Un sol que se diluye y Sombras nada más
Guillermo Rothschuh Tablada*
Nuestros lingüistas, por lo general los costumbristas, son dados a desentrañar los matices del habla. Se pasan la vida recorriendo hacia atrás, leguas y leguas hasta dar con el tronco o raíz del habla cotidiana, del adagio o refrán popular. Desestimados —a veces— por los estilistas, por esos creadores de metáforas, los que atenidos al flujo y reflujo de su memoria —los memoriosos, como Sergio— sólo recurren a estos antiguos investigadores —Berendt, Ayón y de la Rocha— para apoyar el esplendor de sus creaciones o recreaciones.
En este caso mi ambición personal es netamente, es decir, que los topos o mineros del habla local, regional o continental, se dediquen por esta vez a esa tarea recurrente de los lingüistas: Valle, Mántica, Arellano o Incer Barquero, para presentar como un abanico, las múltiples variaciones o analogías del habla nuestra, tanto en las toponimias como en la constante tradición oral.
Los chontaleños —por las haciendas ganaderas que nos heredó Pedrarias en el siglo XVI— somos pródigos en metáforas y refranes espontáneos, todos orales, nacidos al pie de la vaca, en los corrales matutinos y no bajo la luz del quinqué. “La lengua de los Chontales —dice Squier— no parece tener parentesco alguno con los restantes que se hablan en Nicaragua”.
Acá, se acostumbra decir: se bebe la leche y maldice la vaca. El que ha sido quemado con leche hasta la cuajada sopla. Siete vacas gordas y siete vacas flacas. Ojos de vaca loca. Boca de vaca. Cola de vaca. La vaca grande y el caballo que ande. De la vaca no nace el siervo. Ni de la paloma el cuervo, y hoy, por razones políticas se está repitiendo el más famoso de todos: “echarle la vaca”. Aunque en realidad de verdad fue mal utilizado por el gobierno actual, por sus asesores desarraigados, porque todos sabemos que echarle la vaca es hacer un mal y nunca un bien colectivo. Por ejemplo, los diputados le echan la vaca al pueblo, los pandilleros le echaron la vaca al vendedor.
Esta mala ubicación del refrán es un reflejo de nuestros dirigentes educados en el exterior, ayunos de identidad y faltos de nicaraguanidad. No conocen los recursos del habla de todos los días, esa virtud que Rubén proclamaba en sus Letanías. Ignoran los senderos en que se bifurcan nuestra habla popular: su ingenio y su vivencia.
Cuando yo dije que “Juigalpa era una vaca echada en pleno llano, a quien los perros ladran sin lograr levantarla”, dicha metáfora alborotó a los más pudientes. Fue peor que cuando dije que “Chontales era una tierra sin chontaleños”, o mucho peor, cuando a la alianza roja y verde les afirmé, que el Instituto Nacional de Chontales Josefa Toledo de Aguerri (1946), “era una amapola roja sobre la enredadera verde”.
Larga introducción la hago, porque fue a partir de 1952, cuando fundamos el Clan Intelectual de Chontales, lo que dio inicio a la batalla sociocultural. Nosotros nos convertimos en pioneros no por voluntad propia, sino porque las mentes más conservadoras de la región así lo dispusieron. Y por eso, el punto uno de la carta constitutiva del Clan, afirmaba la necesidad de promover la cultura entre sus miembros, entendiendo por esta disciplina, el estudio de las ciencias, las artes, la sociología, la economía y hasta la arqueología, la que el maestro Gregorio Aguilar Barea realizó su estudio con tanta pasión, que un día —acarreando ídolos— se accidentó y se mató. Desenterrando ídolos, él mismo se enterró. Ahora con justicia se le rinde verdadera admiración.
Y como la promoción cultural debía de comenzar por lo más digno, iniciamos nuestra tarea de educación regional por la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua, verdadera isla de libertad. Iniciamos, entonces, los Cursos de Verano en Juigalpa. Y junto al magnífico rector Dr. Mariano Fiallos Gil, llegaban también el Dr. Edgardo Buitrago, el Dr. Denis Martínez Cabezas, y nada menos que el futuro biógrafo del rector, Dr. Sergio Ramírez Mercado. Todo constituyó la presencia de un humanismo beligerante, y era de esperarse porque el Dr. Fiallos Gil representaba lo que hasta hoy sigue representando: el hacedor de utopías, el constructor de una nueva pedagogía, el iluminador del nuevo frontispicio de la nueva Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua.
Aquí no estábamos frente al mar de las suposiciones y menos frente a la larga serpiente de las ficciones, la que en realidad de verdad si tiene cuna para su nacimiento, carece de partida de defunción. Estábamos frente a un mundo real de conocimientos concretos, y más aún, frente a una concreta libertad. Se iba a la universidad, más que para repasar un pensum, para adquirir una libertad integral.
