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LUNES 16 DE JUNIO DEL 2003 / EDICION No. 23121 / ACTUALIZADA 1:30 am
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Cómo mataron a Daniel Pearl, periodista del Wall Street Journal

Foto  
.Fragmento del terrible relato que reconstruye el asesinato del periodista en Pakistán

Daniel Pearl

 

Bernard-Henry Lévy
Tomado de ‘El País’;
Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia
politica@laprensa.com.ni

(...) Cien veces les ha dicho en los últimos ocho días que, si hay un estadounidense, y un judío, dispuesto a tender la mano a los musulmanes, en general, y a los de Pakistán, en particular; si hay una persona dispuesta a rechazar el tema absurdo de la guerra de las civilizaciones y conservar la fe en la paz con el Islam, es él, Daniel Pearl, judío de izquierda, progresista, estadounidense hostil –como demuestra toda su carrera– a lo que pueda tener EE.UU. de estúpido y arrogante, amigo de los olvidados, del huérfano universal, de los desheredados. (...)

“¡Túmbate!”, ordena Bujari con la voz sorda, cavernosa, como si hablara consigo mismo.

El suelo está desnudo. Hace frío. No ve dónde tiene que tumbarse.

“¡Túmbate!”, se impacienta Bujari, en un tono más alto.

Y, para su gran sorpresa, se aproxima a él y le da una patada en las tibias que le hace caer de rodillas, mientras que los demás se abalanzan sobre él: dos le atan las manos con un trozo de cuerda verde, y el otro, que saca de los pliegues de su túnica una jeringuilla enorme, le levanta la camisa y le pincha en el vientre (...)

“Vas a repetir después de mí”, le dice Bujari, mientras saca un papel del bolsillo y ordena levantarse a uno de los yemeníes, que tiene una videocámara con monitor integrado en un costado; Daniel, con el sudor que le cae entre las pestañas, se le mezcla con las lágrimas y le ciega, la toma al principio por un arma que va a matarle a quemarropa. “Mi nombre es Daniel Pearl, soy judío norteamericano, vivo en Encino, en California”. Daniel repite. Le cuesta un poco. Está sin aliento. Pero repite.

“Yo soy judío...”

“Vas a decir: ‘por el lado de mi padre vengo de una familia de sionistas; mi padre es judío; mi madre es judía; yo soy judío” (...) “Articula”, dice Bujari, “habla más despacio, más claro: ‘mi familia sigue los preceptos del judaísmo; hemos hecho numerosas visitas familiares a Israel; en la ciudad de Bnei Brak, en Israel, hay una calle que se llama Haim Pearl Street, el nombre de mi bisabuelo”.

Bujari parece contento. Se aclara la garganta. Escupe al suelo. (...)

“Repite otra cosa más”, dice después de sumergirse un largo instante en la lectura de su papel, “repite esto: ‘aquí, sin saber nada de la situación en la que me encuentro ni poder comunicarme con nadie, me acuerdo de los prisioneros de Guantánamo, que están en la misma condición que yo”.

Está de acuerdo en condenar las condiciones de encierro de los presos de Guantánamo. El único problema es que está sin aliento y habla de forma demasiado entrecortada. El yemení hace un gesto. Hay que repetir la toma.

“Otra vez”, dice Bujari: (...) “Nosotros, los americanos, no podemos seguir pagando por la política de nuestro gobierno...”

Luego otras frases, una a una, con paciencia, como un niño: “El apoyo incondicional a Israel... Veinticuatro vetos para justificar las matanzas de bebés inocentes... El apoyo a los regímenes dictatoriales del mundo árabe y musulmán... La presencia americana en Afganistán...”

Ya está. Se acabó. El yemení detiene su cámara. (...) Entonces se produce un suceso extraordinario. Bujari regula la llama de las lámparas de petróleo, que proyectan una luz, de pronto, mucho más viva. Da una orden seca a Fazal, que, desde que entraron en la habitación, se había instalado en el rincón de los yemeníes, acurrucado como si tuviera frío, y que, de pronto, se levanta y se acerca, con los ojos abiertos y fijos, para colocarse justo detrás de él. A una señal suya, sin una sola palabra, los demás paquistaníes se levantan también y salen (...)

En la habitación, aparte de Fazal Karim, no quedan más que el cámara yemení, sofocado, que se afana con su aparato, y los otros dos yemeníes, que sacan el puñal de la vaina y se levantan. Uno se sitúa a su espalda, al lado de Fazal Karim, y el otro a su izquierda, muy cerca, casi pegado a él, con el arma en la mano derecha. De repente se da cuenta. Hasta ahora no había podido verle porque estaba en la sombra, y de todas formas, sin gafas, nunca ha visto más allá de dos metros. Ve sus ojos brillantes, febriles, demasiado hundidos en las órbitas, extrañamente suplicantes; por un momento se pregunta si a él no le han drogado también. Ve su mentón flácido, sus labios agitados por un ligero temblor, sus orejas demasiado grandes, su nariz huesuda, sus cabellos lisos y negros, de color alquitrán. Ve su mano grande y velluda, de nudillos prominentes, uñas negras y una larga cicatriz granulosa que va del pulgar a la muñeca y parece cortarla en dos.

Y VE EL CUCHILLO (...)

