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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 22 DE MARZO DE 2002
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El cura pelirrojo

Foto  

Antonio Vivaldi.

 

Joaquín Absalón Pastora

El Cura Pelirrojo Antonio Vivaldi (1680-1743) es el pintor musical de Venecia. Oyéndolo uno se traslada a la plaza de San Marcos, siente la ondulación de las campanas de Catedral, otea sus nubes y se sumerge en la profusión acuosa.

Por donde se oiga y se vea aparece el panorama planteado de su natalidad embebida de racimos, de frondosas cataratas y de nubes en la conexión mágica de las corrientes nerviosas de abajo y del celaje vigilando desde arriba como si tuviera ojos para espiar. De esa concordancia sacó melodías Vivaldi.

Las cuatro estaciones es el modelo más representativo y glorificado. Las gotas caen en invierno, la coloratura se esparce en primavera, otoño discierne lento en los largos adecuados y reflexivos y el verano pone al sol a cantar en compañía del violinista a quien enseña como “Maestro de capilla del Duque Felipe de Hesse”. Es en estos cuadros independientes en su destino anímico donde la música se revela más pictórica que nunca en una época llena de prolíficos donde producir setecientas obras era una dosis de rutina.

Cuando las prende la maravilla sonora de la modernidad, los oídos se tupen de alas para volar sobre los mares.

Cuando iba a imaginar Vivaldi antes de ser devorado por la frialdad de la fosa común que Aquiles Claudio Debussy, el mejor de Francia en cinco siglos según Pierre Boulez, iba a retomarlo con la proclama de su género descriptivo, y cuando tampoco que iba a ser tan admirado en el siglo veintiuno.

Su misticismo lo acercaba a Dios cada vez que componía. Anécdotas le sobran a pesar de poseerse en esa línea escasos detalles biográficos. Llegó al extremo angelical de ver a Jesús serenateando en la hostia que alzaba del copón (el Cuerpo de Cristo) y corrió a la soledad más cercana para esculpir en signos la melodía que había oído dejando solos a los fieles. De ahí, salió “El Gloria in excelsis Dei” una de sus misas. Así nació esta obra poco presentada, objeto de la reprimenda obispal.

No olvidar tampoco otra circunstancia considerada lesiva para su sacerdocio.

Como sólo tenía a mujeres como alumnas en su escuela de canto, se vinculó amorosamente con una de ellas, mezzosoprano. Prefirió que lo castraran para no verse envuelto en otro escandaloso episodio.

Sobrevino el éxtasis creador, los cambios de humor y una visión profunda de la serenidad y de la entrega a las arias que en el caso suyo eran conciertos para la voz.

Deben destacarse su “Concerto Grosso” parangonados con los de Brandeburgo, de Bach, admirador de este italiano cuya originalidad lo llevó a los espectaculares juegos con las octavas y a componer para conjuntos de formación como su concierto para cuatro violines y orquesta y el no menos complicado y maravilloso “para cuatro pianos y orquesta”. Vivaldi tradujo a Venecia en Música.  
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El cura pelirrojo