El recuerdo de Carlos
Arquímedes González arquimedes.gonzalez@laprensa.com.n
Falleció Carlos y cometí la injusticia de no escribir sobre él. Hace unas semanas me llamaron por teléfono y así, de golpe, me atacaron con una pedrada: El doctor Carlos Vancetti moría, no había retroceso. Era cuestión de horas.
Mi madre, en Estados Unidos, con ese presentimiento que le caracteriza, llamó el sábado y no pude mentirle. —Vancetti se está muriendo, le anuncié. Y nos quedamos callados, recordando aquel día que lo conocimos, en 1988, ella con el intenso dolor y yo, alegre porque perdería el examen de matemática de la mañana.
Creí que nada más se quedaría unos días pero al final, fueron ocho tristes, largos y tediosos meses lo que pasó internada en la Sala de Neurocirugía del Hospital Antonio Lenín Fonseca. Estuve tanto tiempo en el hospital que no necesitaba el pase de entrada. Había hecho amistad con el conserje, las enfermeras, hasta con el director del centro. Por las noches, deambulaba en otras salas oyendo las quejas, los ruegos, el llanto o en contados casos, la risa.
Y en las mañanas, siempre estaba atento a la llegada de Vancetti que hacía su visita diaria a los pacientes. Me impresionaba su tamaño y su fuerte acento alemán, que con tantos años en Nicaragua, aún no lograba arrancar.
El momento más difícil fue cuando nos anunció que era necesaria una operación para detener el feroz ataque del aneurisma que se multiplicaba en ramificaciones peligrosas por todo el cerebro de mi madre.
Nos hizo ver que había gran probabilidad de complicaciones, porque en Nicaragua nunca se había practicado ese tipo de cirugía y que debíamos estar preparados para lo peor aunque y sin la operación, íbamos por el mismo camino.
En esos días, con tanto embargo y bravuconadas politiqueras, la situación estaba mucho peor de la actual. No había instrumental médico, ni frazadas, ni una jeringa y, ni lo más importante, la experiencia. Pero aún así se asumió el riesgo.
Después, con mi trabajo de periodista, lo entrevisté unas cinco veces. Siempre tenía algo qué denunciar, algo qué criticar, cada vez que lo busqué, estaba inconforme porque las cosas se hacían al revés, se esquivaban las responsabilidades o se mentía con todo el placer posible y a él, eso nada más lo enfurecía.
Por esa actitud vista erróneamente como rebeldía e insubordinación, fue que lo despidieron y lo mandaron lo más lejos que pudieron para no escucharlo quejarse.
A inicios de este año, fuimos a su consultorio. Mi madre, agradecida siempre por su intervención divina, se quejaba de algunos dolores pero Vancetti con humor, le contestó: —¡Perro mujerr, de qué te quejás si estás mejorr que yo!
Con la velocidad del rayo, volvimos al presente y escuché la voz de mi madre decir: —Hasta me tiemblan las piernas y me dijo que si podía, lo visitara, pero no dio tiempo.
Como la muerte es seria en sus cosas, se lo llevó rápido. Asistí al funeral y, sentado en la última banca de la iglesia, le di las gracias, las infinitas gracias por haber salvado tantas vidas, por los milagros que logró y por la lección que dejó para quien quiera seguirla. 
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