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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / VIERNES 27 DE JUNIO DE 2003
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Orozco y su Prometeo

Foto  

José Clemente Orozco, Prometeo, 1930, Pomona College, California.

 

Raoul Shace*

Es motivo de preocupación leer en la revista literaria Estrago de Abril-Julio 2003, que el “magnífico torso” de Prometeo que José Clemente Orozco pintó en su fresco mural en 1930: “Puede ser comparado con figuras similares de Miguel Ángel, Tintoretto y El Greco... Esta no sólo es la ilustración de un mito antiguo, sino también un llamado a la conciencia. Es la figura más prodigiosa del arte monumental del siglo XX”, (Justino Fernández) “Arte mexicano de sus orígenes a nuestros días” (1961).

Quiero aprovechar la oportunidad de refutar estos elogios inapropiados, que ofenden a los grandes maestros de la pintura, para dar a conocer mis apreciaciones estéticas. En la escuela de Florencia con Miguel Ángel, Leonardo, Rafael, Bocaccio y otros, predominaba el diseño. En la escuela de Venecia con Tiziano, Giorgione, Tintoretto y Guardi, predominaba el color. El máximo exponente del color fue Tiziano, quien influyó de manera determinante en maestros de la talla de Rembrandt y Velásquez. Es importante señalar que Tiziano, más que el cuerpo de la modelo, valoraba la personalidad. Al parecer, y muy a mi pesar, en la actualidad la pintura diletante, improductiva y nada creativa se oculta detrás de vacíos cuerpos desnudos.

¿Justino Fernández se estará refiriendo a la escuela de Venecia o la de Florencia? ¿O estará insinuando que Orozco domina las dos expresiones artísticas, diseño y color, de manera simultánea? En este caso Orozco sería el más grande pintor de la historia. El otro disparate lo dice el autor del artículo de Estrago, David Craven: “La profundidad de la tragedia y de la desesperación, examinada por la pintura de Orozco virtualmente no tiene rival en el arte moderno”.

La sobrevalorización de la pintura de Orozco por parte de ciertos “críticos” de arte es lo que me motivó a escribir este artículo, ya que hay muchos pintores “modernos” que han invadido el mercado internacional, siendo esta la negación del arte contemporáneo, que en cada vuelta de la espiral del tiempo arrastra en su remolino imágenes estereotipadas y nos regresa al punto de partida: el neoclasicismo.

Además, Orozco no posee, ni de largo, ni de cerca, el talento de un Tintoretto, de un Miguel Ángel o El Greco, y menos todavía la autenticidad clásica que los caracteriza. La mitología facilita a su Prometeo de 1930, un valor visual que no tendría de no ser por los Dioses del Olimpo. Orozco compone una escena que acaso he visto antes en varias galerías de arte antiguo. Este yace anticuado como un fósil sin vida propia. El sujeto se revela en la indeterminación de la imagen. Metáfora inexpresable en términos de modernidad. Agonía caleidoscópica de pinceladas ingenuas, como por descuido, una tras la otra, en busca de lo no rescatable. Buceando en estilos arcaicos y sólo encontrando adjetivaciones triviales: la rima y la metáfora de los colores. Donde nadie exige nuevas visiones, nuevas formas. No se experimenta. La rutina de la certidumbre se apodera de Orozco y su Prometeo está sólo, como un condenado a la hoguera y las llamas son los personajes que lo rodean. La angustia de la leña antes de ser fuego; la angustia del fuego antes de ser Giordano Bruno.

El efecto heroico, seudodantesco de esa figura tan retórica como lo es Prometeo, una especie de parodia al culturismo artístico, además de ser logrado de manera grandilocuente y exótica, se convierte en una transgresión del modelo clásico ya que no sólo vincula al observador u observadora a ese período histórico, que está fuera de él o de ella, sino que la vinculación es artificial. Su única materia sensible es la tridimensionalidad geométrica.

Como ya se ha discutido anteriormente, no hay dimensión profética. La perspectiva del Prometeo es lineal; dominada por el viejo concepto piramidal que le confiere estabilidad clásica, no moderna. Orozco regresa a lo clásico pero con técnica pobre y atraso en el tiempo. Una excesiva aproximación de la realidad antigua hace que surja una composición idealista y triunfalista, pero insensible a la trama de la historia moderna. Prometeo robó el fuego a los dioses para dárselo a la humanidad. Orozco robó el mito al pasado para entregarlo al siglo XX.

Por último, habría que señalar que, Prometeo y la multitud, cuyos rostros son caricaturas del dolor, están comprimidos en un espacio tan angustioso que da claustrofobia. Dicha obra no libera sino encierra y desespera, al igual que estar dentro de un ascensor en un rascacielos, precipitándose al revés, o sea de abajo hacia arriba. Ahora, pongamos dos ejemplos propuestos por la historia del arte: Guernica (1937) de Picasso y El Fusilamiento de Goya (1812), ambos revolucionarios en sus épocas.

Si comparamos la composición piramidal de “The Great Bathers” de Cézanne con el Prometeo de Orozco, este último aparece como renacentista. ¡Lástima que lo ejecutó en 1930! Es una obra desubicada en el tiempo que no logra encontrar elementos modernos de composición espacial. Es un mundo que no se sostiene sobre los balaústres del pasado porque está fundado sobre un retruécano: pintura dentro del mito, mito dentro de la pintura. No ofrece un testimonio auténtico actualizado.

En 1830, cien años antes del Prometeo de Orozco, Delacroix ejecuta esa profundidad de la tragedia humana con su Prometeo femenino: “Liberty Leading the People”. Una mujer semidesnuda, en el centro de la acción, encabezando una multitud hambrienta de justicia y libertad. Lo apoteósico y monumental de esta obra maestra no es la perspectiva lineal, menos el contenido, sino el manejo de los colores; todo es tan vivido y real en su finalidad estética. Casualmente, Cézanne admiraba a Delacroix.

Nos damos cuenta que las figuras de Orozco son piezas de un rompecabezas neoclásico decadente, mientras que los recursos de Delacroix son por contraste inagotables. En 1907 Picasso con “Les Demoiselles D’Avignon” haciendo uso de la nueva visión pictórica de Cézanne (ver “The Great Bathers” 1901-1906) rompe con el pasado, para crear, junto a Braque, el cubismo. Después del cubismo ya no había mucho que decir en términos de novedad artística, hasta que llegó Piet Mondrian en los años 20, antes de Orozco, a cerrar con broche de oro casi un milenio de pintura que había comenzado con Giotto, llegando a sus últimas consecuencias.

Cito a Borges: “Para rendir justicia a un escritor hay que ser injusto con otros”. Por lo tanto, para rendir justicia a un pintor hay que ser injusto con otros.

*Fotografo.  
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