La guerra inútil de Bush y Blair
Jorge Ramos Ávalos opinion@laprensa.com.ni
¿Habrá sido todo una invención? ¿Será posible que los gobiernos de Estados Unidos y Gran Bretaña hayan exagerado e incluso mentido con tal de tener una justificación para iniciar la guerra contra Irak? Bueno, mientras no encuentren en Irak armas de destrucción masiva, su credibilidad baila en el filo de una navaja.
El presidente George W. Bush y el primer ministro de Gran Bretaña, Tony Blair, nos dijeron que la principal razón para derrocar el gobierno de Saddam Hussein, era que el dictador iraquí tenía armas químicas y bacteriológicas. Pero hace ya dos meses que cayó el régimen de Saddam y esas supuestas armas no aparecen por ningún lado.
La sospecha de que hay algo muy raro en todo esto ha ocasionado que, tanto en el Parlamento inglés como en el Congreso norteamericano, se exija una investigación al respecto. ¿Cómo es posible que hayan desaparecido toneladas de armas y sustancias químicas? ¿Cómo es posible que los 1,400 inspectores de armas que actualmente trabajan en Irak no hayan descubierto más que dos camiones que, en el peor de los casos, podrían ser laboratorios móviles?
El presidente Bush dijo el 12 de septiembre de 2002, ante la Asamblea General de Naciones Unidas, que “en este momento, Irak está expandiendo y mejorando las instalaciones donde se producen armas biológicas”. Y un poco después, el 7 de octubre, Bush dijo en Cincinnati, que era posible que Saddam Hussein tuviera “un arma nuclear en menos de un año”. El 28 de enero de este año, en su informe presidencial, Bush informó que “nuestros expertos en espionaje calculan que Saddam Hussein tiene los materiales suficientes para producir hasta 500 toneladas de gas sarín, gas mostaza y otro tipo de gases que atacan el sistema nervioso”. Nada de lo que ha dicho el presidente al respecto se ha podido comprobar todavía. Nada.
El primer ministro Tony Blair; el portavoz presidencial de Bush, Ari Fleischer; el vicepresidente norteamericano Dick Cheney, y, sobre todo, el Secretario de Estado norteamericano, Colin Powell (en una concurrida sesión de la ONU el 5 de febrero de este 2003), también insistieron en que Irak producía y escondía armas de exterminio masivo. Así explicaban su decisión de ir a la guerra, a pesar del rechazo de la mayoría de los países del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.
Ante la falta de evidencias que vincularan a Saddam Hussein con los actos terroristas del 11 de septiembre de 2001 y ante la ausencia de las armas químicas y bacteriológicas, los gobiernos de Estados Unidos y Gran Bretaña cambiaron su discurso. No se trataba, nos dicen ahora, de encontrar armas sino de “liberar” a los iraquíes de una brutal dictadura. La guerra, nos aseguran, no fue inútil; el régimen de Saddam desapareció. Y quizás eso es lo único positivo del conflicto en Irak.
Efectivamente, Saddam Hussein era un tirano que mató a miles de sus opositores y que nunca hubiera dejado el poder por las buenas. Pero si el objetivo era derrocarlo —y no encontrar armamento de destrucción masiva— Bush y Blair lo debieron de haber dicho. Por eso las sospechas en el mundo árabe de que ésta fue una guerra por petroleo; por eso las dudas en algunos sectores de Estados Unidos de que uno de los motivos de la guerra era saldar una cuenta personal de la familia Bush con Saddam… y de paso mejorar las posibilidades de reelección del actual presidente para el 2004.
¿Qué pasó? El problema central radica en que Bush y Blair estaban tan comprometidos con sacar a Saddam Hussein del poder, que presionaron muchísimo a sus respectivos equipos para encontrar una justificación a la guerra. Cualquiera. Todo parece indicar —como sugiere un reportaje de la revista Newsweek— que la CIA nunca tuvo pruebas contundentes que demostraran que Saddam Hussein efectivamente poseía armamento químico, bacteriológico o nuclear. La presión interna para justificar la guerra fue tan grande que, aparentemente, se utilizó información incompleta, contradictoria e imposible de corroborar. Ese fue el error y así se justificó, falsamente, la guerra.
¿Fue ésta una guerra inútil? ¿Se pudo haber evitado con la información correcta? ¿Hubo un plan para falsificar datos? ¿Se inventaron amenazas que no existían? ¿Estados Unidos y Gran Bretaña se apresuraron a atacar sin tener todas las pruebas en la mano? ¿Murieron en vano miles de civiles iraquíes? Los familiares de los 130 soldados norteamericanos que perecieron durante la guerra —y entre los cuales había 24 latinos— se merecen una respuesta.
El autor es periodista 
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