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JUEVES 20 DE MARZO DEL 2003 / EDICION No. 23036 / ACTUALIZADA 03:00 am
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Cada oveja con su pareja

Es lógico que el comandante de la revolución sandinista, Daniel Ortega Saavedra, exprese “las más firmes muestras de solidaridad” de su partido FSLN a Saddam Hussein. Ellos —Ortega y Hussein— son viejos camaradas, comparten los mismos principios y ambos “combaten contra el yanqui, enemigo de la humanidad”.

En los años 80 el régimen de los sandinistas fue apoyado por Saddam Hussein, que también asaltó el poder en 1979. Y es entendible que ahora, cuando el régimen de Irak está a punto de ser derrocado por la acción militar de Estados Unidos y sus aliados, Ortega defienda a su camarada Hussein.

Pero Daniel Ortega no tiene derecho de arrogarse la representación del pueblo de Nicaragua para respaldar a Hussein, como lo hizo en la carta que según información publicada ayer por LA PRENSA le envió desde Cuba (¿!) al tirano de Bagdag.

Por el contrario, así como los sandinistas y personas de izquierda tienen derecho de apoyar a Hussein y repudiar a Estados Unidos, también los nicaragüenses democráticos, que no son sandinistas ni izquierdistas, tienen muchas razones para respaldar la acción militar estadounidense contra el régimen genocida y terrorista iraquí.

La verdad es que si no hubiera sido por el apoyo de Estados Unidos a la lucha armada y cívica del pueblo nicaragüense en los años 80, a estas alturas Nicaragua todavía estaría sufriendo bajo el yugo del totalitarismo sandinista.

Por otro lado, no cabe duda que Estados Unidos tiene razón, y obligación, en hacer uso del derecho a la legítima defensa que está consagrado en la Carta de las Naciones Unidas (artículo 51), ante la guerra de agresión que le declaró el terrorismo internacional el 11 de septiembre del 2001, y frente a la amenaza de los terroristas —que son apoyados y financiados por Irak— de extender su agresión a todas partes del planeta.

Aquí, en Nicaragua, los diputados sandinistas han invocado el artículo 3 de la Constitución —que es una declaración de principios constitucionales sin carácter normativo, pero que obliga moralmente a la nación y al gobierno—, para justificar su condena a la acción militar de Estados Unidos en Irak y para respaldar a Saddam Hussein.

El artículo 3 de la Constitución dice que: “La lucha por la paz y por el establecimiento de un orden internacional justo, son compromisos irrenunciables de la nación nicaragüense. Por ello nos oponemos a todas las formas de dominación y explotación colonialista e imperialista y somos solidarios con todos los pueblos que luchan contra la opresión y la discriminación”.

Pero a ese principio constitucional se le puede dar una interpretación totalmente opuesta a la que hacen los sandinistas. Es decir, que en este caso el artículo 3 de la Constitución manda a apoyar la acción militar para derrocar la dictadura genocida y terrorista de Irak, y a solidarizarse con el pueblo iraquí esclavizado desde 1979 por Hussein.

En realidad, la supervivencia del régimen de Hussein es una grave amenaza a la paz mundial y a los esfuerzos para establecer un orden internacional justo. Hussein oprime a su propio pueblo y mantiene a la nación kurda bajo la dominación colonialista. Y además, Hussein forma parte de la conspiración terrorista internacional que pretende imponer un nuevo imperialismo totalitario en el mundo.

El mismo Hussein hizo fracasar los recursos diplomáticos en el Consejo de Seguridad de la ONU para el desarme de Irak y convertirlo en un estado pacífico e inofensivo. Hussein no ha dejado más alternativa que la guerra —la que nadie desea pero el tirano iraquí hizo inevitable- para extirparlo de Irak igual que se hizo con el régimen terrorista del Talibán, en Afganistán. De no hacerse así, las naciones libres del mundo seguirían sufriendo las agresiones criminales de los terroristas ensoberbecidos, que no tienen consideraciones para nadie y el único lenguaje que entienden es el de la fuerza.

El sacrificio de los soldados estadounidenses y británicos en el siguiente golpe demoledor contra el terrorismo internacional y la erradicación del régimen de Saddam Hussein, lo agradecerán mañana incluso quienes ahora, por cobardía, por ingenuidad, por intereses económicos o cálculos geopolíticos, le han hecho el juego a Hussein como antes se lo hicieron al fascismo y al comunismo.  
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