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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / VIERNES 27 DE JUNIO DE 2003
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Poesía nicaragüense
Epitafio a FN (1943-1983)

Foto  

Félix Navarrete (Padre).

 

Félix Javier Navarrete

Encuentro a mi padre
de escasos cuarenta años
en el fondo del patio,
acostado en su añosa y humilde
tijera de lona, rígido, muerto,
aún con sus ojos humedecidos,
rodeado de niños
que en silencio le cantaban
una última canción de cuna.


Era un 28 de junio de 1983.
Murió como los niños,
jugando con los colores de la lluvia.
Se fue de madrugada,
sin que su muerte se revolviera
con los ecos del día.

Lo recuerdo en el umbral de una mañana lluviosa,
revisando recortes de periódicos amarillentos
y manuscritos que portaba celosamente
en pantalones y camisas viejitas,
como licencia o carnet de identidad,
para que no lo detuvieran en la calle.
Lo imagino coqueto, conversador,
acariciando el oído de las mujeres
con historias de paraísos perdidos
y príncipes urbanos tercermundistas.


Lo veo escribiendo poemas
y olvidándose de ellos mientras
luchaba contra sus penas bajo
el sol asesino de Managua.
Lo sueño taciturno, alegre, con
su barba hirsuta y su carcajada
de viejo zorro, desafiando las reglas
de la vida, burlándose de la muerte.
Por eso ahora que se ha ido, no lo extraño,
no visito su tumba ni le hago misas.
Tampoco le rezo en las noches
sino que más bien peleamos sobre
autores, poemas y otras banalidades
que me pregunta desde su estrella.
Es más, me convenzo que sigue allí,
tan campante, tan fresco, tan original,
vigilando mis sueños al pie de mi cama,
hablando a través de mi sonrisa,
llorando a través de mis ojos,
caminando a través de mis hijos,
sus nietos, segunda réplica;
seduciendo mujeres a través
de sus palabras que pone en mi boca;
burlándose de todo lo que ha pasado
y de todos los que se han quedado;
de la inmortalidad y del brevísimo
calendario que le tocó vivir,
pero feliz y gozoso de hacernos
digno y duradero el nombre.

Junio de 1991  
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