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LUNES 23 DE JUNIO DEL 2003 / EDICION No. 23128 / ACTUALIZADA 1:00 am
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El espíritu de ser padre

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Ana María Ch. de Holmann*

Un laberinto de arrugas
profundas y violentas
le dibujan la cara.

Sus mejillas hendidas
por el viento
palpitan. La soledad
le engendró resignación
y silencio...
Raúl Xavier García

Una de las mejores palabras del diccionario es: Familia. La sociedad futura tendrá cada vez más la necesidad de encontrar en toda familia la imagen y presencia de un padre.

Todos debemos apreciar, valorar y vivir para “hacer una familia”.

La vida nos enseña muchas cosas, a veces con alegría, a veces con sufrimientos, pero son las pruebas que nos manda el Señor. Pero todo eso viene a enseñarnos lo principal que es la convivencia, pues no todos somos iguales y tenemos que aprender unos y otros a respetarnos y a comprendernos, guardando sobre todo la tolerancia para vivir en un solo espíritu de unidad en la familia, que es lo que nunca se deja porque es lo que siempre nos respalda, nos mantiene fortalecidos en un solo núcleo que con el amor y la comprensión nos ayuda a mantener.

Siempre hay que tomar la parte positiva de las circunstancias para aprender a apreciar lo que tenemos, sobre todo la oportunidad del estudio que brindan los padres, para alcanzar las metas que todos deseamos, ya que ellos, los padres, desean para sus hijos lo mejor. Cuando uno es hijo muchas veces no lo aprecia, pero hasta que somos madres y padres valoramos la unidad familiar, los consejos, los sacrificios y el amor de los padres.

Así nacieron de la mano del Creador y dijo: “Padre y madre serán y formarán una familia”. Éste es el camino para alcanzar un ideal, el que nos compromete toda la vida.

El padre en la familia es y siempre deberá ser guía, autoridad y ejemplo; un timón con el que conduzca ese barco del hogar a un puerto seguro y conforme a la meta que todos los padres deseamos para nuestra continuidad.

El padre sobre todo debe ser guía, que es el arte —ciencia y experiencia— de ayudar en la formación de cada uno de los miembros de la familia para alcanzar la meta del éxito. El deber de ese guía es conducir a sus hijos en todo lo bueno, siendo consejero y amigo, social y espiritualmente en un marco de principios, valores morales y cristianos, previendo siempre tanto sus necesidades como los peligros y consecuencias, con inteligencia, responsabilidad, prudencia y vigilancia. Para todo ello es importante el respeto mutuo, la comunicación y la confianza, pero sobre todo entrega, sacrificio y amor entre sí y para ellos.

Para construir una familia sana se necesita amar lo que se cree; predicar lo que se ama y cumplir lo que se predica. Así tendrán un resultado feliz y, con la ayuda de Dios, juntando esfuerzos pequeños que al unirse se logran grandes cosas.

Algunas veces el silencio engendra sabiduría como “El padre” del poema que en los zurcos de las mejillas muestra trazado el camino de la vida.

* La autora es guía de familia.  
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