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DOMINGO 30 DE MARZO DEL 2003 / EDICION No. 23046 / ACTUALIZADA 12:30 am
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Religiosa de origen belga
Lucie Morren, monja, revolucionaria y feminista

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.Gracias a Lucie Morren, a su terquedad y a su vocación de servicio a favor de las mujeres pobres de Nicaragua, es que en nuestro país se popularizó el consumo del frijol de soya, una mágica leguminosa con riquísimas propiedades nutritivas, y se puede consumir como sopa, leche, queso, chorizo y hasta postre

La monja belga Lucie Morren en el plantel de “Soynica” donde se procesa la soya.

 

Eduardo Marenco Tercero
eduardo.marenco@laprensa.com.ni

Lucie Morren nació el 11 de febrero de 1935, en “Park Heverlee, Leuven”, Bélgica, un país cuatro veces más pequeño que Nicaragua, ubicado entre Francia y Alemania, con un clima fresco y más benigno que la caldera en que le toca vivir aquí. Es de origen flamenco, un grupo étnico que habla un dialecto parecido al holandés, pues alguna vez fue dominado por Holanda, país fronterizo al norte de Bélgica.

Tiene una voz suave y baja, que no se corresponde con su carácter tenaz y terco. Es pequeña, de ojos azules y cabello rubio, corto y desaliñado.

Siendo ya una monja comprometida con la causa revolucionaria, el cuatro de noviembre de 1979, en plena euforia por la caída de la dictadura somocista, llegó a Nicaragua procedente de México, al menos por unos meses, con el sueño loco de popularizar el consumo del frijol de soya. Los meses se volvieron 22 años.

Cuando era una niña de cinco años de edad, estalló la II Guerra Mundial y le tocó ser testigo de uno de los episodios más tristes de la historia de la humanidad.


¿Qué le tocó vivir en la II Guerra Mundial?

El horror del bombardeo en la ciudad donde yo vivía, Lovaina, que fue bombardeada bastante para asegurar la entrada y la marcha a pie de las tropas alemanas —en su conquista de Europa—, mientras las tropas belgas estaban sin control pues ya no tenían mando.

Tiraron muchas bombas incendiarias. Como mis dos padres eran sobrevivientes de la I Guerra Mundial, ésta vivía en sus recuerdos. Huimos con otros familiares hacia Francia, viajamos a pie y en camio. Mi papá era muy patriótico, él se quedó en la guerra a pesar de que ya no estaba en las tropas activas. No quiso huir con nosotros y nos envió con otros familiares. Pero el mando del Ejército belga estaba en Inglaterra, donde montaron la resistencia, entonces las tropas belgas no sabían qué hacer.


¿Su papá fue capturado y hecho prisionero?

No. Como no había posibilidad de organizar más gente, sin mando, él se juntó con nosotros antes de llegar a la frontera con Francia y fuimos al lugar donde mi mamá vivió cinco años durante la I Guerra Mundial. Mis padres sobrevivieron a la II Guerra Mundial.


¿Tuvo usted entonces una niñez infeliz?

No, vivimos la guerra como niños. Dentro de los horrores, hay un momento alegre para los niños, porque no se entiende la gravedad de lo que ocurre. Nosotros muchas veces tuvimos miedo, transferido por nuestra mamá que nos agarraba, nos prensaba. Mi mamá siempre caminaba una valijita cuando nos tocaba correr por los campos para quedarnos en las trincheras o en el monte, huyendo; llevaba en aquella valijita, sus papeles de matrimonio, nuestras actas de nacimiento, no llevaba dinero, y tenía un frasquito de “Chartreuse”, un licor francés de color verde, producido por los frailes benedictinos, entonces cuando teníamos mucho miedo nos daba una gota de eso, claro, era dulce, sabrosísimo, entonces a cada momento le decía: “Mamá, tengo mucho miedo”, para que me diera del licor. Mi papá fue muy valiente, él nunca tenía miedo, sólo mi mamá, según recuerdo.


¿Y jugaban de alguna manera?

Sí jugábamos, cuando llegaron las plagas a los sembríos de papa, uno de nuestros principales alimentos, nos mandaron a los campos y había un premio para los niños que recogían la mayor cantidad de insectos. Cuando los alemanes se fueron retirando hacia Alemania, en noviembre de 1944, pasaron por la ciudad que fue bombardeada con los primeros misiles que se usó en la historia, las bombas V1 y las V2. Teníamos veinticuatro horas de angustia por los bombardeos, una vez que los aviones estaban sobre nuestra cabezas, uno se decía “Ahhh... el bombardeo hoy no es para nosotros”. No es solidaridad con los otros que van a morir, sino es alivio de no morir. A veces bombardeaban por horas un objetivo y no daban con el mismo, entonces regresaban a bombardear. Primero fue el bombardeo de los alemanes, luego fue el bombardeo de las tropas aliadas.


¿Sufrió hambre en la guerra?

Mi familia no sufrió hambre, comíamos carne una vez a la semana, los domingos, mi papá siempre tenía cerdos en la clandestinidad, porque no los podíamos tener; si los alemanes lo descubrían, se tenía que pagar multa y entregar el animal. Nosotros teníamos que trabajar para mantener la guerra. Hay gente que sufrió hambre, mi familia no. Después de la guerra sí fue bien duro, nosotros teníamos un molino de granos, entonces siempre teníamos granos para hacer pan. Mi papá trabajó de noche y los fines de semana para moler lo que no se registraba ante los alemanes.


