Las peripecias de Ciudad Antigua y las pláticas con don Roque Toledo
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 | “Durante la etapa de mi niñez este pueblo se alumbraba con ocotes que se cortaban de los pinares cercanos. En las calles se ponían esas luminarias, hasta las nueve de la noche en que se apagaban, eso era una ley. En 1967 se introdujo el servicio eléctrico y el agua, pero el paso del Mitch nos arruinó el líquido que ahora no sirve para el consumo humano”. Esa es la imagen del pueblo relatada por el historiador don Roque Toledo Espinosa |
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Don Roque Toledo Espinosa, el historiador de Ciudad Antigua. La Prensa/René. Ortega |
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Mario Fulvio Espinosa opinion@laprensa.com.ni
Quedó tan maravillado Francisco Hernández de Córdoba al contemplar las bellezas naturales de los dos grandes lagos de Nicaragua, que sin hacerse el rogado fundó en 1524 Granada a orillas del Cocibolca, casi en las faldas de la mole esmeralda del Mombacho, y León frente al Xolotlán, ante el bello cono azul del Momotombo.
No podemos afirmar aquí que la fundación de ambas ciudades obedeciera únicamente a factores estéticos o de naturaleza panorámica, sino más bien ocurrió para complementar la existencia de Bruselas, ciudad que Hernández de Córdoba fundó a orillas del Golfo de Nicoya para controlar el camino de acceso a Nicaragua que ahí comenzaba, y para evitar que otros españoles pudieran interrumpir los trabajo que se realizaban para encontrar el curso completo del Desaguadero o Río San Juan.
Así, el establecimiento de esas tres ciudades llevaba la finalidad de dar pervivencia a la empresa de conquista y colonización emprendidas por Hernández, que procuró no dejar nada al azar, de modo que sus fundaciones le aseguraban la posesión de toda la Costa del Pacífico, desde el Golfo de Fonseca hasta la provincia de Nicoya y, además si era posible, tener jurisdicción sobre la región de Olancho y Trujillo, en Honduras.
— ¿Fundó Hernández de Córdoba otras ciudades en Nicaragua?
Según el profesor Carlos Meléndez Chaverri, autor de “Hernández de Córdoba, capitán de conquista en Nicaragua”, la respuesta es no, pero...
LO QUE DICE EL PROFESOR ROQUE TOLEDO
“Sí señor, en 1526 Francisco Hernández de Córdoba, poco antes de ser decapitado, fundó la Muy Noble y Leal Ciudad de los Caballeros de Nueva Segovia, que estaba ubicada en la margen izquierda del Río Jícaro, muy cerca de la confluencia con el Río Coco”.
Quien afirma lo anterior es el profesor Roque Toledo Espinosa, oriundo de Ciudad Antigua, pueblecito al que se llega tomando la carretera que va de Ocotal hacia Mozonte y San Fernando, desviándose a la derecha sobre un tramo de camino pedregoso y polvoriento.
A mediodía, Ciudad Antigua es un pueblo fantasma. Los vecinos se han recutido en sus casas de tejas y adobe para huir del sol inclemente que pinta en ocre espeso las calles desiertas. El templo colonial está abierto, en su interior una señora reza ante una imagen del Nazareno y un hombre está sentado en la última banca, esquivando sol y calor.
Al frente del templo el parque. Una viejecita ha colocado sobre la banca de cemento su canasto de pan con mantequilla, nos lo ofrece, comemos y conversamos. Nos explica que el cercano museo esta cerrado y que es don Roquito Toledo el que tiene la llave.
En su casa, a una cuadra de distancia, localizamos al profesor Roque Toledo Espinosa, es el varón más versado en la historia del pueblo. Nos instalamos y constatamos con cuánto deleite narra acontecimientos, describe situaciones, cita fechas, analiza personajes y puntualiza anécdotas.
¿Cómo y cuándo desapareció la ciudad de Nueva Segovia?
Ese es un cuentecito bien larguito. Por su situación aislada la ciudad fue continuamente asediada por las tribus jicaques, taguzgalpas y totogalpas.
Una de las invasiones más cruentas ocurrió en 1535, se dice que murieron treinta personas, después de esa matanza la gente se fue a refugiar a un lugar que se llama Painaldejo, que yo creo es lo que hoy se conoce como Panalí. No llevaban el propósito de permanecer en Painaldejo, sino el de regresar a Nueva Segovia cuando el peligro amainase, pero Painaldejo estaba en la misma zona de ataque de los indios y el peligro era igual, algunos fueron a explorar y se encontraron con el sitio que hoy ocupa Ciudad Antigua y por etapas se trasladaron hasta aquí.
