se opusieran al proyecto revolucionario, y si fuese necesario, llegar hasta la eliminación física. De esto no se excluye al Partido Socialista, facción Chagüite”.

Y estuve contra la corriente aún cuando, para sobrevivir, tuve que someterme al régimen sandinista —pero sin disolver al partido como quería el comandante de la revolución—, animado por el antiguo proverbio español de que a veces hay que agacharse para volver a caminar erguido.

Seguí contra la corriente a pesar de que en octubre de 1979 alguien (q.e.p.d.) de dentro de los cuerpos de seguridad sandinistas, nos advirtió al doctor Gustavo Tablada y a mí que se iban a falsificar documentos para “demostrar” que habíamos sido agentes del somocismo y mandarnos a la cárcel por treinta años. Y sólo gracias a la intercesión de un amigo común, de nosotros y los sandinistas, fue que no se cometió semejante barbaridad (a Domingo Vargas Morales, a pesar de que era presidente del Partido Socialista pro sandinista, lo acusaron de eso mismo y sólo lo sacaron de la cárcel cuando ya iba a morir).

Y me fui contra la corriente en diciembre de 1989, cuando a raíz de la invasión de Estados Unidos a Panamá y del derrocamiento del narco-dictador Manuel Antonio Noriega, se agravaron aquí las presiones y represiones contra la oposición democrática, porque los sandinistas temían que los yanquis invadieran después a Nicaragua (lo que yo deseaba que ocurriera).

No hubo invasión, pero de no haber sido por la ayuda de Estados Unidos —a la Contra y a la oposición cívica interna— no se hubiera podido derrotar a la dictadura sandinista que era respaldada “con todos los fierros” por la URSS y los demás países comunistas, así como por los Hussein, Gadafi, Arafat, etc.

Inclusive ya bajo el gobierno democrático estuve contra la corriente, al lado de lo quedaba de la Unión Nacional Opositora (UNO) después de los sobornos —“cañonazos”— del cogobierno. Y por eso el 20 de agosto de 1993 comandos sandinistas me secuestraron junto a los demás miembros del Consejo Político de la UNO, para obligarnos a abandonar la demanda de la nueva constitución democrática que se prometió en el Programa de Gobierno con el que ganamos las elecciones del 25 de febrero de 1990.

Y aunque ahora haya una avalancha “pacifista” contra Estados Unidos, vuelvo a ponerme contra la corriente, pues ¿cómo después de todo lo que ha pasado en Nicaragua podría yo ir a marchar detrás de Tomás Borge —o sólo coincidir con él en una causa política antiyaqui— contra la Embajada de Estados Unidos en Managua? Mi deber moral es hacer lo contrario, o sea, simpatizar al menos con Estados Unidos en este trance histórico, pues, aunque sea con el recurso extremo, doloroso e indeseable de la guerra, están golpeando mortalmente los nidos del terrorismo internacional y salvando la posibilidad de que la humanidad pueda vivir en libertad en todo el mundo, ahora y después.

Creo firmemente, además, que quienes apoyan a Irak o luchan por la paz como ellos la entienden, es decir, dejando a Saddan Hussein que siga haciendo lo que quiera, tienen todo el derecho de sentirlo, decirlo y manifestarlo. Pero quisiera que respeten igual mi derecho a simpatizar con Estados Unidos aún en la acción bélica contra el terrorismo, ahora en Irak y después en las que siguen.  
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