¡Hey, taxi!
El premio del silencio
José Adán Silva joseadan.silva@laprensa.com.ni
En estos días en que el mundo avanza bulliciosamente a un futuro impredecible, encontrar un lugar donde reinen unos minutos de silencio es un premio que cada día pocos logran recibir.
Cuando uno piensa en el silencio, se imagina una cueva, una isla desierta, una montaña virgen o un rincón de una playa paradisíaca, pero nunca el asiento trasero de un taxi de Managua.
Aquella tarde doña Mar- tha necesitaba un lugar donde reflexionar sobre la mala suerte de su economía familiar, y pensó en buscar la Catedral metropolitana. Un taxi rojo se acercó a la orilla de la cuneta y le preguntó a dónde iba. A la Catedral, le dijo ella, 15 respondió él. Se montó.
Sobre la marcha, la señora no pudo resistir la presión de la vida y lloró en silencio. El muchacho, de aspecto humilde, la miró por el retrovisor y aminoró la velocidad, subió los vidrios eléctricos, puso un poco de aire, y apagó la radio.
La llevó por las pistas mejor asfaltadas, no montó a nadie, no hizo movimientos bruscos, no tocó el claxón y no habló.
Al llegar a la Catedral, le preguntó dónde quería que la dejara. Ella despertó del letargo y se bajó sin siquiera responder, aliviada un poco al ver la inmensidad solemne de la mole religiosa, donde buscaba un poco de paz espiritual.
Me contó que se sintió malagradecida después que rezó, ya sosegada el alma, cuando se enteró que no sólo no le había pagado los 15 córdobas al joven respetuoso, que tampoco se los cobró, sino que tampoco le dio las gracias por la sutil cortesía que él le brindó al verla llorar en el asiento trasero de su carro.
Al tomar el camino de regreso a casa, fortalecida para enfrentar sus agobiantes demonios económicos, se dio cuenta que el silencio no es un premio que todos los días recibimos de los conductores, y menos gratuito.
El señor taxista que la llevó de regreso no paró de hablar sobre lo duro de la vida, de sus problemas económicos, del precio de la gasolina y de mil cosas más que la volvieron a enfermar y le recordaron que ella, a pesar de haber orado, aún tenía mil problemas por resolver.
EL TAXISTA DEL GATILLO ALEGRE
Andaba de mala suerte. De 12 mil taxis que circulan en Managua, a él le tocó elegir donde iba un asesino. El viernes 30 de mayo encontró la muerte a manos de un taxista hasta ahora no identificado, que lo mató de dos balazos porque le reclamó que no lo estaba dejando en la dirección indicada.
José Dolores Vallejos, de 38 años, fue asesinado a unos metros de su vivienda en Villa Rubén Darío, por un taxista de gatillo alegre que conducía un carro blanco. Según un testigo del sangriento incidente, los balazos sonaron luego que Vallejos le reclamó al taxista porque lo había bajado en una dirección que no era la acordada. Luego de disparar, el taxista asesino huyó y anda libre por ahí, acariciando el gatillo y buscando pasajeros. 
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