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MIéRCOLES 11 DE JUNIO DEL 2003 / EDICION No. 23116 / ACTUALIZADA 02:30 am
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El fenómeno Alemán

El ex presidente Arnoldo Alemán, quien como se sabe está con casa por cárcel, participó el viernes pasado en la promoción de bachilleres del colegio Americano de Managua y fue el más aplaudido por la concurrencia que abarrotó el Teatro Nacional donde se celebró el evento.

A muchas personas les molesta que Arnoldo Alemán disfrute las comodidades de su magnífica residencia en vez de sufrir las incomodidades de la cárcel, y que además pueda asistir a eventos sociales como la promoción de la escuela americana en la que su hijo menor fue uno de los graduandos.

Pero la verdad es que en todo el mundo civilizado se practica ahora el moderno derecho penitenciario, según el cual la prisión provisional debe perjudicar lo menos posible a la persona y reputación del procesado; la libertad del reo se restringe sólo lo indispensable para su propia seguridad y para evitar asociaciones conspirativas y comunicaciones que afecten el proceso; y el detenido puede disfrutar de todas las comodidades que él mismo tenga capacidad de pagarse y que las autoridades consideren razonables.

Además, cuando se trata de personas “de arraigo”, se les concede el privilegio de casa por cárcel o régimen de prisión abierta, para que puedan movilizarse dentro de ciertos límites fijados por la autoridad, pues supuestamente no representan una amenaza ni tienen intención ni posibilidad de fugarse. Y el ex presidente Alemán, a juzgar por los voluminosos expedientes de las graves acusaciones por corrupción que pesan sobre él, lo que amenaza verdaderamente es a los caudales públicos por los que evidentemente siente una particular afición.

Como sea, lo sorprendente y preocupante es que Arnoldo Alemán sea ovacionado por personas que pertenecen a los estratos más educados de la sociedad, pues demuestra la extrema gravedad del deterioro moral que sufre la nación.

En realidad, el hecho de que los partidarios del ex presidente Alemán que son de bajo nivel social y educacional (las turbas) insulten a los periodistas y abucheen al Presidente de la República, no es sorprendente por razones que son fáciles de comprender.

Pero quienes participaron en la promoción de la escuela americana son personas cultas, educadas, bien informadas y conocedoras de la ley y del daño que la corrupción y los corruptos causan a la población, a los negocios privados, a la economía nacional, al tejido moral de la nación, a la dignidad del país y su prestigio ante la comunidad internacional.

De manera que lo que se espera de tales personas es que sean muy sensibles al daño de la corrupción, que repudien a los corruptos aunque pertenezcan a su propia clase y precisamente por eso, pues la deshonran, y que exijan que se les castigue con la mayor severidad que establece la ley y manda la justicia.

Según investigadores de la cultura política nicaragüense, el porfiado liderazgo político de Arnoldo Alemán hay que entenderlo a la luz del histórico caudillismo que se impuso como forma de liderazgo político desde los tiempos de Pedrarias Dávila, y que después se mezcló y reafirmó en el mestizaje con el caciquismo ancestral de nuestros antepasados aborígenes.

Pero el fenómeno Alemán también demuestra que la corrupción no es un mal exclusivo de algunos políticos, sino que ha invadido a todos los sectores de la sociedad, con la única diferencia de que en unos se disimula hipócritamente y en otros se practica de manera descarada.

Es evidente que en Nicaragua predomina una cultura practicante y permisiva de la corrupción, la que sólo se podría erradicar mediante una revolución educativa y de honradez como la que desde los años sesenta y setenta del siglo recién pasado demandaba nuestro Director Mártir, el doctor Pedro Joaquín Chamorro Cardenal.

Ciertamente, el antídoto contra la corrupción no es sólo la educación formal individual —los funcionarios corruptos y quienes los admiran y aplauden son personas muy educadas—, sino una re-educación social integral que sustente una nueva cultura basada en sólidos principios y valores morales, cívicos y democráticos.

Y para eso, los gobernantes y los líderes de la sociedad deben predicar con el ejemplo de su integridad, no con ovaciones como la del viernes pasado a Arnoldo Alemán que demuestra que éticamente vamos empeorando en vez de mejorar.  
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