Pero no iban a gozar de paz. En 1654, indios procedentes del Norte de Honduras entraron por el Río Guayape y el Poteca, se reunieron con los miembros de las tribus jicaques y navegando en canoas vinieron a salir por el Río Coco para atacar la ciudad.
Ese mismo año ocurrió la primera invasión de piratas ingleses capitaneados por Henry Morgan. Según los historiadores aquello fue una catástrofe, pues además de asesinar mucha gente el pirata le aplicó a la ciudad la tea incendiaria y la destruyó por completo.
En 1689 hubo una segunda invasión, pero esta vez del pirata Dampier. Ese hombre quiso demoler el templo, porque en esa fecha aparece quemada la puerta de la sacristía.
Ya en 1704 los segovianos se dan cuenta de que Hannibal, el Rey Mosco, acompañado de ingleses, se ha establecido en Ciudad Vieja con el fin de atacar Ciudad Antigua, pero dicen que el sargento mayor don Luis Gomero de Mendoza mandó con anticipación a solicitar auxilio al alcalde de Corpus, en Honduras, aquél le mandó algunos pertrechos y con esos fue suficiente para abatir a doscientos moscos que entraron aquí en horas de la noche. Se retiraron al siguiente día sin hacer mayor daño a la ciudad.
En 1709 volvieron, y luego en 1711 hubo otra invasión fuerte de indios. Ese año la gente salió huyendo hacia Granada, otros se fueron a León, algunos se quedaron en Tepesomoto y Estelí.
LA DIÁSPORA DE 1611
Por eso se dice que Ciudad Antigua existe desde 1611 cuando se verificó el traslado. Según el testimonio del obispo don Pedro Agustín Morel de Santa Cruz, que estuvo aquí en 1752, el traslado obedeció “a las continuas invasiones de las tribus caribes, los jicaques, los tologalpas y taguzgalpas, estos últimos de Honduras, que hacía tan mal clima que hacía malograr las criaturas recién nacidas”.
A raíz de esas destrucciones, los españoles reedificaron la ciudad en el mismo sitio, con la diferencia de que cambiaron el rumbo de las calles principales. Por ejemplo, el templo que usted ve ahorita está ocupando el lugar donde quedaba la plaza en 1611.
— ¿Qué distancia había entre la ciudad fundada por Hernández de Córdoba y Ciudad Antigua?
Dice el sacerdote Morel de Santa Cruz que la ciudad abandonada quedaba a una distancia de 18 leguas hacia el norte de Ciudad Antigua. Existen las ruinas que ahora se conocen con el nombre de Ruinas de Ciudad Vieja. Actualmente esas ruinas están situadas del pueblo de Quilalí unos cuatro kilómetros hacia el Oriente, sobre la carretera que va a Wiwilí. Yo conozco esas ruinas.
— ¿Cómo son?
Cuando yo conocí, no tenía esta visión de almacenar historia, pero monseñor Nicolás Antonio Madrigal y García —que es el historiador de Nueva Segovia y ya descansa en paz—, decía que “era una de las principales del obispado, tenía murallas fuertes. Allá existían buenos edificios que quedaron en ruinas. Cuando yo era un niño pasaba por ahí y no me llamaban la atención las ruinas. Nunca tuve la curiosidad de ir a hacer algún estudio.
— ¿Usted ha vivido en Ciudad Antigua toda su vida?
Aquí soy nacido y criado. Cuando yo era un niño éste era un pueblecito pequeñito, apenas contaba con unas cuarenta casas, casi como la describió Morel de Santa Cruz en 1752 quien dice: “la ciudad estaba en decadencia, apenas contaba con 31 casas, veinte de adobe y once de paja”. Poco más o menos eso sigue igual.
La Iglesia ahora está restaurada, las paredes son originales, también el techo y las tejas, pero el frontispicio fue repellado, eso fue obra de Monseñor Nicolás Antonio Madrigal y García.
LAS COSTUMBRE MUERTAS
Yo nací en 1932. En las cosas religiosas este pueblo no ha cambiado, pero algunas cositas se han ido perdiendo. Yo recuerdo que cuando era niño aquí se hacía el toque de la oración. Había una persona que se encargaba de ir a tocar las campanas a las seis de la tarde y la gente, en donde se encontrara, se ponía a rezar el Ángelus que dice: “El ángel del Señor anunció a María”... Eso se rezaba aquí todos los días, y eso se ha ido perdiendo, pero lo demás en lo religioso sigue siendo igualito.
