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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 19 DE JULIO DE 2003
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Jazz la música clásica de América

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Joaquín Absalón Pastora*

El jazz es la música clásica de América. Su dinamismo cae de pie desde las torres del tiempo sin que hayan sido lesionadas ninguna de sus vértebras. El género no ha conocido los oscuros del ocaso y los diluvios del olvido.

El jazz es el clásico de América porque no envejece. Sigue siendo el icono de su celaje donde no tolera a ningún trapecista intruso. Y más cuando desde su origen es documentación e inspiración para una bibliografía abundante.

De ella pueden dar cuenta en el aspecto inicial en el continente europeo, el suizo Ernst Ansermet en “La Revue Romande” del 15 de octubre de 1919 donde describe más allá de lo admirado al clarinetista Sydney Bechet en una “blue note” quedando claro el principal color del blues sobre el cual Abbe Niles (1926) hace un escrutador ensayo de las obras para ese género, de W.C. Handy.

Andre Sahaeffner hace una filosófica y profunda reflexión sobre las fuentes africanas del jazz. No son obras estrictamente musicológicas. Sin embargo, la contra-cultura racista contra lo afro-americano admite ahora la necesidad de contar con información vinculada al escenario sociocultural en el que creció y se desarrolló ese viraje indómito. Y se quedó para siempre no porque los críticos lo quisieron sino porque así lo dispuso el oído plural de los conquistados. Fueron los primeros colores públicos —hacia fuera— del aplazamiento del concepto exótico. Los descendientes lo deben estar oyendo y danzando con el entusiasmo fluido que pone al margen la seca observación.

El jazz se sienta ahora en los palcos. Es permeable para el concierto lo que antes hubiera sido considerado como una contradicción, puesto con batuta o con manos desnudas frente a orquestas pastosas. En ese sentido Irvin Berlín, Jerome Kern, Gershwin, Cole Porter y otra cantidad de luces del foco creador de la música de los blancos, aportaron insumo temático a ese auge que soportó la radicalidad racista porque el dios de la llama inextinguible lo metió a su templo. Eso sin ser nombrados por los eruditos, sus grandes creadores que son sus propios intérpretes sentados sobre el piso en cualquiera de las esquinas bohemias de los barrios negros de Estados Unidos, ignorados por completo aún siendo las estrellas de la improvisación, basamento del género.

Leyendo al musicólogo Winthrop Sargent en “Jazz hot and Hybrid” (Nueva York 1938), el primero que tocó el tema con seriedad, retomado después por los europeos, el jazz puede ser comprobado con sólo poner el oído cerca de donde el compás está desbordado dentro de la misma nota con la intervención dentro de ella de varios ciclos ternarios.

El jazz es instantáneo, no obedece a la gelidez calculada, se resiste a la planificación, su forma no lo permite. Lleva fuego en sus entrañas. Es el fruto nacido en el tronco del árbol africano asediado por el instinto viajero de regar su sabor por las ramas cosmopolitas, a pesar de ser parido con todos los ritos de la raza negra, de los pueblos negros de América sin la tolerancia de las mezclas perniciosas. No es fácil pues siguiendo su punto de partida digerir la lógica de haber puesto sus introductores los ojos en latitudes extranjeras y occidentales ajenas a su idiosincrasia, a su nata, a su ombligo moviente y gritón, el grito como instrumento desde su selva antes de la fuga hacia América. Y lo único explicable en la elección es la ansiedad de poner en el asta los colores del riesgo, el ansia de los esclavos de probar mejor norte en la lejanía antipodal. Pero aún así expuestos a la ira de los reacios a entenderlo.

No tanto la música sino otros esplendores de la inteligencia pasaron por los filtros de una terrible y lacerante complejidad. De ese dolor nace el jazz que pasa a ser con el tiempo tribuna improvisada y vocero de la euforia de otros continentes donde quedaron grabados los inesperados y crecientes estribillos. Improvisar el estribillo es la rotonda sonora del jazz.

La melodía es individualista y en eso hay una coincidencia con el modelo occidental. Ahí están puestos en la contorsión, en la dinámica, en el espanto apagado de la voz. La melodía tiene su eje sobre el do, mi bemol, re, do, la, do, o bien en la quinta sol (si bemol, la, sol, mi, sol). El movimiento melódico va renovándose en capítulos que giran alrededor del mismo tema dejando espacios abiertos a lo que sea, al júbilo de una trompeta o a la queja de un trombón, de todo en el escenario de la improvisación. Fuera del modelo antecedente sobre el eje del do, do, re, mi, bemol, fa, sol, la, si bemol, do, la evolución muestra otras técnicas más sencillas que pueden ser fácilmente ejecutadas por los fervorosos y gratuitos parroquianos, incisivos en hacer el flirteo con la danza. Ese es el jazz del alma, el jazz donde las notas señaladas son solamente cromáticas. Ese jazz no desprecia a la armonía occidental. Simplemente la ignora.

El mejor ejemplo que puede reconocerse de la expansión es que instrumentos europeos como la guitarra y el piano están insertos dentro de la orquestación aunque sea como acompañantes. Siendo inevitable la influencia democratizadora —nunca excluyente— ahora suenan con categoría de solistas desde el ragtime al jazz de vanguardia en el que se descubren melodías sorprendentes por sus movimientos desconcertantes y los intervalos de terceras combinados en múltiples y pendulares formas. El ritmo de la melodía es continuo sobre el compás de cuatro tiempos, polirritmia derramada con lujo de líneas variadas. De toda esa crepitación nace el swing. Antes (1863) después de la guerra civil había aparecido el “blues”, la canción profana que electrizó el cuerpo de nuestros abuelos.

Finalmente se impuso la imagen pintoresca, la suma de los ritmos africanos alrededor de un solo, aglutinante dios: el jazz. La trompeta, el clarinete, el trombón, la guitarra, la tuba, el contrabajo y otros profundos motores de la percusión, todos tronando bajo las aguas agitadas del Mississippi en las embarcaciones donde a las tiranías del viento se les puede responder con un trompetazo.

*Periodista y crítico musical.  
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Jazz la música clásica de América