Y de estas aulas provenía Sergio Ramírez Mercado. Era real que el magnífico rector convenciera a Luis, al hijo del dictador. Real que el Decano de Derecho Dr. Edgardo Buitrago, sacudiera el polvo secular del poeta Rubén Darío, quitara la mugre de sus hombros y puesto de pie lo echara a andar. Martínez Cabezas realizaba sus cursos de buena administración a la orilla del buen Rector, pero al lado del lo palpable, de lo deja vu, estaba el próspero estudiante, pero no el prominente escritor. Estaba el joven gladiador admirador de Charles Atlas, pero no el levantador de premios en Caracas, España, México o Berlín. Estaba el autor de ese manual para los aprendices de dictador, pero no el irrepetible Chepito caminando sobre un lecho de cabellos secos. Estaba el envenenador de perros y damas, pero no el árbol genealógico de las ilustres familias plantado en un patio de León. Estaba el recopilador del pensamiento vivo del caudillo de las Segovias, pero no el vicario de aquella revolución. Estaba el amante de los boleros, el admirador de “Sinceridad” de Oreja de Burro, peor no de “Sombras nada más”, de Javier Solís, cantante mexicano.
Estaba el niño de Masatepe recibiendo las aguas bautismales pero no el recibidor de premio y galardón de Alfaguara, en Colombia del Valle, ciudad de México. Estaba el extraño concursante pero no el consagrado escritor.
En “Los funerales de la Mama Grande” Gabriel García Márquez, pedía con urgencia que diera testimonio del jolgorio el novelista, antes que llegara el historiador. Como que Gabito y Sergio dudaran de la veracidad de Suetonio y desesperados volvieran por las mentiras verdades de los Dublineses de James Joyce. Olvidando ambos —que dado el fanatismo político de dichos escritores— no existe historiador neutral, la carga del compromiso lo hace acentuar la pluma en aquello que satisface al caudillo o dictador.
Por eso es difícil abstraernos de la historia o de esos viejos textos, diarios de ocasión, cédulas o legajos judiciales. Es lógico que en este Baile de Máscaras del poder, como dice Sergio, los perfiles cambien pero el danzón es el mismo. Por eso aseguro que no hay literato que no haya pasado huroneando las bibliotecas, dialogando con los actores vivos, y como lazo de gloria, tendiendo el puente de la ficción. No olvidemos que Sergio fue actor y autor, y él remarca, para esclarecimiento de los insidiosos, que él entró a la Revolución Sandinista como escritor y salió como escritor. Y además, que había tenido más lectores que electores. Como en abono a su férreo aprendizaje, la universidad —literariamente hablando— no lo formó, ni el ruido de las tequiosas marchas guerrilleras deformaron su genio.
Sergio sabe, por razones de oficio, y no de beneficio, que no es lo mismo escribir desde el poder que poder escribir. Lo primero es transitorio y hasta frustrante, y lo segundo, eterno y deslumbrante, siempre que la guillotina del rey no ose a desprender la cabeza de sus hombros. Se puede anidar sobre ramas y hierbas finas, se puede anidar en la arena y hasta en los huecos de los acantilados, pero nunca empollar sobre las bayonetas caladas. Los hilos con que se tejen los sueños son muy finos, mientras que la camisa de fatiga está hecha de azulón, de paño duro, de piel de dragón.
Diez largos años Sergio pasó inmerso dentro de la dictadura. Firmando memorandos y ordenanzas en el día, y tejiendo y destejiendo sueños por la noche. Acumulando esa materia prima que segrega el poder, y que le serviría de mucho, después de palpar las frustraciones de una revolución con sus propias manos. Sus largos dedos con los que apretarían la pluma después. La rebeldía reventando su dedo índice y el dedo del corazón. Y más intransigente, cuando suelto los demonios manchaban la pantalla de la computadora para obnubilar los más recientes signos de su escritura.
Por razones de tiempo y justicia distributiva —sumando penas— convendría dividir los espacios recorridos por Sergio, en tres estamentos o capítulos: antes de la revolución, y su obra paradigmática Te dio miedo la sangre.
Luego, dentro de la revolución, su obra gruesa, testimonial o testifical, Castigo divino; y ahora, en la postrevolución, contemplar la mejor de sus producciones Sombras nada más. Porque independiente del tribunal calificador de Alfaguara —los que son sabios y justos— nosotros gozamos de ciertas claves que Sergio vivió en la punta de la colina y que nosotros compartimos, allá abajo, como un eco distante, como un sol que se diluye, como Sombras nada más.