¿Cómo recuerda el momento en que terminó la guerra?

Fue el ocho de mayo de 1945, todo el día pasamos en la calle, bailando, cantando, gritando, cambiándonos de un lugar a otro, era un gran júbilo. Lo más importante era ser liberado de la angustia, porque los tiempos después de la guerra fueron durísimos, porque no manejábamos dinero ya que se recolectó todo el dinero para quitárselo a los que se habían enriquecido con el dolor de todos, durante la guerra.


LA ILUSIÓN DE SER MISIONERA

Al finalizar la guerra, estudió para ser regente de la economía del hogar, porque su padre esperaba que fuese una buena ama de casa, sin imaginar que sería una feminista que ayudaría a las mujeres de un país pobre del Tercer Mundo, a alimentar mejor a sus niños con los productos derivados del frijol de soya.

En noviembre de 1959, ingresó al convento de la Congregación Misionera del Inmaculado Corazón de María, ilusionada por las historias sobre las misiones religiosas en países como la India y Brasil. Luego leyó una obra sobre América Latina de Francois Houtart, un sociólogo de izquierda, que la motivó a ser misionera en América Latina, donde no existía misiones de su congregación. Fue destinada a Los Ángeles, Estados Unidos, y cuando se abrió una misión en Guatemala se fue para allá gracias a su terquedad, en 1969.

Comenzó a trabajar en Escuintla, Guatemala, y durante las tres primeras semanas dice que no comió del susto por la impresionante pobreza que observó en aquel pueblo guatemalteco. En 1976, sería expulsada del país.


¿En Guatemala usted trabajó con la guerrilla?

No, nunca directamente. Hice cosas, sí.


¿Qué “cosas” hizo?

¿Eso lo va a escribir? ¡Ideay! ¿Y si Bolaños me “agarra”?

...No, no trabajé con la guerrilla. Trabajé en la pastoral con el método de Pablo Freire, para la toma de conciencia, los primeros que la tomamos fuimos nosotros y no la gente. Fuimos víctimas de nuestro mismo método. Empezamos a comprometernos con la gente.


¿Usted estaba comprometida con la causa revolucionaria?

Sí, claro, con la liberación de la opresión y la dictadura, de tener que trabajar para nada; entonces preparábamos a los campesinos para que lucharan por sus derechos, con el riesgo de que quedaran sin trabajo o que los mataran. En 1976, cuando ocurre el terremoto de Guatemala, todavía pensábamos que la estrategia de juntar a la población indígena con la ladina en una liberación, era posible, y cuando se le mira en la distancia, uno se da cuenta que no era posible.


¿Ustedes pensaban que era factible hacer una revolución en Guatemala?

Claro. Los años setenta fue la era de las revoluciones.


¿Y en su orden religiosa no le ponían reparos a su actuación?

En las congregaciones como los jesuitas, gente muy preparada, siempre hay de los dos campos, de la derecha y de la izquierda. Pero nosotros hemos sufrido mucho dentro de nuestra congregación, porque el enemigo está adentro. El que no está de acuerdo con tu compromiso, con tu actuar, está dispuesto a traicionarte y decir al Ejército dónde estás para que te maten; entonces el enemigo puede ser uno de tu propia congregación. Yo aguanté y luché, adentro y afuera, algunas personas fueron sacadas (de sus congregaciones) y no sé por qué no me sacaron a mí.


¿Nunca tomó un fusil?

Jamás.


¿Tiene usted un carácter explosivo dicen?

Sí, se puede decir eso, como un volcán.


¿Se enoja mucho?

Tengo mucha paciencia con gente sencilla, pero si es un profesional a quien se le dice algo diez veces, ya a la undécima vez no tengo la paciencia.


¿Es terca también?

Dicen todas que soy terca y es por eso que sobrevivió el proyecto de Soya en Nicaragua. Perseverancia digo yo de no abandonar algo que se empieza y de no claudicar rápidamente.


¿Sigue siendo rebelde?

No sé con quién.


¿Revolucionaria?

Sí, eso sí.


¿Feminista?

Podría decirse, una feminista que no milita.


LA EXPULSION DE GUATEMALA

Era monja catequista y preparaba a los adultos con las nociones de la teología de la liberación. A las campesinas se les hacía conciencia así, recuerda: “Si tu marido sólo gana cinco quetzales, no es la culpa de Dios, sino del patrón que no quiere pagar”. La idea era que conocieran el porqué de las cosas.

Un finquero que conoció ese catecismo se quejó ante el Arzbobispo, ante el Nuncio Apostólico y ante el Presidente de la República, K. E. Laugerud García (1974-1978). La culpable resultó ser la monja Lucie Morren, quien entonces fue buscada bajo cielo y tierra, para ser expulsada del país. Fue protegida por guerrilleros durante un tiempo hasta que salió del país. Intentó volver, meses después, pero vio que era imposible.

De modo que en 1976 salió de Guatemala, acusada por el Gobierno guatemalteco de los supuestos delitos de “tráfico de armas”, “propaganda”, y otro delito que ya no recuerda. “Yo nunca he tocado un arma”, explica.

También fue perseguida por trabajar con los pobres de las zonas suburbanas de México D.F., y luego se dirigió a Chiapas, a enseñarles el evangelio a los refugiados guatemaltecos.

Viajó a Nicaragua, en noviembre de 1979, donde el sueño de la soya la hizo que se quedara para siempre.  
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