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LUNES 17 DE MARZO DEL 2003 / EDICION No. 23033 / ACTUALIZADA 02:30 am
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La guerra contra el terrorismo es justa por razones justas

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John McCain

WASHINGTON.— Es probable que las fuerzas armadas norteamericanas y británicas comiencen pronto a desarmar a Irak destruyendo el régimen de Saddam Hussein. No sabemos si contarán con la autorización explícita de los miembros del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas que tienen poder de veto. Pero, de cualquier manera, los hombres y mujeres a quienes se ordenó emprender esta misión pueden enorgullecerse de la justicia de su causa.

Los críticos argumentan que la destrucción militar del régimen de Saddam Hussein podría ser, en una palabra, injusta. Esta oposición se ha aglutinado en torno a un conjunto de principios de “guerra justa”, principios que creen que serían violados si Estados Unidos emplea la fuerza contra Irak.

El argumento principal consiste en que no hemos agotado todos los medios no violentos para alentar el desarme de Irak. En ese punto tienen razón, si no agotar todos los medios significa que Norteamérica no tolerará indefinidamente el fracaso de los medios no violentos.

Luego de 12 años de sanciones económicas, dos fuerzas diferentes de inspección de armas, varias resoluciones del Consejo de Seguridad y, ahora, con 200,000 efectivos militares norteamericanos y británicos a sus puertas, Saddam Hussein rehúsa todavía entregar sus armas de destrucción en masa. Sólo una empecinada negativa a encarar ciertos hechos desagradables —en este caso, que un tirano que sobrevive sólo mediante el uso constante de la violencia, no va a ser constreñido a portarse bien por medios no violentos— podría uno permitirse creer que nos hemos precipitado a la guerra.

Estos críticos objetan también que nuestras armas no discriminan entre combatientes y no combatientes. Las bombas mucho menos discriminantes lanzadas sobre Berlín y Tokio en la Segunda Guerra mundial, ¿hicieron que ese conflicto fuera injusto? A pesar de los adelantos de nuestra técnica armamentista que se proponen minimizar la pérdida de vidas inocentes, algunas bajas civiles son inevitables. Pero perecerán muchos menos que en las guerras anteriores. Perecerán muchos menos que los que mata cada año un régimen iraquí que se mantiene en el poder mediante el uso constante de violencia mortal. Perecerán muchos menos que los que morirían de otro modo, porque los combatientes norteamericanos arriesgarán más sus propias vidas para impedir muertes civiles.

Los críticos se equivocan también cuando dicen que la estrategia de Estados Unidos para las horas iniciales del conflicto —que, probablemente, involucrará más de 3,000 bombas de precisión en las primeras 48 horas— se propone dañar y desmoralizar al pueblo iraquí.

Lo que se propone es dañar y desmoralizar a las fuerzas militares iraquíes y disuadir a los líderes iraquíes de usar armas de destrucción en masa contra nuestras fuerzas o contra países vecinos, y de cometer más atrocidades contra el pueblo iraquí.

La fuerza que usan nuestras fuerzas militares será menor, en proporción, que la amenaza que podemos esperar encarar si Saddam Hussein siguiera acumulando un arsenal de las armas más destructivas del mundo.

Muchos se equivocan también en cuanto a quién le debe nuestro gobierno lealtad primordial. El pueblo norteamericano, no las Naciones Unidas, es el único organismo que el presidente Bush ha jurado representar.

Evidentemente, la administración Bush es más cuidadosa de la credibilidad del Consejo de Seguridad que otros de sus miembros que exigen el desarme completo de Irak pero retroceden ante las medidas necesarias para cumplir con esa exigencia. Pero su falta de resolución no exime a un presidente norteamericano de su responsabilidad de proteger la seguridad de este país. Ambas cámaras del Congreso, por márgenes substanciales, le concedieron al presidente autorización para usar la fuerza para desarmar a Saddam Hussein. Esa es toda la autorización que el presidente requiere.

Muchos críticos sugieren que desarmar a Irak mediante un cambio de régimen no resultará en un mejoramiento de la paz. Con seguridad que esa empresa implica riesgos. Pero no se puede argumentar razonablemente que librar al mundo de Saddam Hussein no mejorará significativamente la estabilidad de la región y la seguridad de los intereses y valores norteamericanos. Saddam Hussein es un agresor dispuesto a correr riesgos, que ha atacado a cuatro países, que ha usado armas químicas contra su propio país, que siente un deseo de perjudicar a Estados Unidos y sus aliados y que, incluso enfrentado con la perspectiva de la inminente destrucción de su régimen, se ha negado todavía a acatar las demandas de desarme del Consejo de Seguridad.

¿No es más probable que la antipatía hacia Estados Unidos en el mundo islámico podría disminuir en medio de las manifestaciones de los iraquíes que celebran jubilosos el fin de un régimen que tiene pocos parangones en su crueldad? Los pueblos sujetos a gobiernos brutales, ¿no se sentirían alentados al ver que los derechos humanos de los musulmanes son valientemente salvaguardados por los norteamericanos, derechos a los que asigna bien poco valor la definición de justicia que formulan los críticos?

Nuestras fuerzas armadas lucharán por la paz en Irak, una paz basada en cimientos más seguros que los que hay hoy en el Mediano Oriente. Lo que es todavía más importante, lucharán por las dos condiciones humanas que tienen un valor incluso mayor que la paz: la libertad y la justicia. Algunos de sus miembros perecerán en esta causa justa. Que Dios los bendiga y que la humanidad rinda honores a su sacrificio.

El autor es senador republicano de Arizona.  
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