Poesía nicaragüense
Epitafio a FN (1943-1983)
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Félix Navarrete (Padre). |
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Félix Javier Navarrete
Encuentro a mi padre de escasos cuarenta años en el fondo del patio, acostado en su añosa y humilde tijera de lona, rígido, muerto, aún con sus ojos humedecidos, rodeado de niños que en silencio le cantaban una última canción de cuna.
Era un 28 de junio de 1983. Murió como los niños, jugando con los colores de la lluvia. Se fue de madrugada, sin que su muerte se revolviera con los ecos del día.
Lo recuerdo en el umbral de una mañana lluviosa, revisando recortes de periódicos amarillentos y manuscritos que portaba celosamente en pantalones y camisas viejitas, como licencia o carnet de identidad, para que no lo detuvieran en la calle. Lo imagino coqueto, conversador, acariciando el oído de las mujeres con historias de paraísos perdidos y príncipes urbanos tercermundistas.
Lo veo escribiendo poemas y olvidándose de ellos mientras luchaba contra sus penas bajo el sol asesino de Managua. Lo sueño taciturno, alegre, con su barba hirsuta y su carcajada de viejo zorro, desafiando las reglas de la vida, burlándose de la muerte. Por eso ahora que se ha ido, no lo extraño, no visito su tumba ni le hago misas. Tampoco le rezo en las noches sino que más bien peleamos sobre autores, poemas y otras banalidades que me pregunta desde su estrella. Es más, me convenzo que sigue allí, tan campante, tan fresco, tan original, vigilando mis sueños al pie de mi cama, hablando a través de mi sonrisa, llorando a través de mis ojos, caminando a través de mis hijos, sus nietos, segunda réplica; seduciendo mujeres a través de sus palabras que pone en mi boca; burlándose de todo lo que ha pasado y de todos los que se han quedado; de la inmortalidad y del brevísimo calendario que le tocó vivir, pero feliz y gozoso de hacernos digno y duradero el nombre.
Junio de 1991 
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