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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / VIERNES 27 DE JUNIO DE 2003
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En las sombras de la noche

Foto  

Fotografía de Leónidas Correa.

 

Julián E. González Suárez*

Después de tres golpes en la puerta, una mano me tomó del antebrazo y me atrajo hacia adentro. Es riesgoso caminar en la oscuridad de la noche. No sabés si el paso siguiente será el tropiezo con un objeto cualquiera que tampoco puedes eludir. Todo está desierto y a oscuras. Camino a ciegas por la calle de este barrio donde me he quedado entrampado después de la reunión. Un sabotaje ha interrumpido el servicio eléctrico, de modo que no tengo certeza del lugar por donde camino, me doy cuenta que aún me falta para llegar a la esquina.

Todos mis sentidos se agudizan y están atentos al menor ruido. Sé que todas las puertas están cerradas. Ni una alma en la calle. Presiento que sus moradores no duermen, que todos sus músculos están tensos. Miles de ojos me observan, pero nadie se atreve si quiera a murmurar.

Una cuadra más y sería peligroso, tengo que tomar una decisión rápida. A la vuelta de la próxima esquina puede acechar la muerte o puedo ser acorralado por las hienas. Ahueco la mano para ver la hora en el reloj que llevo en la izquierda, las doce y treinta de la noche. En los alrededores del barrio, muy cerca por donde camino, escucho perros que ladran tristemente, pasos que van de prisa, disparos en ráfagas, gritos desesperados, observo por encima de las casas el reflejo de luces de focos.

Antes de desembocar en la esquina me detengo. Aspiro el último sorbo del Esfinge que fumo, boto la colilla y la machuco con la suela de la bota sin hacer el menor ruido. Bajo el volumen de la respiración para no escucharme ni a mí mismo. En medio del silencio se oye más fuerte el tambor del corazón. Siento en todo el cuerpo más helado el frío de la madrugada, aún así, las manos, la frente me sudan. Con la derecha saco la pistola que llevo debajo de la camisa, camino despacio protegiéndome con las paredes de las casas, tratando de no tropezar, ni hacer el menor ruido.

Me detengo. Cruzo la calle, “aquí tiene que ser”, pienso. Llego hasta la puerta de la casa, golpeo tres veces, siento la mano en el antebrazo que me sujeta y me atrae hacia adentro. Escucho veloz el cruzar el cerrojo en el canal de la aldaba, el golpe del enganche de la tranca. Entonces cobro conciencia de la señora que está frente a mí con una candela encendida luchando con la llama para que no se extienda por el ámbito de la sala. Con una voz baja y segura me ordena:

“—Siéntate y guarda ese revólver cuando te vayas a enfrentar con ellos”. Antes de que pudiera contestarle, oí gritos cercanos, fuertes golpes en la puerta del otro lado del patio como si quisieran derribarla.

“—Abran, rodeen la casa, que no se escape ese maldito”.

—“Por aquí se metió ese maldito, no lo dejen escapar!”, otra voz, pero ahora más cercana, ronca, gangosa, inapelable.

En el aposento, la mujer dejó la candela encendida encima de la repisa con retrato y con flores, y se dirigió a la cocina. Por las rendijas de la pared de tablas estuvo asomándose, viendo lo que pasaba. Entonces me levanté, observé disimuladamente: una cama con dos almohadas, la sobrecama floreada y doblada una sábana impecable, una mesita con dos sillas de madera, nada más.

“Vive sola”, pensé.

Hasta que viene de la cocina a la sala, me doy cuenta que está en ropa de dormir. “¿Será de confiar esta mujer?”, me interrogo, sin encontrar una respuesta segura. A uno se le vienen cosas terribles a la cabeza. Lo mejor es que no puedo salir, ni dejar que me vean a estas horas, mucho menos armado, puede ser fatal. No sé qué hacer, salir corriendo o quedarme un rato más, en eso estoy cuando escuchó la voz de la mujer:

“—¿Qué quiere, café o comida?”.

“—No, nada, no se moleste”, respondo.

Mientras estoy sentado en la silla de madera de la sala, veo que la mujer va de vuelta a la cocina, trae una porra pequeña de aluminio y una taza de loza, me sirve el café, me ordena que me lo tome y que me vaya a dormir. Le pregunto, dónde.

“—Y dónde va ser, pendejó, allí alcanzamos”, me dice, con voz autoritaria, colocando los trastos en la mesa de la sala.

Tomo el café y quizás como a tres cuadras más adelante escucho una ráfaga, el aullido moribundo de un perro, pasos que se alejan, el arranque de un camión, el chocar de armas, el parte casi inaudible de la tropa. En la penumbra de la sala veo a la señora sentada frente a mí, insisto de nuevo en marcharme, me levanto, pero no sabía que tenía un pedazo de alambre eléctrico en su derecha, cuando me ve de pie, se levanta y con una voz fuerte, segura, contenida, me dice:

“—Se me va a costar ya, pendejo”.

No tuve otra alternativa que hacerlo, pero no pude dormir, hacía el mate que estaba dormido. Al rato llegó al aposento y la vi de reojo. La señora, aún joven, de muslos macizos, pechos redondos con pezones ñatos que sobresalían en su ropa de dormir, cabello largo, sedosos, medio alborotado, de rostro ovalado. Se dirigió al retrato de la repisa como si hablara con él.

“—Esta noche tengo aquí a uno de los tuyos, si vienen por él lo defenderé como una perra, para que no le hagan lo que te hicieron a vos. Señor, guarda a este muchacho que hoy ocupa el lugar de mi hijo”.

Luego dijo: “se durmió, debe estar rendido”, apagó la candela y se acostó en este lado de la cama.

*Narrador nicaragüense  
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En las sombras de la noche


El profesor