¿Se puede reformar a los presos?
Sergio Vélez Astacio
Nadie puede obligar a otra persona a reformarse, los cambios deben venir de adentro y tienen que desearse.
Para lograr que los presos se reformen es fundamental que reciban educación y cambien sus valores y criterios. El sistema penitenciario no siempre elimina la conducta delictiva.
En muchos casos las prisiones sólo sirven de restricción y por un tiempo. Cuando el recluso sale en libertad, ¿ha pagado realmente por su delito? ¿qué puede decirse de las víctimas o de sus seres queridos? Cómo es posible, dijo en tono suplicante la esposa de un campesino asesinado cobardemente por un hermano de un general del Ejército, cuando al asesino de su marido la justicia lo dejó en libertad. Piensen un momento ¿puede siquiera imaginarse lo que esto significa? ¡Cómo ilustran las palabras de esta mujer! El dolor de la tragedia suele persistir mucho después de que los tribunales han zanjado el caso y de que éste ha dejado de ser noticia.
La cuestión es de interés para todos, no sólo para quienes se han visto afectados directamente por el crimen, pues la paz mental, por no decir la seguridad, depende en gran medida de que los presos, una vez cumplida su condena, salgan a la calle reformados en vez de endurecidos por su experiencia en prisión.
“La cárcel no reforma en absoluto a la persona” —dice Juan Pablo II, quien pasó una parte de su vida cumpliendo condena de prisión—, cuando uno sale, vuelve a ser el mismo”. Las cárceles son para ellos como escuelas de formación profesional en lo delictivo.
Actualmente, con la ayuda de la religión hay reclusos que están efectuando cambios positivos en su pensar y conducta. No obstante la población reclusa no es la única que debe reformarse, sino la población en general, para que reine la paz y en consecuencia eliminar la necesidad de más prisiones. En otras palabras atacar la causa, no el efecto.
¿A qué se debe que el sistema penitenciario por sí solo no pueda reformar a los delincuentes? Su objetivo no es reformar al delincuente sino mantenerlo separado del resto de la sociedad. Esa es la raíz del problema: la actitud del sistema penitenciario para con esos hombres. El sistema penitenciario es incapaz de cambiar el fuero interno de los delincuentes. La mayoría de ellos volverán a cometer delitos cuando salgan.
Teniendo todo esto presente, queda en pie una pregunta fundamental ¿logran reformar a los delincuentes las prisiones? Aunque la respuesta suele ser negativa, posiblemente sorprenda saber que algunos reclusos se les ha ayudado a cambiar profundamente.
En consecuencia, se deben respetar los derechos humanos aún estando en prisión. Esa es la clave del éxito para que cuando obtengan su libertad, estén llenos de esperanzas y felicidad.
Yo creo que la reforma es factible siempre y cuando existan programas educativos que conlleven a una transformación integral del individuo.
El autor es especialista tributario. 
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