En cada funcionario público hay un Alirio Martinica en potencia. Alirio Martinica se repite a lo largo de la obra. Es la hidra de mil cabezas. El ajusticiado en Rivas, vive en Managua, Masaya o León, es el antiguo residente frente al mar, y que se adentra en todas las ciudades, parlamentos y hasta en la misma universidad, para después dar testimonio de sus tropelías.
No hay tales sepultureros de la historia. El fantasma de Ricardo III recorre los pasillos del rey y sus herederos. La historia como testimonio es nuestro verdadero sostén, porque aquí se nutre nuestra memoria y hasta nuestra imaginación. Sergio —el memorioso— sitiado por el barullo cotidiano de la ciudad, escuchando con atención al pregonero del carbón y las proclamas del héroe de la Segovias, el más nicaragüense de nuestros caudillos, convertido en crónica, historia o fábula. Alirio Martinica es un símbolo dentro de nuestro folklore nacional. Un espejo que se centuplica en otros espejos. El eco turbio. La sombra del poder. Sergio lo extrae de la costa del mar, para sin ternos ni jolgorios, volverlo a llevar a la costa del mar, y entonces comience, a través de un libro, sus periplo universal.
“Sombras nada más” es un texto brillante frente a otros brillantes textos, donde se hace la radiografía del poder. El novelista y sus pares: señor presidente de Miguel Ángel Asturias. Yo, el supremo de Augusto Roa Bastos. El otoño del patriarca de Gabriel García Márquez. El libro de Manuel de Julio Cortázar y El recurso del método de Alejo Carpentier. Alirio y sus más íntimos aliados. Los uniformes y disfraces pueden repletar el arcón de secretos acumulados por sus testaferros y militares más leales. El “hombre” y sólo el “hombre” lo llaman al dictador, y a sus sicarios los apodan: Niño de oro, Manitos de seda, Nube negra y hasta Mesalina, para recordarnos que los estremecimientos del César persisten en las fabulosas alcobas.
Insisto en que la novela de Sergio es un puzzle fácil de armar, cuando en tierra propia recogemos sus claves relevantes.
Las llaves de ciertos laberintos Sergio los ha donado a través de seis testimonios anexos, escritos con esa versatilidad queda la maestría. Los luminosos contornos siempre están a igual distancia del luminoso tema central. Hay un equilibrio temático y estilístico en todo los capítulos. La novela discurre sin tropiezos que introdujo la erudición y menos la ficción.
Asiduo lector de Miguel Ángel Asturias, yo sólo lo comprendí a fondo, cuando visité la capital de Guatemala, y más que su sexta avenida —la pasarela de Estrada Cabrera, Ubico y Castillo Armas— insisto que el descubrimiento de los mayas se completó hasta que visité Ciudad Antigua, llena de indios puliendo la plata y de indias tejiendo rebozos de fascinantes colores verde, amarillo, azul, negro, rojo de brillantes oros como las rojas plumas del quetzal. Es la tierra vacilante y porosa del padre Pedro de Betancourt. Es la fosa de mullidos petates de Bernal Díaz del Castillo. Es la preciosa cuna del poeta Luis Cardoza y Aragón.
Y volver a la tierra de Nicaragua es desandar el camino que trazaron nuestros mejores cronistas, desde Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés hasta Sergio Ramírez Mercado, nuestro novelista mayor. Se repite, en Sergio, la posición de Balzac, al convertirse en secretario perpetuo de la post-revolución.
Ojo flaubertiano, Sergio recorre la ciudad de punta a punta, buen inventariante no se le escapa nada: los polvosos barrios, bajos y altos personajes, sus élites y sus desesperados, héroes y soplones, costumbres, huelgas, triunfos e infortunios, la artimaña del dictador y los artificios de la dictadora, la novena del club de béisbol y el número infinito de los soldados en Waslala. Nombres de cantantes, cantinas y canciones de moda.
“Sinceridad” de Oreja de Burro, dice Sergio le ha dado la vuelta al mundo y algunos lo han tomado como segundo himno nacional.
Masaya, hacedora de máscaras, desenmascara la dictadura. Baile de máscaras en Masatepe, el “enfant terrible” se desvía de la línea trazada por el riguroso padre, y en vez de ulpianos y papinianos, Sergio lee y relee a españoles, franceses, ingleses y alemanes. A Goytisolo, Proust, Eliot y Gunter Grass. Santos de su devoción son los creadores y no los legisladores. García Márquez en vez de entrar a las clases de Prolegómenos del Derecho, iba a jugar fútbol. Con su cabeza de oro y hierro, podía pensar y golear.
El poeta nace, y si descuida los medios básicos, también se deshace.
