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SUPLEMENTO SEMANAL DEL DIARIO LA PRENSA / SáBADO 19 DE JULIO DE 2003
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Las estatuas de Chontales

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Thomas Belt *

Descendimos otra vez por la pendiente, hacia la planicie donde estaban las “piedras labradas”, que no resultaron sino quebradas, fragmentos de estatuas. Una de las más grandes estaba mejor tallada y conservada que las otras, que se presentaban golpeadas o quebradas. Su mayor tamaño y solidez le confirieron mayor resistencia a ser estropeada. Estaba dividida en dos partes, con la cabeza decapitada. La longitud total era de unos cinco pies; la cabeza estaba muy desfigurada, la nariz arrancada y la boca deformada, pero por lo que quedaba se podía juzgar que esta última era muy prominente. Los ojos se conservaban bien, destacados y con los globos proyectados. Sobre la cabeza lucía un ornamento a manera de corona. Los brazos descansaban sobre el pecho y se prolongaban más allá de los hombros, bajando un poco por las espaldas, como si intentasen representar los omóplatos. Las piernas estaban dobladas y circundaban la espalda en la misma forma que los brazos. El dorso de la estatua, labrado meticulosamente, presentaba como rasgo notable un ancho cinturón ornamental en torno de la cadera, así como dos cruces bien labradas, una sobre cada hombro.

Las otras piedras tiradas alrededor eran porciones quebradas de otras pequeñas estatuas y de pedestales, todas de una traquita dura y resistente. El trabajo que requirió esculpir la principal debió ser inmenso, sin utilizar instrumentos de hierro. Los fragmentos estaban acostados sobre la planicie y creo que fueron arrastrados de algún mausoleo de los antiguos indios. Preguntado nuestro guía, afirmó haber visto otros montículos detrás del que estaba en la colina, pero no podía precisar dónde. Siempre que le preguntábamos se mostraba muy evasivo; por último, aduciendo que tenía un negocio que atender, nos abandonó precipitadamente. Aprovechamos su ausencia para revisar todos los alrededores en busca de tumbas; entre la planicie y el río encontramos un espeso matorral; atisbando en su interior descubrimos algunas piedras apiladas, y apartando las matas vimos que el lugar estaba lleno de viejas tumbas indígenas, señaladas por túmulos de piedras en cuyo centro todavía persistían los pedestales sobre los que estaban las estatuas. La mayoría de los túmulos tendría unos 20 pies de diámetro y las piedras eran del tamaño de la cabeza de un hombre. Uno de los túmulos sobre el que crecía una inmensa ceiba, estaba compuesto por una docena de grandes piedras, algunas de cinco pies de largo, tres de ancho y una de espesor. Ahí nos dimos cuenta de la falacia de nuestro guía. Cuando nos dijo que no sabía dónde había más montículos, se encontraba parado a no más de treinta pies de uno que estaba escondido entre los matorrales y que mostraba grandes piedras, una de las cuales había sido volcada, usando como palancas ciertos palos recién cortados que yacían a la orilla y que todavía mostraban la corteza verde quebrada y machacada. Un hoyo había sido excavado y rellenado nuevamente con piedras. No cabía duda que nuestro reposado amigo había estado allí cavando por su propia cuenta.

(Extracto del libro de Thomas Belt “El Naturalista en Nicaragua”).
*Geólogo minero, naturalista y explorador inglés.  
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“El Naturalista en Nicaragua”


Las estatuas de Chontales