Latinoamerica calla ante oportunismo de Fidel Castro
Marcela Sánchez
washingtonpost.com
Mientras los ojos del mundo están puestos en Irak, el líder cubano Fidel Castro arrestó la semana pasada a docenas de disidentes en la isla por conspirar con el enemigo “imperialista” del norte contra la revolución cubana.
La ola de arrestos, la ofensiva más severa de ese tipo en más de seis años, pareció ser un intento directo por aplastar el reciente progreso de la oposición cubana en su reto a la autoridad de La Habana. También fue la forma elegida por Castro para burlarse de la reciente estrategia de reforzar la labor disidente proporcionándoles radios, computadoras o fotocopiadoras.
Este último intento de Castro de hacer de las suyas se presenta como una oportunidad ideal para una reacción latinoamericana, apenas una semana después de que el fracaso diplomático sobre Irak dejara a muchos gobiernos en la región frustrados e inquietos acerca del futuro de la cooperación hemisférica. Cuando en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, México y Chile no apoyaron a Estados Unidos en su decisión de iniciar de inmediato una acción militar contra Irak, muchos temieron y continúan temiendo una reacción estadounidense.
Una fuerte condena a los arrestos en Cuba por parte de un frente unificado podría ayudar a contestar a quienes creen que Latinoamérica perdió relevancia en el mundo la semana pasada. También ayudaría a reivindicar una acción multilateral hacia Cuba, un país donde la acción unilateral estadounidense ha mostrado, durante cuatro décadas, ser en gran medida ineficaz cuando no contraproducente.
Hasta ahora, sin embargo, Latinoamérica ha guardado silencio. Funcionarios de Brasil, México y Chile dijeron en entrevistas, esta semana, que Cuba, sencillamente, no figura entre sus prioridades. Ese ha sido el caso por años.
Geográfica y políticamente la isla está de hecho más cerca para Estados Unidos que para la mayoría de países latinoamericanos. Y debido a la persistente desconfianza por la intromisión de Washington en la región, muchos gobiernos particularmente débiles rechazan la intervención en los asuntos de otros países.
Existe un tercer factor quizás más profundo que ha disuadido a Latinoamérica de hacer más por Cuba en el pasado, y podría hacerlo también esta vez. Se trata de la noción de que en el antagonismo de décadas entre Estados Unidos y Cuba, se espera que todos se alineen o con Estados Unidos y su poderío económico y militar, o con Cuba y su inconforme pero ideológicamente influyente líder. Enfrentados a escoger entre la cólera caribeña o la nórdica, la mayoría ha optado por hacerse a un lado.
En la Organización de Estados Americanos, por ejemplo, Cuba ha sido un tema tabú por años. Washington ha puesto su empeño en bloquear cualquier debate sobre Cuba, con el temor de que dicha discusión pueda suscitar críticas al embargo económico estadounidense de 40 años a la isla. En los 90, cuando el secretario general de la OEA César Gaviria se atrevió a sugerir que los miembros de la organización empezaran una discusión “desapasionada” acerca de la reintegración de Cuba en las Américas, a puerta cerrada funcionarios estadounidenses dejaron clara su ira.
Castro, por su parte, ha sido igualmente tozudo. Ha buscado avergonzar a cualquier gobierno latinoamericano que ose criticarlo especialmente por violaciones a los Derechos Humanos. Los ha acusado de “lamer la bota de los yanquis” o peor, e incluso hizo públicas conversaciones telefónicas privadas con el presidente Vicente Fox, en un intento para desacreditarlo.
En ese ambiente la renuencia latinoamericana a actuar es comprensible. Pero hoy ya no debiera ser aceptable. Si en efecto el orden internacional cambió dramáticamente cuando las bombas empezaron a caer en Bagdad la semana pasada, Latinoamérica corre el riesgo de quedar aún más marginada si se queda con los brazos cruzados esperando las consecuencias.
Latinoamérica sí ha mostrado iniciativa en un asunto relacionado con Cuba. Por primera vez el año pasado la resolución anual en la Comisión de Derechos Humanos de Naciones Unidas que condena los abusos de esos derechos en la isla, fue presentada por un país de la región, Uruguay, y apoyada por casi todos los países latinoamericanos miembros.
Durante las próximas semanas el asunto surgirá nuevamente en la comisión, y los gobiernos latinoamericanos tendrán mayores motivos para apoyar la resolución en vista de la ofensiva de Castro la semana pasada. Menos previsible y más indicativo de la madurez latinoamericana será otro voto programado para la reelección de Cuba a la Comisión.
La Administración Bush está convencida de que el país de Castro no tiene por qué ser miembro. Pero líderes latinoamericanos están también convencidos de que expulsar a Cuba sólo la aislará aún más y eliminará un espacio para un acercamiento constructivo. Antes del voto, los miembros latinoamericanos podrían elevar sus demandas y asegurar que ese voto produzca un gesto de buena voluntad de parte de Castro, como la liberación de los detenidos.
En juego está —más que el futuro de los disidentes cubanos— dentro y fuera de las cárceles. Si Latinoamérica ayuda a asegurar su liberación e independencia habrá dado un importante paso en nombre de su propia relevancia y la de valores y acciones comunes en la región. 
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