Se ha repetido por muchos decenios que todo buen lector deviene en estupendo escritor. Sin embargo, si algún día lo abandonan las musas es por culpa propia y no por decisión de los dioses. Sin reparar en Borges no imaginó el Paraíso como una inmensa biblioteca. Y menos diligente que afanoso, prefirió la dispendiosa Eurídice antes que al disciplinado Orfeo.
Ignoro si Sergio escribió versos en su juventud, pero la escala de la estricta creación es esta: primero, poesía, luego cuentos, y en su madurez, novelas. Don Miguel de Cervantes escribió su gran novela de ficción “Don Quijote de la mancha” a los 58 años de edad (le conte y le roman franceses son diferentes). Hemingway, primero fue cronista deportivo, luego cuentista y terminó en severo novelista, ganador del Premio Nobel 1954. en la Escuela Militar Leoncio Prado circularon, antes que los cuentos pornográficos de Varguitas, largos poemas al estilo de Rubén Darío. García Márquez confiesa que en su juventud fue dariano también, aparte de sus numerosas citas en “El otoño del patriarca”, todos signos de admiración hacia el padre del modernismo.
El mismo Vargas Llosa a propósito de Gunter Grass dice que la poesía es intensa y extensa la novela, en otras palabras calidad y cantidad en cada género por lo que concluye que una obra grande, gruesa, proviene de un fecundo y grande escritor como Dostoievski y Balzac. Desde luego que aquí en estos grandes maestros de la narrativa la calidad no se discute. ¿Pero, la brevísima obra “Pedro Páramo”, de Juan Rulfo de 130 páginas —no es tan madre y maestra— como las novecientas páginas del Gran Sertón Veredas, de Guimaraes Rosa. Además, puede haber una diferencia en cuanto a estructura, entre prosa y verso, pero numerosas páginas de Rayela son excelentes poemas, prosa poemática o prosema dignas de figurar en cualquier rigurosa antología.
En “Baile de máscaras” de Sergio Ramírez es difícil separar la realidad de la ficción, el verso de la prosa, la broza recién extraída del oro procesado. Imbrican los géneros y triunfadora la creación se desplaza en novedosas direcciones. No siempre el verso es poético ni severa la prosa. La historia hace su labor de saturación, tanto que Carlos Marx se aventura afirmar que se aprende más de Francia leyendo las novelas de Balzac que repasando a sus estadistas, políticos o historiadores. En nuestro caso, nosotros conocemos más de los Estados Unidos de Norteamérica leyendo las páginas de John Steinbeck, que revisando los prontuarios del “crac” de 1929.
La novela “Mamita Yunai”, es sólo un informe económico adobados por el escritor y líder sindical Carlos Luis Falla.
Y siguen los ejemplos en el área continental, pero en honor a la brevedad citemos esos dos notables casos donde hay un balance entre la historia y la ficción: “La muerte de Artemio Cruz” de Carlos Fuentes, es el último cirineo cargando los desaciertos de la frustrada revolución mexicana. Y “Yo el Supremo”, de Augusto Roa Bastos no es el panegírico a la dictadura ilustrada del Doctor Francia, sino el mejor aporte al neobarroco latinoamericano.
Llegada la hora de concluir, recapitulemos como dicen los pedagogos: Don Luis Cardoza y Aragón sostenía que una obra para ser universal debía de pasar primero por la estrecha zona regional. Doña Dulcinea es del Toboso, Walt Witman de Manhattan y Martín Fierro de la amplia Pampa gauchesca.
En el caso particular de Nicaragua, marcada ya por la universalidad, nosotros ya tenemos dos casos concretos: Rubén Darío que nació en Metapa y Sergio Ramírez Mercado nacido en Masatepe. Ambos provincianos y ninguno de la capital.
Masatepe o “Majatepe” como decía el antipatriota José María Moncada, el que queriendo hacer un mal, hizo un gran bien a nuestra historia, al convertir al General Augusto C. Sandino en un heroico motivo para escribir novelas, cuentos y poesías.
La larga dictadura de los Somoza —Oh largos martirilogios— alentó a muchos escritores nicaragüenses, primero al Dr. Clemente Guido y luego al Dr. Agustín Tórrez Lazo, sin embargo, la densa relación y la más densa ficción —todo producto de la libertad de expresión— no muestran sus amplios resplandores, sino con el advenimiento de los relatos de Sergio Ramírez, desde el marco teórico de Te dio miedo la Sangre, hasta el largo mural de Luces y Sombras nada más.
Este mediodía frente al seco escenario de Amerrisque —reminiscencia de la “vaca crepuscular” de Rubén Darío— (Cleopompo y Heliodemo), Sergio con su mano laboriosa, viene a correr el telón para que veamos ciertos detalles de este inmenso mural.
* Escritor. 
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