El profesor
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Un otro Kouros desde Thebes. Escultura griega. |
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Nicasio Urbina*
Soy profesor en la Escuela Andrés Bello. Decidí que quería ser profesor a los once años, y desde los catorce doy clases de matemáticas y ciencias naturales. Nada me gusta más que dar clases. Me emociona ver las caras de los estudiantes cuando finalmente entienden un teorema, cuando después de aplicarse arduamente logran una página bien escrita, o cuando salen al patio a jugar y descansar después de una mañana de trabajo. Me encanta ser maestro. No haría ninguna otra cosa en la vida. El único problema es que no hay dinero para nada. El Ministerio de Educación dice que está quebrado, que no tiene ni un centavo. Nosotros en la escuela casi no tenemos libros, y los que tenemos están viejos y rayados. A los muchachos eso no los intimida, ellos siguen las lecciones esquivando los rayones que otro estudiante hizo con crayón, y cuando falta una página, el estudiante se pega al compañero de al lado para seguir la lección. Da gusto ver la avidez con que los chavalos aprenden y absorben las cosas, pero da pena ver en qué situación nos encontramos aquí en la escuela Andrés Bello.
Los profesores ya estamos acostumbrados, pero aún así duele ver la completa falta de apoyo de las autoridades. En la clase tenemos un pizarrón, grande y hermoso, ideal para explicar los problemas de ciencias naturales que tanto me gusta plantear. A los estudiantes también les gusta escribir en la pizarra. Cuando les digo que tienen que pasar al frente de la clase y escribir algo, o completar una frase, o resolver un problema de razonamiento, brincan de alegría y todos levantan la mano rapidísimo, casi con desesperación. Pero eso no lo podemos hacer muy a menudo porque se gasta la tiza. Parece ser que la tiza es muy cara, y a saber desde dónde la traen, porque la tiza siempre ha sido un problema bastante serio para la educación de la juventud.
El Ministerio de Educación siempre ha estado quebrado. Yo no sé si es que los gobiernos le tienen inquina y nunca le dan su presupuesto completo, o es que el Ministro, que tiene muy buena intención, está forzado a resolver problemas que le afectan más directamente, y luego no hay presupuesto para objetos de lujo como tiza, libros y mapas. En un tiempo tuvimos hasta tizas de colores. Yo la verdad no las conocía, ni idea tenía que existían tizas amarillas, azules, verdes, moradas, rojas, y hasta anaranjadas. ¡Qué maravilla! Una tiza anaranjada. Cuando la directora me entregó la cajita de tizas con los seis colores no lo podía creer. “No tenemos blanca, pero como usted es tan buen maestro, le voy a dar ésta que es especial. Cuídelas porque es la última que nos queda”, me dijo con complicidad. Yo me sentí el profesor más dichoso del mundo. Al día siguiente, en la clase de geografía, dibujé un mapa de América en la pizarra con la tiza roja, y pinté los ríos en azul, las montañas en verde, las ciudades en amarillo, los lagos en anaranjado, y con la tiza morada le hice un bordecito de lo más coqueto a todo el continente. Para no desperdiciar el mapa nos pasamos toda la semana estudiando geografía. Apuesto a que esos estudiantes todavía saben dónde está el Usumacinta. Estudiamos tanta geografía que muchos salieron con apodos como Muy Muy, Chiquimula, Titicaca, Arequipa y Sonsonate.
A veces la situación se compone un poco. Todo depende de cómo vayan las cosas en el Ministerio de Educación. Una mañana la Directora anunció que había llegado un cargamento de tiza para todo el año. Todos nos pusimos muy contentos. Al recibir mi cajita de tiza la Directora me susurró: “Cuando necesite más sólo me avisa”. Camino al aula pensé cambiar mi plan del día y empezar con una actividad en la pizarra, como para celebrar el milagro de tener tiza. Borré bien el encerado, saqué una tiza nuevecita y completa, y escribí: “Nuestro país es hermoso y especial porque…” Cada estudiante debía pasar a la pizarra y escribir el complemento de la frase. Retrocedí dos pasos para apreciar mejor lo que había escrito pero la tiza, que en un principio había marcado claramente, empezaba a desleírse poco a poco hasta casi desaparece. Repinté de nuevo las letras y volví a observar. Una vez más, la frase clara y blanca que sobresalía en la superficie verde de la pizarra, se iba despintando hasta casi desaparecer por completo. Yo, que sabía lo que había escrito, podía aún ver la silueta de la N mayúscula, el toquecito del acento de la I y la sombra de los puntos suspensivos. Ante esta situación le dije a los estudiantes que el Ministerio de Educación, consciente de la dura labor que desempeñamos los maestros, había decidido reducir nuestra agobiante labor, adquiriendo esta tiza maravillosa que se borraba sola. “Nunca más en la vida tendremos que borrar la pizarra, queridos estudiantes, no más polvillo blanco en las manos y en la cara, porque ahora tenemos esta tiza moderna, maravillosa, automática. Lo único es que tienen que poner mucha atención, porque el que no vea a la pizarra en el momento en que escribo, se quedará sin aprender”.
Al final de la clase fui a buscar a la Directora y le comenté lo ocurrido. Me dijo que varios profesores se habían quejado, y que ya había llamado al Ministerio para investigar el asunto. En el Ministerio los pobres siempre están muy ocupados, haciendo planes nacionales de educación, discutiendo el currículum, pensando sobre el impacto de las políticas educativas, por eso es que se tardaron una semana en contestar. “Mire la respuesta, me dijo la Directora, es una tiza mágica. Parece que en el Ministerio negociaron un contrato muy favorable por eso compraron varias toneladas. Por lo menos tenemos tiza para todo el año”.
Para Reinaldo Sánchez, mi maestro.
Del volumen en preparación, El libro de los oficios.
*Catedrático de la universidad de Tulane. 
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