El patrón del pueblo es el Señor de los Milagros, esa imagen vino a Nueva Segovia en 1665, obsequiada por la Reina Mariana de Austria, fue traída con todo y el camarín que le decimos nosotros desde el puerto de Trujillo, en Honduras, hasta allá fueron a traerlo en hombros. En ese tiempo la gente era muy cristiana y hasta la vez así es, no se ha perdido esa fe que nos metieron hasta los huesos los españoles.
Mi papá se llamaba Diego Pozo, ya murió, mi mamá es doña Estebana Toledo Espinoza que vive aquí conmigo, tiene 96 años.
— ¿Y usted se enamoró de una antigüeña, verdad?
No, no, estoy soltero. No me casé nunca ni tuve hijos, como es de notar.
— ¿Cómo se ganaba la vida?
Este es un pueblo eminentemente agrícola, aquí se siembran granos básicos, hay ganadería pero quedó decaída después de la guerra de los ochenta. Antes cada familia tenía sus vaquitas, los terrenos eran abiertos el ganado andaba por cualquier parte. Ahora todo ha cambiado, todos los terrenos ya tienen dueño y están cercados. Hay bastante desempleo y después del ciclo agrícola la gente no halla que hacer, aunque ahora se defiende con los cortes de café, pero ya en marzo y abril es dura la cosa.
— ¿Se sienten aislados los habitantes de Ciudad Antigua?
Pues no tanto, porque aunque el camino está malo, está más malo para meterse a Quilalí, Jalapa y El Jícaro. Tan aislados no porque Dios quiso que llegara aquí el Señor de los Milagros que atrae mucha gente, hay un bus que trabaja todos los días y gente particular que nos visitan de vez en cuando para dejar su limosnita al Señor de los Milagros.
Nuestro problema más sentido es el del agua, eso es prioritario le voy a decir, esa agua que tenemos no se puede tomar y uno tiene que compra agua de pozo o se tiene que ir hasta el Río Arrayán, la gente viene y cava unos pocitos en la playa y de ahí bebe.
— Hay alguna leyenda que se relacione con el Cristo de los Milagros?
Dicen que una vez llegó ante el Cristo una persona que tenía un grave problema, no sé si era de enfermedad o económico, pero el caso es que le ofreció al Señor traerle tres clavos con un diamante engarzado en la cabeza de cada uno.
Resulta pues que el hombre murió y no pudo traer los clavos, entonces su espíritu le aparecía a la esposa y no la dejaba tener paz. La viuda decidió traer a la Imagen unos clavos que no eran los mismos, cuando fueron a la Iglesia para cambiarlos por los que tenía el Señor, no los pudieron cambiar porque la imagen encogía el brazo y el clavo no calzaba en el agujero.
El sacristán coligió que la promesa no era así, y le dijo a la señora que trajera los verdaderos, así fue y todo se normalizó. Esos clavos hasta hace muchos años estuvieron en el museo del pueblo, yo los conocí, pero han ocurrido tantas cosas que un día desaparecieron, se los robaron.
También se cuentan otros cuentecitos de sustos, ceguas, micas y otros, pero se olvidan. Uno ya no puede recordar tantas cosas.
TRADICIÓN CATÓLICA
El historiador de Ciudad Antigua, don Roque Toledo Espinosa, dice que otras sectas religiosas han intentado entrar al pueblo, pero no han tenido éxito.
“Entran y salen. Desde hace como unos dos años hay un pastorcito que vino del lado de San Juan a radicarse aquí, pero sus prédicas no han podido hacer nada”, dice don Roque, para confirmar la fe católica de ese pueblo.
INVASIONES PIRATAS
En 1743 los piratas asaltaron Jinotega, secuestraron a cuarenta personas e intentaron huir rumbo a Ciudad Antigua navegando por el Río Coco, pero aquí los capitanes del batallón Segovia mandaron a poner retenes por donde debían pasar los bucaneros, sin embargo éstos no se situaron en los lugares indicados y los bandidos se retiraron sin causar mayor daño.
-En 1781 los corsarios amenazan nuevamente con atacar Nueva Segovia, y aunque no ocurrió la invasión los habitantes de la ciudad se llenaron de miedo, abandonaron sus hogares y se fueron a fincar a San Antonio de Tejas, un sitio que está entre Ocotal y Mozonte. Esas mismas familias comenzaron a poblar lo que hoy llamamos El Ocotal. 
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