“ Consecuencia de madre: Los niños…”
Ana María Ch. de Holmann
Hace pocos días se celebró el Día de la Madre, y como consecuencia de ser madre se celebró el primero de junio el Día del Niño (y se celebra toda la semana dedicada al niño), pues no hay madre sin hijo ni hijo sin madre, sólo en ciertas situaciones, a menos que la madre se haya muerto o en algunas circunstancias ajenas a la normal pero en ambos casos dolorosas.
Para formar un hogar, padre y madre deben construir una escuela de amor, donde se aprenderá a amarse y a sacrificarse los unos por los otros; se aprenderá también a vivir felizmente, con el deseo de construir el futuro de sus hijos.
Formar ese hogar es algo nuevo para los padres y nadie —aunque lo crea— está capacitado para llevarlo a cabo con todo el éxito deseado.
En las últimas décadas y por observaciones en muchas personas adultas se tiene conocimiento acerca de la codependencia, la cual es la base emocional de cualquier adicción, es la consecuencia de no haber sido “nutridos” en la niñez por los cinco elementos necesarios para evitar este comportamiento, que da como resultado “creer que algo” fuera de uno mismo, o sea, fuera del verdadero ser, puede dar la felicidad y plenitud de vida. Este “algo” pueden ser personas, objetos, sustancias legales o ilegales, patrones de conducta o circunstancias.
La familia emocionalmente madura y saludable (funcional) transmite un sentido de poder personal (identidad) a cada uno de sus miembros entre el período de 10 meses y siete años de edad. Esto se logra enseñándoles con el ejemplo y con cinco elementos básicos que son: el amor incondicional; el respeto; la confianza; la comunicación directa y honesta; y la libre expresión de sentimientos.
Cuando realicé el profundo sentido de las reglas para construir ciudadanos útiles a la sociedad de tan sólo cinco pasos a seguir, pensé que “algo” había que llenar y algo que debió haberme llenado, pero no es tarde... las generaciones que aún comienzan esta tarea de formación de sus hijos pueden tomar en cuenta todos los adelantos de la ciencia, pero con las experiencias positivas de los abuelos: rigor y firmeza pero con amor; siempre que predomine la razón; seguridad de ambos padres en sí mismos para guardar la autoridad; que el padre y la madre impongan el mismo criterio con los hijos en todo; saber ser grande sin hacer sentir a los pequeños que son pequeños.
Aunque la ciencia positiva se imponga, ésta sólo muestra nuestra falta de conocimiento, pero esto no es precisamente lo que se necesita para vivir y hacer posible la felicidad a los que nos rodean.
Para llevar con responsabilidad y éxito esta tarea de formación de las nuevas generaciones, además de las guías humanas debe estar presente el Espíritu Santo, que es alma, luz, fuerza y amor de toda la humanidad y de todos y cada uno de los hijos de Dios.
La autora es madre de siete hijos. 
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