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DOMINGO 30 DE MARZO DEL 2003 / EDICION No. 23046 / ACTUALIZADA 12:30 am
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¿Cómo deshacernos del pecado?

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.Dios nos ha llamado al arrepentimiento, a que enmendemos nuestras vidas para amarle y para amar a nuestro prójimo
.Para poder apreciar el amor de Dios por nosotros, tenemos que familiarizarnos con la pasión, agonía y muerte de Nuestro Señor Jesucristo, nuestro Rey

El pecado nos separa de Dios. Debemos arrepentirnos y sentir dolor por haberle ofendido, recordemos que Él nos escucha a través del sacerdote.

 

theworkofgod

Dos hombres vinieron al templo, uno se estaba justificando a sí mismo diciendo: “Señor gracias por haberme hecho un hombre bueno, yo pago mis contribuciones a la Iglesia, doy limosnas, estudio la ley de los profetas, soy realmente bueno, pero ese hombre que está allí en aquella esquina es un publicano, verdaderamente un pecador, estoy muy contento de que no soy como él”. Mientras tanto el otro hombre estaba dándose golpes de pecho y diciendo “¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!”

Jesús aseguró que el segundo hombre se fue a casa justificado de sus pecados porque aceptó que era pecador. De la misma manera en otra ocasión alguien llamó al Señor bueno, pero el Señor le contradijo diciéndole que tan sólo hay uno quien es bueno, el Padre en el Cielo. Por esto, nosotros no somos buenos. Mientras más pensemos que lo somos, menos buenos seremos porque estamos permitiendo que el orgullo nos domine.

Tenemos que entender que la única razón por la cual Cristo murió por nosotros es porque su bondad compensa por nuestra maldad. Hemos ofendido a Dios empezando por Adán hasta el último hombre, y la ofensa es de valor infinito porque ha sido hecha no en contra de algo o alguien finito sino en contra de Dios quien es poderoso e infinito en todas sus perfecciones. Por esta razón nuestra ofensa tenía que ser pagada con moneda de valor infinito la cual es Cristo Nuestro Señor.

Tenemos una deuda infinita con Él, si es que aspiramos a vivir eternamente. ¿Cómo podemos pagarle? Dios sabe que somos hechos y Él solamente espera que creamos en Él, que creamos en Su Hijo y que aceptemos Su Salvación. Él nos ha llamado al arrepentimiento, a que enmendemos nuestras vidas para amarle y para amar a nuestro prójimo.

El hombre justo peca siete veces al día [Proverbios 24:16], así que tenemos de veras que pecar aún más veces que “él”. Debemos aceptar que somos pecadores y tenemos que derramar lágrimas de arrepentimiento por nuestros pecados.

Para poder apreciar el amor de Dios por nosotros, tenemos que familiarizarnos con la pasión, agonía y muerte de Nuestro Señor Jesucristo, nuestro Rey. De esta manera le conoceremos más y este conocimiento crecerá hasta convertirse en un gran amor de Dios. De la misma manera entenderemos el papel de la Virgen María en nuestra Salvación, puesto que es a través de María que Jesús vino al mundo y nosotros tenemos que convencernos de la deuda que tenemos con Ella quien es nuestra Madre y Reina.

Lo primero y más importante que hay que entender y recordar siempre es que ¡Dios te ama! “Pero Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros”. Romanos 5:8. La Biblia nos dice que todos somos pecadores y todos hemos pecado “... No hay justo, ni aún uno”. Romanos 3:10.

Dios es infinitamente misericordioso [Salmo 103], pero nosotros tenemos que venir al Trono de la Misericordia para obtener perdón por nuestros pecados, tenemos verdaderamente que tener dolor de haber crucificado a Jesús en la cruz y tenemos que venir a Él con humildad porque sin Él no hay salvación.

Él ha fijado su Trono de Misericordia en el confesionario, donde Él nos escucha a través del Sacerdote para que nosotros nos podamos humillar y al confesar los pecados a otro hombre estamos dando testimonio de que Jesús es nuestro Salvador, de que Él está aún vivo a través de los Sacramentos de su Iglesia. “Yo estaré con ustedes hasta el final de los tiempos” [Mateo 28:20].

El Sacramento de la Reconciliación produce el fruto de la paz en nuestras almas y nos prepara para ser dignos de recibir el Precioso Cuerpo y la Sangre de Jesús en el Sacramento de la Sagrada Eucaristía.


LA LUZ DE DIOS

El alma es el espejo de la luz de Dios, Él mira al alma nuestra como cualquiera de nosotros se mira en un espejo. Cuando pecamos enmugramos la superficie de nuestras almas y no podemos reflejar más la luz de Dios. El alma es herida por el pecado y se vuelve como un leproso, tan sólo la sanación que viene del perdón de Dios le puede restaurar.

El pecado nos separa de Dios, al igual que una pared separa un lado de otro. Nuestros pecados crean una pared tan inmensa que no nos permite llegar a Dios [Isaías 59:2], y puesto que es hecha por nosotros mismos, Dios espera hasta que la derribemos con nuestro arrepentimiento.

Nuestros pecados son oscuridad, Dios es Luz. Nosotros podemos pensar de alguien en un cuarto cerrado, con todas las ventanas y puertas cerradas, sin ninguna grieta que permita que entre la luz, en otras palabras sin ninguna luz. Así es que nosotros vivimos cuando estamos en pecado. La luz de la Gracia de Dios no puede penetrar el mundo de oscuridad que nuestros pecados han creado. Es entonces cuando tenemos que abrir personalmente las ventanas de nuestras almas con el arrepentimiento y el dolor de haber ofendido a Dios para que su luz pueda brillar de nuevo sobre nosotros trayéndonos paz, amor y gozo.

El pecado es algo muy detestable y horrible, en contraste Dios es muy amable y hermoso así que Él no puede soportar la vista del pecado, Él es perfecto y no puede tolerar las imperfecciones, Dios es Amor y no puede aceptar el odio.

Todo lo opuesto de lo bueno nos impiden tener una relación perfecta con Dios, así que tenemos por eso que destruir el pecado completamente en nuestras vidas para poder vivir para Dios.  
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