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LUNES 17 DE MARZO DEL 2003 / EDICION No. 23033 / ACTUALIZADA 02:30 am
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Ley de igualdad de oportunidades

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Silviano Matamoros Lacayo

Ley de Igualdad de Oportunidades se llama el proyecto de ley que en mala hora personas de pensamiento y cultura retorcida y sofisticada enviaron a la Asamblea Nacional.

Nunca he visto tantas trivialidades y disparates juntos en una ley que se inmiscuya tanto con la empresa privada, la familia y la conciencia del nicaragüense.

Pretender imponer e igualar por ley el estatus cultural, social, sexual y de género de la mujer en relación con el hombre, fomentando intencionalmente el libertinaje y la manipulación de la conciencia, es ignorar que toda persona se iguala, supera, evoluciona y se desarrolla por méritos personales, esfuerzo, valores y principios propios y no como producto de una ley compulsiva y rebuscada.

El sexo no es factor legal ni cultural que justifique otorgar privilegios a la mujer o al hombre, que ante el Estado son ciudadanos con iguales derechos y deberes. Esto es constitucionalmente comprobado y culturalmente practicado. Entonces una Ley de Igualdad de Oportunidades, ¿para qué?

En la mujer como en el hombre, sus dotes personales, su capacidad, sus méritos y su esfuerzo, determinan los privilegios sobre los demás para ser preferidas en todas las actividades sociales, cívicas, culturales y empresariales. En el Estado y la empresa privada a nadie se le impide escalar una posición por su condición de mujer.

La legislación vigente es suficientemente igualitaria para ambos sexos. La superación del hombre y de la mujer se lograr facilitando el Estado al ciudadano el acceso a los medios educativos, cultivando y practicando en la familia el amor al trabajo, al esfuerzo y a la disciplina del estudio, cualidades que capacitarán a los ciudadanos varones y mujeres de atributos que los califiquen bien en el mercado del trabajo. No se logra la superación de la mujer por una ley, como un privilegio regalado o impuesto que coloca la hombre como un ciudadano desigual ante el Estado, sometido al imperio y la voluntad del sexo femenino, instrumentando al Estado y a las empresas privadas para ser garantes de sus intereses de género y desigualdad.

Hay que adecuar el presupuesto educativo para que el mayor número de personas en edad escolar, hombres y mujeres, tengan acceso a la educación, esta decisión debe ser tomada en la Asamblea Nacional de una forma responsable, desprendida de pretexto políticos, partidarios, o temores de autonomías mal entendidas, que pretendan salvaguardar intereses académicos por encima del interés nacional y la voluntad popular expresada en la Asamblea.

Los problemas de desarrollo humano del hombre y la mujer están íntimamente ligados al círculo vicioso de las limitaciones que imponen la deficiente planificación educativa y la pobreza, y no al tratamiento que la ley vigente y la Constitución dan a sus respectivos sexos. Pretender una ley para proteger la igualdad de la mujer es luchar contra los molinos de viento de Don Quijote.

Ningún organismo feminista de buena fe debería andar buscando culpables ni pretendiendo aprobar leyes de igualdad de oportunidades donde ya las hay para el sexo femenino. Son otros los propósitos encubiertos en la pretendida ley que busca con palabras retorcidas, introducir prácticas que deben ser resueltas por un acto privado de conciencia.

Leyes y acciones urgentes más importantes demanda el país para corregir las grandes limitaciones de su desarrollo. Según datos oficiales 800,000 niños no fueron a la escuela este año. ¿Cuántos de estos 800,000 alumnos en edad escolar son niñas mujeres que nadie las defiende? ¿Qué están haciendo esas organizaciones feministas por corregir estos males? ¿Culpan al hombre por esta brecha de la pobreza o pretenden con una ley de igualdad de oportunidades para la mujer terminar con el problema de la educación de las niñas sin escuelas?

No hay que tener una visión bizca y torcida que mire solamente por razones políticas al lado que les gusta y negarse a mirar de frente las verdaderas causas de las limitaciones de los hombres y mujeres nicaragüenses. Hay que atacar los verdaderos males y no buscar culpables ni inventar bonitos problemas políticos con leyes sin sentido que todo lo enredan y nada resuelven.

Me tildarán de machista, retrógrado y conservador, pero Nicaragua no puede seguir a ciegas introduciendo leyes políticas sin sentido con una venda en los ojos, sin distinguir las mentiras o las verdades a medias que conllevan ciertos proyectos de ley, porque las limitaciones de un pueblo sólo se pueden superar cuando se tiene el valor de denunciarlas y de reconocer las verdaderas causas del mal.

El autor es ex presidente del Partido Conservador.  
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