La señal verde de la cámara se enciende. Fazal se coloca delante de él, le ata las muñecas y vuelve a colocarse detrás para agarrarle con fuerza de los cabellos. La nuca, piensa, mientras sacude la cabeza para intentar soltarse; el centro de la voluptuosidad; el peso del mundo; el ojo oculto del Talmud; el hacha del verdugo. La mirada de ese hombre, sigue pensando mientras observa al yemení del cuchillo. Sus miradas se cruzan durante una fracción de segundo y comprende, en ese instante, que ese hombre va a degollarle. Querría decir alguna cosa. Tiene la sensación de que tendría que decir por última vez que es periodista, de verdad, no un espía; tendría que poder gritar: “¿Acaso un espía habría confiado en Oimar Sheij? ¿Habría ido a la cita así como así, sin cobertura, con confianza?” Pero debe de ser la droga, que está ejerciendo todo su efecto. O la cuerda que le muerde las muñecas y le hace daño. Las palabras no salen. Se le hace difícil hablar, como si intentara respirar bajo el agua (...)

EL MATARIFE YEMENÍ

Cuando el matarife yemení le agarra el cuello de la camisa y lo desgarra, piensa por un instante en otras manos. Caricias. Juegos de su infancia. Nadour, el amigo egipcio de Stanford, con quien se peleaba, por jugar, entre clase y clase. ¿Qué habrá sido de él? Piensa en Mariane, la última noche, tan deseable y tan bella; ¿qué buscan las mujeres, en el fondo?; ¿la pasión?; ¿la eternidad? ¡Qué orgullosa estaba Mariane de que él hubiera logrado la exclusiva de Gilani! ¡Cuánto la echa de menos! ¿Ha sido imprudente? ¿Habría tenido que desconfiar más de ese Omar? ¿Cómo iba a saberlo? ¿Cómo iba a sospechar? Piensa en la mano cerrada de un refugiado kosovar en plena agonía; piensa en el cordero que vio asfixiar, el año pasado, en Teherán; piensa en que prefiere Bombay a Karachi, y el Libro secreto de los brahmanes al Corán; sus recuerdos son como caballos de tiovivo que le dan vueltas en la cabeza. Siente el aliento cálido, jadeante y un poco fétido del yemení (...)

¡Levantadle!, grita el verdugo yemení. El otro yemení, detrás de él, le agarra por las axilas, como un paquete, y le endereza. ¡Más!, insiste, mientras se aleja un poco, como un artista que retrocede para ver mejor su cuadro. Ahora es Karim quien le levanta la cabeza, el rostro hacia el cielo, el cuello despejado, hinchado por el grito que se aproxima, aunque un poco inclinado hacia un lado. ¡Sepárate!, le dice al tercero, el yemení de la cámara, que está demasiado cerca y le va a molestar. El cámara se aparta, en efecto, muy despacio, como con un temor sagrado ante lo que va a ocurrir.

Pearl, con los ojos cerrados, siente el movimiento de la hoja hacia su garganta. Oye una especie de ruido de aire hendido junto a la cara y comprende que el yemení está ensayando. Todavía no acaba de creérselo. Pero tiene frío. Tirita. Todo su cuerpo se retrae. Querría dejar de respirar, empequeñecerse, desaparecer.

Querría, por lo menos, poder bajar la cabeza y llorar. ¿Lo ha hecho ya?, se pregunta. ¿Es un profesional? ¿Y si no tiene costumbre? ¿Y si se equivoca y debe repetirlo? La vista se le empieza a nublar. La última imagen del mundo, se dice. Suda y tiene escalofríos, al mismo tiempo. Oye el ladrido de un perro en la lejanía. El zumbido de una mosca, muy cerca. Y el grito de una gallina que se confunde con el suyo propio, con una mezcla de estupor y dolor, inhumano.

SE CONSUMA EL CRIMEN

Ya está. El cuchillo ha entrado en la carne. Despacio, muy despacio, ha empezado bajo la oreja, en la parte posterior del cuello. Algunos me han dicho que era una especie de ritual. Otros, que es el método clásico para cortar enseguida las cuerdas vocales e impedir que la víctima grite. Pero Pearl se ha encabritado. Busca con furia el aire en su laringe despedazada. Y el movimiento ha sido tan violento, tan fuerte, que se suelta de las manos de Karim, grita como un animal y se derrumba, entre estertores, sobre los charcos que forma su sangre. El yemení de la cámara también grita. A medio camino, con las manos y los brazos llenos de sangre, el verdugo yemení le mira y se para. La cámara no ha funcionado. Hay que interrumpirlo todo y volver a empezar.

Pasan 20 segundos, tal vez 30; lo que tarda el yemení en volver a encender y encuadrar. Pearl está tendido sobre el vientre. La cabeza, medio cortada, se ha separado del busto y cae hacia atrás. Los dedos de las manos se agarran al suelo como garfios.

Ya no se mueve. Gime. Hipa. Todavía respira, pero a trompicones, con estertores, entrecortado por gorgoteos y gemidos de cachorro. Karim mete los dedos en la herida, separa los bordes y despeja el camino para que vuelva el cuchillo. El segundo yemení inclina una de las lámparas para ver mejor, saca su propio cuchillo y, enfebrecido, como si estuviera embriagado por la vista, el olor y el sabor de la sangre caliente que mana de la carótida como de una tubería perforada y le salpica el rostro, corta y arranca la camisa.

Entonces, el matarife remata su tarea: el cuchillo al lado del primer corte; las cervicales que se quiebran; un nuevo chorro de sangre que le salta a los ojos y le deja ciego; la cabeza que rueda hacia adelante, como si todavía tuviera vida propia, y acaba por separarse del todo; y Karim que la ondea, como un trofeo, ante la cámara.

(...)  
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